Monacato


Nuestro Padre San Benito indica en su Regla el criterio fundamental para la vocación monástica: si vere Deum quaerit. Esto es, si aquel que llama a la puerta del monasterio procura verdaderamente a Dios. Es la búsqueda de Dios la que condiciona y explica todas las observancias monásticas y establece el contraste entre el mundo y el monasterio. En el mundo, sobretodo en el mundo actual, la ley del orgullo que hace a los hombres huir de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo sin darse cuenta que encontrarán otra cruz más pesada, pues sólo el yugo de Nuestro Señor es leve y Su carga ligera. Mas para adaptarse a una vida que presenta tantos contrastes con la del mundo ya sea en cuanto al espíritu como en las prácticas externas, la Santa Regla y el Derecho Canónico establecen etapas a través de las cuales el candidato va tomando conocimiento poco a poco de la vida y costumbres monásticas,  igualmente los superiores van, asimismo, examinando para ver si verdaderamente el candidato “busca a Dios” y si tiene las aptitudes necesarias para nuestro genero de vida.


Etapas de la formación monástica.




 

Después de un primer contacto con el superior, el futuro candidato se instala en la hospedería y vive de cerca las costumbres del monasterio; será el mismo superior quien pueda discernir en él las aptitudes mínimas necesarias. Una vez aceptado, entra en el postulantado en el cual se va educando en la tradición monástica y vive ya dentro del claustro siguiendo todas las  costumbres.

 

Concluido el postulantado, en una sencilla ceremonia, la persona deja la ropa civil por el hábito religioso y cambia el nombre civil por un nombre de religión. Se inicia entonces el noviciado que suele durar dos años al término del cual el novicio hará los votos monásticos temporales, de obediencia, estabilidad en el monasterio y conversión de costumbres (en ella se incluye la pobreza y la castidad). Siendo ahora monje profeso temporal, continuará en el ejercicio de las virtudes cristianas y una vez concluido el tiempo de los votos puede renovarlos hasta llegar a emitir votos perpetuos.

 

Todos en el monasterio forman una familia. Entre los monjes están los hermanos conversos los cuales no son sacerdotes y no tienen obligación de asistir al coro (oración litúrgica). También están los hermanos de coro que pueden ser sacerdotes o solamente clérigos por lo que están obligados a la recitación del oficio divino. Quienes tienen la dignidad del sacerdocio deben celebrar la Santa Misa y confesar cuando fuesen designados para ello.

 

Ora et labora.

 

El tiempo se encuentra dividido entre oración, estudio y trabajo. La oración litúrgica, es decir la recitación del Oficio Divino, ocupa el primer lugar: El fundamento íntimo del estado religioso es la práctica continua y lo más perfecta posible del primer mandamiento: Adorar a Dios y amarlo con todo el corazón. Es por eso que San Benito escribe en la Regla que nada debe ser preferido al Oficio Divino, nihil Operi Dei praeponatur. San Benito solo traduce la voluntad de Dios y de la Iglesia cuando coloca ante todo el Oficio Divino. En el plan divino todo está encaminado a la celebración de la gloria de Dios (Doctrine Monastique de Dom Romain Banquet, p.76).

 

La tradición cristiana, expresada en la Santa Regla, divide la recitación del Oficio Divino en ocho horas litúrgicas en las cuales los Salmos, cánticos e himnos expresan la alabanza divina con las melodías del Canto Gregoriano íntimamente ligado al monasticismo benedictino.

 

Junto al Oficio Divino e inspirada en él se encuentra la oración por la cual el monje se une a Dios de manera más personal. Además la observancia del silencio no tiene otra finalidad sino la de hacer mas fácil esta unión a lo largo del día. Después de la oración el estudio ocupa un lugar importante en nuestra vida. ¿Cómo puede ser de otra forma si solo amamos lo que conocemos?  Y conociendo el amor ¿no se busca conocer todavía más? Al respecto solo tenemos que seguir a nuestros predecesores que siempre amaron el estudio, por eso que encontramos seis doctores de la Iglesia entre los hijos de San Benito.

 

Los estudios sacerdotales podrían hacerse fuera del monasterio, pero lo ideal es que el propio monasterio cuente con el cuerpo mínimo docente. Los estudios se prolongan durante toda la existencia del monje, inspirando e iluminando su vida de oración.
En fin, el trabajo manual completa las ocupaciones del monje, dándole ocasión de hacer penitencia, de identificarse con Nuestro Señor trabajando en Nazaret y de formarse un juicio por ese contacto cotidiano con la realidad de las cosas humildes pero admirables de la creación en la huerta, en  la cocina, en la panadería, en los talleres y en los diversos oficios de la casa.

 

El horario puede cambiar únicamente en lo referente a los tiempos de estudio y trabajo, manteniéndose normalmente los tiempos dedicados al Oficio Divino.

 

 

A nuestras actividades monásticas se le acrecienta la dirección espiritual de los oblatos seculares, asistencia espiritual y la venta de lo producido en el monasterio.

 

La liturgia y la espiritualidad monástica se encuentran también expresadas en la Santa Regla como parte del legado de fe y sabiduría que San Benito trasmitió a sus hijos. La Santa Misa así como el Oficio Divino son recitados en latín según la tradición benedictina de más de quince siglos ininterrumpidos.

 

Hijos de San Benito.

 

La frase “Ora et labora” (Reza y trabaja) a pesar de no aparecer en la Santa Regla resume perfectamente la vida diaria del monje.  El lema propio de los benedictinos es “PAX”, la paz que es definida por San Agustín como “la tranquilidad del orden”.  También es distintivo de la Orden Benedictina la frase de la Santa Regla  “Ut in ómnibus glorificetur Deus” (que en todo sea Dios glorificado), que se indica en las letras U.I.O.G.D.

 

No existe como tal una “Orden de San Benito”. La intención del Santo no fue fundar una congregación religiosa sino el dotar de una regla para el funcionamiento de monasterios independientes y autosuficientes. Siglos después se le adjudico el O.S.B. a los monasterios bajo la paternidad de San Benito. Los trapenses, los camaldulenses, los olivetanos y otras antiguas órdenes monásticas comparten igualmente la vivencia de la Regla benedictina.

 

Entre los hijos de San Benito se cuentan no menos de 57,000 santos reconocidos, cerca de 40 papas y 6 doctores de la Iglesia: San Gregorio Magno, San Pedro Damián, San Beda Venerable, San Anselmo, San Bernardo Abad y Santa Hildegarda de Bingen. 

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