Las reformas de Pío XII
Pío XII no consideraba de extrema gravedad el problema
litúrgico que oponía a los obispos alemanes: “Tenemos una extraña impresión”,
escribía a Mons. Gröber, “como si fuera del tiempo y del mundo, la cuestión
litúrgica se presentara como el problema del momento” (Carta de Pío XII a Mons.
Gröber del 22 de agosto de 1943, citada por R. Graham, op. cit., pág. 549). Si con estas palabras Pío XII desaprobaba
a los representantes del Movimiento Litúrgico, no dejaba de minimizar el
peligro.
Los innovadores pudieron así infiltrar su caballo de
Troya en la Iglesia, haciéndolo pasar por la puerta, dejada casi sin defensa,
de la Liturgia, y aprovechando la poca atención del Papa Pacelli en la materia. Fueron apoyados por personas del entorno
del Pontífice, como su propio confesor, Agustín Bea S.J., futuro Cardenal y
defensor declarado del Ecumenismo.
Es esclarecedor el siguiente testimonio de Mons.
Bugnini:
La
Comisión (para la reforma de la Liturgia, creada en 1948) gozaba de la plena
confianza del Papa, informado por Mons. Montini, e inclusive semanalmente, por
el P. Bea, confesor de Pío XII. Por esta vía se pudieron registrar notables
resultados, incluso en los períodos en que la enfermedad del Papa impedía que
cualquiera se le acercara (op. cit., pág. 22).
El Padre Bea estuvo en el origen de la primera reforma
litúrgica de Pío XII, a saber, la nueva traducción litúrgica de los Salmos, que
reemplazó a la Vulgata de San Jerónimo, tan odiada por los protestantes por ser
la traducción oficial de la Sagrada Escritura en la Iglesia declarada
“auténtica” por el Concilio de Trento.
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| Los monjes de Taizé con el cardenal Bea y el Papa Juan XXIII |
A esta reforma (Motu proprio “In cotidianis precibus”,
del 24 de marzo de 1945) cuyo uso era, al menos en teoría, facultativo y que
tuvo poco éxito, hicieron seguir otras reformas más durables y también más
graves:
- 18 de marzo de 1948: Constitución, con Annibale
Bugnini como secretario, de una “Pontificia Comisión para la Reforma de la
Liturgia” (que se parece, hasta en el nombre, al “Consilium ad exequendam
constitutionem de Sacra Liturgia” instituido por Pablo VI en 1964 y que
engendrará la “Nueva Misa”);
- 6 de enero de 1953: Constitución Apostólica
“Christus Dominus” sobre la reforma del ayuno eucarístico;
- 23 de marzo de 1955: Decreto “Cum hac nostra
ætate”, reforma (no publicada en las Acta Apostolicæ Sedis y no impresa en
los libros litúrgicos) de las rúbricas del Misal y del Breviario;
- 19 de noviembre de 1955: Decreto “Maxima
Redemptionis”, introduciendo el nuevo rito de Semana Santa, ya inaugurado
en lo que respecta al Sábado Santo, “ad experimentum”, en 1951.
Consagraremos el capítulo siguiente a la reforma de la
Semana Santa; por el momento, ¿qué pensar de la reforma de las Rúbricas y del
Misal, realizada el mismo año por Pío XII?
Como éstas fueron declaradas facultativas, se tiende a
olvidarlas; sin embargo, fueron una etapa considerable de la Reforma Litúrgica.
Absorbidas y aumentadas por la Reforma de Juan XXIII, serán examinadas en
detalle con las del sucesor.

Por ahora, es suficiente decir que la Reforma de 1955
tendía a abreviar el Oficio Divino y a disminuir el culto de los Santos: todas
las fiestas de rito semidoble y simple se volvieron simples memorias, en
Cuaresma y Pasión la elección entre el oficio de un Santo y el de la feria se
volvía libre, se disminuyó el número de vigilias y octavas, reduciéndolas a
tres.
Suprimidos los “Pater, Ave et Credo” a recitar antes
de las horas litúrgicas, la antífona final de la Santísima Virgen también fue
suprimida (salvo la de Completas), igualmente el símbolo de San Atanasio (fuera
de una vez al año).
Bonneterre, en su obra citada, aunque reconoce que las
reformas del fin del pontificado de Pío XII son “las primeras etapas de la
autodemolición de la Liturgia Romana” (no vemos cómo la Liturgia puede
“autodemolerse”, n.d.r.), trata de garantizar su perfecta legitimidad a causa
de la “santidad” de quien las promulgó.
Pío
XII -escribe- emprendió entonces, con total pureza de intención, reformas
exigidas por las necesidades de las almas, sin darse cuenta -y no lo podía- que
quebrantaba la Liturgia y la disciplina en uno de los períodos más críticos de
su historia y, sobre todo, sin ver que ponía en práctica el programa del
‘Movimiento Litúrgico’ desviado (págs. 105, 106, 111)
Jean Crété comenta:
El Padre Bonneterre reconoce que este decreto marca el
comienzo de la subversión de la liturgia, pero trata de excusar a Pío XII
diciendo que, en la época, nadie, fuera de los hombres del partido subversivo,
podía darse cuenta de esto.
Por el contrario, puedo aportar sobre el punto un
testimonio categórico.
Me di cuenta muy bien de que este decreto no era sino
el comienzo de una subversión total de la liturgia; y no fui el único.
Todos los verdaderos liturgistas, todos los sacerdotes
apegados a la Tradición estaban consternados. La Congregación de Ritos no era en absoluto favorable a este decreto, obra
de una comisión especial. Cuando, cinco semanas más tarde, Pío XII anuncia
la introducción de la fiesta de San José Artesano, la oposición se manifiesta
abiertamente: durante más de un año, la Congregación de Ritos rehúsa componer
el oficio y la misa de la nueva fiesta.
Fueron necesarias varias intervenciones del Papa para
que la Congregación de Ritos se resigne, de mala gana, a publicar, a fines de
1956, un oficio tan mal compuesto que uno se pregunta si no fue saboteado
deliberadamente.
Y fue solamente en 1960 que fueron compuestas las
melodías (que son modelos de mal gusto) del oficio y de la misa. Traemos este
episodio poco conocido para dar una idea de las fuertes reacciones suscitadas
por las primeras reformas litúrgicas de Pío XII.
(Crété, op. cit., pág. 133)
El nuevo rito de Semana Santa

La
renovación (litúrgica) mostró claramente que las fórmulas del Misal Romano
debían ser revisadas y enriquecidas. La renovación ha sido iniciada por el
mismo Pío XII con la restauración de la Vigilia Pascual y del Ordo de Semana
Santa, que constituye la primera etapa de la adaptación del misal romano a las
necesidades de nuestra época.
Estas son las propias palabras de Pablo VI en la
“promulgación” del nuevo misal (Const. Apost. “Missale Romanum”, del 3 de abril
de 1969).
De manera análoga, pero viniendo de la otra orilla,
esto escribe Mons. Gamber:
El primer pontífice en haber aportado un cambio
verdadero y real en el Misal tradicional fue Pío XII, con la introducción de la
nueva liturgia de Semana Santa.
Volver a poner la ceremonia del Sábado Santo en la
noche de Pascua hubiera sido posible sin grandes modificaciones.
Juan XIII prosiguió la tarea con el nuevo código de
rúbricas.
Por lo demás, en esa ocasión el Canon de la Misa
permaneció intacto (casi, recordamos la introducción en el Canon del nombre de
San José, querida por Juan XXIII durante el Concilio, contra la Tradición que
quiere en el Canon únicamente nombres de Mártires, a unir con el Gran Mártir
Jesús en Su Sacrificio, n.d.r.) y no fue para nada alterado, pero después de
estos precedentes, es verdad que fueron abiertas las puertas a un ordenamiento
de la Liturgia Romana radicalmente nuevo.
(op. cit., pág. 22)
El decreto “Maxima Redemptionis”, por el cual se
introdujo en 1955 el nuevo rito, habla exclusivamente del cambio de horario de
las ceremonias del Jueves, Viernes y Sábado Santos, con el fin de facilitar a
los fieles la asistencia a los Ritos Sagrados, vueltos a poner en la tarde
después de siglos; pero en ninguna parte del decreto hay la menor alusión al
dramático cambio de textos y de las ceremonias mismas, operado gracias al nuevo
rito y en nada justificado por ningún motivo pastoral!
En realidad, el nuevo rito de Semana Santa fue un
ensayo general de la reforma, como lo testimonia el dominico modernista Chenu:
El Padre Duployé siguió todo esto con una lucidez
apasionada. Recuerdo que me dijo una tarde: ‘Si conseguimos restaurar la
vigilia pascual a su esplendor primitivo, el movimiento litúrgico habrá
vencido; me doy diez años para eso’. Diez años después el asunto era un hecho.
(“Un teólogo en libertad, J. Dunquesne entrevista al
P. Chenu”, Le Centurion, 1975; págs. 92-93)
De hecho, el nuevo rito de Semana Santa, al insertarse
como un cuerpo extraño en el resto del Misal todavía tradicional, obedecía a
los principios que reencontraremos en las reformas de Pablo VI de 1965.
Citemos algunos ejemplos:
-Pablo VI suprimirá en 1965 el último evangelio; en
1955 se lo suprime de la Semana Santa.
-Pablo VI suprimirá el Salmo “Judica me” con las
oraciones al pie del altar; la Semana Santa de 1955 ya lo había anticipado.
-Pablo VI (siguiendo a Lutero) querrá la celebración
de la Misa “cara al pueblo”; el Novus Ordo de Semana Santa comienza con la
introducción de tal uso tanto como es posible (especialmente el Domingo de
Ramos).
-Pablo VI quiere ver la disminución del papel del
sacerdote, reemplazado de una punta a la otra por los ministros; ya en 1955 el
celebrante no lee más las lecturas, epístolas y Evangelios (Pasión), que son
cantados por los ministros y, aunque participa de la Misa, va a sentarse en un
rincón, olvidado.
-Pablo VI, siempre en la Nueva “Misa” de 1969, bajo
pretexto de restaurar el antiguo rito romano, suprime de la Misa todos los
elementos de la liturgia “galicana” (anterior a Carlo-magno), siguiendo el
desgraciado “arqueologismo” condenado por Pío XII. Así desapareció el ofertorio
(con gran alegría de los protestantes), reemplazado por un rito talmúdico que
nada tiene que ver con el antiguo rito romano.
Según el mismo principio, el nuevo rito de Semana
Santa suprime todas las oraciones de bendición de los ramos (salvo una), la
epístola, el ofertorio y el prefacio que la preceden; así como el Viernes Santo,
la misa de presantificados.
Pablo VI, desafiando los anatemas del Concilio de
Trento, suprime el Orden Sagrado del Subdiaconado; el nuevo rito de Semana
Santa presenta a un Subdiácono cada vez más inútil, ya que lo reemplaza por el
Diácono (al “levate” de las Oraciones del Viernes Santo) o por el coro y el
celebrante (en la adoración de la Cruz).
¿Pablo VI quiso el ecumenismo? La nueva Semana Santa
lo inaugura, llamando a la oración del Viernes Santo para la conversión de los
herejes: “oración por la unidad de la Iglesia”, e introduciendo la genuflexión
en la oración por los judíos que la Iglesia negaba en rechazo al deicidio
perpetrado el Viernes Santo.
Los simbolismos medievales son suprimidos (apertura de
la puerta de la iglesia al canto del “Gloria Laus”, por ejemplo), la lengua
vernácula es introducida (promesas del Bautismo), el “Pater Noster” recitado
por todos (Viernes Santo), las oraciones por el Imperio reemplazadas por otras
por los que gobiernan la “cosa pública”, de sabor muy moderno.
En el Breviario se suprime el tan conmovedor
“Miserere”, repetido en todas las horas. El “Exultet” Pascual es trastornado
por la supresión de simbolismo de sus palabras; también el Sábado Santo, ocho
lecturas de doce son suprimidas.
El canto de la Pasión, tan emocionante, sufre
gravísimas censuras: desaparece hasta la Última Cena, en la que Jesús, ya
traicionado, celebró por primera vez en la historia el Sacrificio de la Misa.
El Viernes Santo se administra la comunión,
contrariamente a la tradición de la Iglesia y a la condena de San Pío X para
quienes pretendieran instaurar tal uso (Decreto “Sacra Tridentina Synodus”, de
1905).
Además, todas las rúbricas del nuevo rito de 1955
insisten continuamente en la “participación” de los fieles, por una parte,
mientras que por la otra, censuran como abusos muchas devociones populares (tan
caras a los fieles) que acompañan la Semana Santa.
Aunque sintético, este examen de la reforma de la
Semana Santa permite al lector -al menos así lo creemos- darse cuenta de la
manera en que los “expertos” que fabricaron 14 años después la Nueva “Misa”
hubieron de utilizar -y aprovechar- la Semana Santa, para realizar en ella
-como “in corpore vili”- sus experimentos litúrgicos, que más tarde iban a
aplicar a toda la liturgia.


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