sábado, 5 de mayo de 2018


La Herejía Antilitúrgica II


Las reformas de Pío XII



Pío XII no consideraba de extrema gravedad el problema litúrgico que oponía a los obispos alemanes: “Tenemos una extraña impresión”, escribía a Mons. Gröber, “como si fuera del tiempo y del mundo, la cuestión litúrgica se presentara como el problema del momento” (Carta de Pío XII a Mons. Gröber del 22 de agosto de 1943, citada por R. Graham, op. cit., pág. 549). Si con estas palabras Pío XII desaprobaba a los representantes del Movimiento Litúrgico, no dejaba de minimizar el peligro.

Los innovadores pudieron así infiltrar su caballo de Troya en la Iglesia, haciéndolo pasar por la puerta, dejada casi sin defensa, de la Liturgia, y aprovechando la poca atención del Papa Pacelli en la materia. Fueron apoyados por personas del entorno del Pontífice, como su propio confesor, Agustín Bea S.J., futuro Cardenal y defensor declarado del Ecumenismo.

Es esclarecedor el siguiente testimonio de Mons. Bugnini:

La Comisión (para la reforma de la Liturgia, creada en 1948) gozaba de la plena confianza del Papa, informado por Mons. Montini, e inclusive semanalmente, por el P. Bea, confesor de Pío XII. Por esta vía se pudieron registrar notables resultados, incluso en los períodos en que la enfermedad del Papa impedía que cualquiera se le acercara (op. cit., pág. 22).
El Padre Bea estuvo en el origen de la primera reforma litúrgica de Pío XII, a saber, la nueva traducción litúrgica de los Salmos, que reemplazó a la Vulgata de San Jerónimo, tan odiada por los protestantes por ser la traducción oficial de la Sagrada Escritura en la Iglesia declarada “auténtica” por el Concilio de Trento.

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Los monjes de Taizé con el cardenal Bea y el Papa Juan XXIII

A esta reforma (Motu proprio “In cotidianis precibus”, del 24 de marzo de 1945) cuyo uso era, al menos en teoría, facultativo y que tuvo poco éxito, hicieron seguir otras reformas más durables y también más graves:
  • 18 de marzo de 1948: Constitución, con Annibale Bugnini como secretario, de una “Pontificia Comisión para la Reforma de la Liturgia” (que se parece, hasta en el nombre, al “Consilium ad exequendam constitutionem de Sacra Liturgia” instituido por Pablo VI en 1964 y que engendrará la “Nueva Misa”);
  • 6 de enero de 1953: Constitución Apostólica “Christus Dominus” sobre la reforma del ayuno eucarístico;
  • 23 de marzo de 1955: Decreto “Cum hac nostra ætate”, reforma (no publicada en las Acta Apostolicæ Sedis y no impresa en los libros litúrgicos) de las rúbricas del Misal y del Breviario;
  • 19 de noviembre de 1955: Decreto “Maxima Redemptionis”, introduciendo el nuevo rito de Semana Santa, ya inaugurado en lo que respecta al Sábado Santo, “ad experimentum”, en 1951.
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Consagraremos el capítulo siguiente a la reforma de la Semana Santa; por el momento, ¿qué pensar de la reforma de las Rúbricas y del Misal, realizada el mismo año por Pío XII?
Como éstas fueron declaradas facultativas, se tiende a olvidarlas; sin embargo, fueron una etapa considerable de la Reforma Litúrgica. Absorbidas y aumentadas por la Reforma de Juan XXIII, serán examinadas en detalle con las del sucesor.

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Por ahora, es suficiente decir que la Reforma de 1955 tendía a abreviar el Oficio Divino y a disminuir el culto de los Santos: todas las fiestas de rito semidoble y simple se volvieron simples memorias, en Cuaresma y Pasión la elección entre el oficio de un Santo y el de la feria se volvía libre, se disminuyó el número de vigilias y octavas, reduciéndolas a tres.
Suprimidos los “Pater, Ave et Credo” a recitar antes de las horas litúrgicas, la antífona final de la Santísima Virgen también fue suprimida (salvo la de Completas), igualmente el símbolo de San Atanasio (fuera de una vez al año).

Bonneterre, en su obra citada, aunque reconoce que las reformas del fin del pontificado de Pío XII son “las primeras etapas de la autodemolición de la Liturgia Romana” (no vemos cómo la Liturgia puede “autodemolerse”, n.d.r.), trata de garantizar su perfecta legitimidad a causa de la “santidad” de quien las promulgó.

Pío XII -escribe- emprendió entonces, con total pureza de intención, reformas exigidas por las necesidades de las almas, sin darse cuenta -y no lo podía- que quebrantaba la Liturgia y la disciplina en uno de los períodos más críticos de su historia y, sobre todo, sin ver que ponía en práctica el programa del ‘Movimiento Litúrgico’ desviado (págs. 105, 106, 111)
Jean Crété comenta:

El Padre Bonneterre reconoce que este decreto marca el comienzo de la subversión de la liturgia, pero trata de excusar a Pío XII diciendo que, en la época, nadie, fuera de los hombres del partido subversivo, podía darse cuenta de esto.
Por el contrario, puedo aportar sobre el punto un testimonio categórico.
Me di cuenta muy bien de que este decreto no era sino el comienzo de una subversión total de la liturgia; y no fui el único.

Todos los verdaderos liturgistas, todos los sacerdotes apegados a la Tradición estaban consternados. La Congregación de Ritos no era en absoluto favorable a este decreto, obra de una comisión especial. Cuando, cinco semanas más tarde, Pío XII anuncia la introducción de la fiesta de San José Artesano, la oposición se manifiesta abiertamente: durante más de un año, la Congregación de Ritos rehúsa componer el oficio y la misa de la nueva fiesta.
Fueron necesarias varias intervenciones del Papa para que la Congregación de Ritos se resigne, de mala gana, a publicar, a fines de 1956, un oficio tan mal compuesto que uno se pregunta si no fue saboteado deliberadamente.

Y fue solamente en 1960 que fueron compuestas las melodías (que son modelos de mal gusto) del oficio y de la misa. Traemos este episodio poco conocido para dar una idea de las fuertes reacciones suscitadas por las primeras reformas litúrgicas de Pío XII.
(Crété, op. cit., pág. 133)

El nuevo rito de Semana Santa



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La renovación (litúrgica) mostró claramente que las fórmulas del Misal Romano debían ser revisadas y enriquecidas. La renovación ha sido iniciada por el mismo Pío XII con la restauración de la Vigilia Pascual y del Ordo de Semana Santa, que constituye la primera etapa de la adaptación del misal romano a las necesidades de nuestra época.
Estas son las propias palabras de Pablo VI en la “promulgación” del nuevo misal (Const. Apost. “Missale Romanum”, del 3 de abril de 1969).
De manera análoga, pero viniendo de la otra orilla, esto escribe Mons. Gamber:
El primer pontífice en haber aportado un cambio verdadero y real en el Misal tradicional fue Pío XII, con la introducción de la nueva liturgia de Semana Santa.
Volver a poner la ceremonia del Sábado Santo en la noche de Pascua hubiera sido posible sin grandes modificaciones.

Juan XIII prosiguió la tarea con el nuevo código de rúbricas.
Por lo demás, en esa ocasión el Canon de la Misa permaneció intacto (casi, recordamos la introducción en el Canon del nombre de San José, querida por Juan XXIII durante el Concilio, contra la Tradición que quiere en el Canon únicamente nombres de Mártires, a unir con el Gran Mártir Jesús en Su Sacrificio, n.d.r.) y no fue para nada alterado, pero después de estos precedentes, es verdad que fueron abiertas las puertas a un ordenamiento de la Liturgia Romana radicalmente nuevo.
(op. cit., pág. 22)

El decreto “Maxima Redemptionis”, por el cual se introdujo en 1955 el nuevo rito, habla exclusivamente del cambio de horario de las ceremonias del Jueves, Viernes y Sábado Santos, con el fin de facilitar a los fieles la asistencia a los Ritos Sagrados, vueltos a poner en la tarde después de siglos; pero en ninguna parte del decreto hay la menor alusión al dramático cambio de textos y de las ceremonias mismas, operado gracias al nuevo rito y en nada justificado por ningún motivo pastoral!

En realidad, el nuevo rito de Semana Santa fue un ensayo general de la reforma, como lo testimonia el dominico modernista Chenu:
El Padre Duployé siguió todo esto con una lucidez apasionada. Recuerdo que me dijo una tarde: ‘Si conseguimos restaurar la vigilia pascual a su esplendor primitivo, el movimiento litúrgico habrá vencido; me doy diez años para eso’. Diez años después el asunto era un hecho.
(“Un teólogo en libertad, J. Dunquesne entrevista al P. Chenu”, Le Centurion, 1975; págs. 92-93)

De hecho, el nuevo rito de Semana Santa, al insertarse como un cuerpo extraño en el resto del Misal todavía tradicional, obedecía a los principios que reencontraremos en las reformas de Pablo VI de 1965.

Citemos algunos ejemplos:

-Pablo VI suprimirá en 1965 el último evangelio; en 1955 se lo suprime de la Semana Santa.
-Pablo VI suprimirá el Salmo “Judica me” con las oraciones al pie del altar; la Semana Santa de 1955 ya lo había anticipado.
-Pablo VI (siguiendo a Lutero) querrá la celebración de la Misa “cara al pueblo”; el Novus Ordo de Semana Santa comienza con la introducción de tal uso tanto como es posible (especialmente el Domingo de Ramos).
-Pablo VI quiere ver la disminución del papel del sacerdote, reemplazado de una punta a la otra por los ministros; ya en 1955 el celebrante no lee más las lecturas, epístolas y Evangelios (Pasión), que son cantados por los ministros y, aunque participa de la Misa, va a sentarse en un rincón, olvidado.
-Pablo VI, siempre en la Nueva “Misa” de 1969, bajo pretexto de restaurar el antiguo rito romano, suprime de la Misa todos los elementos de la liturgia “galicana” (anterior a Carlo-magno), siguiendo el desgraciado “arqueologismo” condenado por Pío XII. Así desapareció el ofertorio (con gran alegría de los protestantes), reemplazado por un rito talmúdico que nada tiene que ver con el antiguo rito romano.

Según el mismo principio, el nuevo rito de Semana Santa suprime todas las oraciones de bendición de los ramos (salvo una), la epístola, el ofertorio y el prefacio que la preceden; así como el Viernes Santo, la misa de presantificados.

Pablo VI, desafiando los anatemas del Concilio de Trento, suprime el Orden Sagrado del Subdiaconado; el nuevo rito de Semana Santa presenta a un Subdiácono cada vez más inútil, ya que lo reemplaza por el Diácono (al “levate” de las Oraciones del Viernes Santo) o por el coro y el celebrante (en la adoración de la Cruz).


¿Pablo VI quiso el ecumenismo? La nueva Semana Santa lo inaugura, llamando a la oración del Viernes Santo para la conversión de los herejes: “oración por la unidad de la Iglesia”, e introduciendo la genuflexión en la oración por los judíos que la Iglesia negaba en rechazo al deicidio perpetrado el Viernes Santo.
Los simbolismos medievales son suprimidos (apertura de la puerta de la iglesia al canto del “Gloria Laus”, por ejemplo), la lengua vernácula es introducida (promesas del Bautismo), el “Pater Noster” recitado por todos (Viernes Santo), las oraciones por el Imperio reemplazadas por otras por los que gobiernan la “cosa pública”, de sabor muy moderno.
En el Breviario se suprime el tan conmovedor “Miserere”, repetido en todas las horas. El “Exultet” Pascual es trastornado por la supresión de simbolismo de sus palabras; también el Sábado Santo, ocho lecturas de doce son suprimidas.
El canto de la Pasión, tan emocionante, sufre gravísimas censuras: desaparece hasta la Última Cena, en la que Jesús, ya traicionado, celebró por primera vez en la historia el Sacrificio de la Misa.

El Viernes Santo se administra la comunión, contrariamente a la tradición de la Iglesia y a la condena de San Pío X para quienes pretendieran instaurar tal uso (Decreto “Sacra Tridentina Synodus”, de 1905).

Además, todas las rúbricas del nuevo rito de 1955 insisten continuamente en la “participación” de los fieles, por una parte, mientras que por la otra, censuran como abusos muchas devociones populares (tan caras a los fieles) que acompañan la Semana Santa.
Aunque sintético, este examen de la reforma de la Semana Santa permite al lector -al menos así lo creemos- darse cuenta de la manera en que los “expertos” que fabricaron 14 años después la Nueva “Misa” hubieron de utilizar -y aprovechar- la Semana Santa, para realizar en ella -como “in corpore vili”- sus experimentos litúrgicos, que más tarde iban a aplicar a toda la liturgia.


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