domingo, 28 de diciembre de 2014

Sobre la Sagrada Comunión II


Nueva entrevista a Mons. Schneider: la comunión en la mano en el corazón de la crisis de la Iglesia


[Renaissance Catholique] Nos hemos reunido con Mons. Schneider, obispo auxiliar de Astana, en Kazakhstan. Acaba de publicar en la editorial Contretemps, Corpus Christi. La Comunión en la mano en el corazón de la crisis de la Iglesia, y habla periódicamente sobre la situación de la Iglesia.

Excelencia, aunque muchos de nuestros lectores ya le conocen, ¿podría usted presentarse?

Athanasius Schneider: Nací en 1961 en el Kirghizistan, que formaba entonces parte de la Unión Soviética, en el seno de una familia católica de origen alemán. Mis padres son alemanes del Mar Negro pero originarios de Alsacia, cerca de Haguenau. Después de la IIª Guerra Mundial mis padres fueron deportados, en condiciones inhumanas, por Stalin a los Urales para realizar trabajos forzados. ¡Ha sido gracias a la fe Católica como han podido sobrevivir mis padres! He tenido el privilegio de recibir esta fe “con la leche materna”, por decirlo de alguna manera, a la vez que los Sacramentos y vivir mi vida cristiana en una Iglesia clandestina. Después, por una gracia especial de Dios, pudimos emigrar a Alemania. En 1982 entré en la Orden de los Canónicos Regulares de la Santa Cruz, en Austria, antes de ser enviado a Brasil como misionero, donde recibí la ordenación sacerdotal en 1990. En 1997, obtuve en Roma el doctorado en Patrología. A partir de 1999 enseñé teología en el seminario inter-diocesano de Karaganda, en Kazakhstan. En el 2006, fui nombrado obispo auxiliar de Karaganda y, en el 2011, obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa María en Astana, la capital de Kazakhstan. Actualmente soy secretario general de la Conferencia episcopal de Kazakhstan y presidente de la comisión de liturgia.
El tema de su libro es La Comunión en la mano. ¿No hay cuestiones más urgentes que tratar a día de hoy en la Iglesia que ésta de la comunión en la mano?
A.S.: Efectivamente, parecería que en la Iglesia existen temas más urgentes que tratar, además de la comunión en la mano, sin embargo no es más que mera apariencia. En efecto, la Iglesia vive hoy una auténtica tragedia ya que, la realidad central en la Iglesia y sobre la tierra, ha sido eclipsada, puesta en un segundo plano y por tanto banalizada: el Santísimo Sacramento de la Eucaristía. El Concilio Vaticano II nos ha recordado esta verdad: “La Eucaristía es la fuente y la cima de toda la vida cristiana” (Lumen gentium, 11) y “la Santa Eucaristía contiene todo el tesoro espiritual de la Iglesia” (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica III, q. 65, a. 3 ad 1), “es decir a Cristo mismo” (Presbyterorum ordinis, 5). La Eucaristía y la santa Comunión no son una cosa, ni siquiera la más santa, sino una Persona: el mismo Jesucristo. Mientras que la adorable Persona de Cristo, escondida bajo las humildes especies sacramentales, sea tratada de una manera tan banal, indelicada y superficial como sucede a día de hoy, en la Iglesia no podrá producirse un verdadero progreso espiritual. Si el corazón de la vida de la Iglesia es la Eucaristía, cuando la forma de tratarla se vuelve manifiestamente defectuosa, el corazón mismo de la vida de la Iglesia se debilita. Y cuando el corazón está débil, todas las acciones del cuerpo se tornan menos eficaces. Si no nos tomamos en serio la exigencia de la fe eucarística, es decir, la disposición del alma en estado de gracia y la manera altamente sacra de tratar a Nuestro Salvador y Señor en el momento de la Santa Comunión, continuaremos viviendo en una situación a la que se aplican estas palabras de Dios: “Si Dios no construye la casa, en vano trabajan los constructores” (Sal 127, 1). Ciertamente que existen cuestiones muy importantes en la vida de la Iglesia contemporánea: la transmisión, en toda su pureza, de la fe católica respecto a las verdades centrales del dogma y de la moral por medio de la catequesis y del testimonio público, la urgencia por defender la vida humana (contra la plaga del aborto), la familia (contra el divorcio, el concubinato, la poligamia), la necesidad de redescubrir el sentido natural de la sexualidad humana (contra la ideología neo-marxista de género). Todos estos compromisos, necesarios y urgentes, serían ciertamente más eficaces y mejor bendecidos por Dios, si la Iglesia pusiese de una manera muy concreta la mayor de las atenciones en el Señor eucarístico especialmente en la Santa Comunión.

¿Cuáles son las principales dificultades que conlleva la Comunión en la mano?

A.S.: Entre los principales problemas que trae consigo la Comunión en la mano es preciso señalar antes los dos hechos más graves. En primer lugar, una parte importante de las partículas de la Sagrada Hostia que caen al suelo y son pisoteadas, y a continuación, el número de robos de Hostias consagradas, que no hace sino aumentar. Además la ausencia cuasi absoluta de gestos manifiestos de adoración y de la sacralidad en el momento de la distribución y de la recepción de la santa Comunión entrañan, con el tiempo, una disminución e incluso una pérdida de la creencia en la presencia real y en la transubstanciación. El gesto moderno de la Comunión en la mano –sustancialmente diferente del gesto análogo en la primitiva Iglesia- contribuye a la banalización e incluso a la profanación no sólo de la realidad más santa, sino de la Persona, la más santa, que es Nuestro Dios y Señor Jesucristo. La fe en la centralidad del misterio eucarístico y en consecuencia del misterio de la Encarnación está notablemente eclipsado por esta práctica litúrgica. Martín Lutero, por ejemplo, gimió y lloró cuando unas gotas de la Sangre del Señor cayeron sobre un reclinatorio. ¿Cuántos sacerdotes y fieles se pondrían a suspirar y a llorar limpiando los lugares donde se han desperdigado partículas de la Hostia Santa? Cuando, por ejemplo, en una sinagoga el libro de la Torah cae al suelo accidentalmente, la comunidad judía que está presente guarda un día de ayuno y penitencia. ¿Cuántas parroquias católicas ayunan y hacen penitencia, cuando las partículas eucarísticas caen al suelo o son robadas? Recordémoslo: de la fe y de la práctica eucarística depende hoy el futuro de la Iglesia.



¿Cuáles serían las soluciones para volver a la práctica tradicional en la recepción de la Santa Comunión?

A.S.: Es preciso, seguramente, proceder por etapas. Entre los fieles que reciben la Santa Comunión en la mano, la mayoría lo hace con total buena fe. Unos lo hacen por docilidad, por obediencia, porque el párroco o incluso el obispo lo han aconsejado o lo han impuesto; otros, y quizá son la mayoría, actúan por costumbre y por conformismo sin ninguna reflexión. Sin embargo, hay también probablemente personas que comulgan así porque no creen en la Presencia Real. Finalmente, hacemos notar que algunas personas comulgan en la mano con una fe y una devoción profundas motivada por preferencias subjetivas, olvidando desgraciadamente las malas consecuencias objetivas de esta práctica litúrgica. Sugerimos ahora algunas soluciones. Sería necesario, en primer lugar, dar a los niños y a los adultos, frecuentemente, una catequesis y una predicación integral y precisa respecto a la Eucaristía y especialmente sobre la grandeza y la sublimidad del momento de la Sangrada Comunión. Luego, sería necesario explicar en concreto los peligros reales y frecuentes de la pérdida y del robo de las partículas eucarísticas, poniendo sobre todo en evidencia el hecho horrible de que Nuestro Señor Eucarístico en innumerables iglesias de todo el mundo es pisoteado por los fieles. Después, es preciso informar a los fieles que la Comunión en la mano es una excepción a la ley litúrgica, un indulto, insistiendo a la vez sobre el hecho de que la Comunión en la boca y de rodillas es la norma. Esto exige lógicamente poner un reclinatorio, un comulgatorio o incluso mejor todavía una balaustrada a disposición de los fieles para no discriminar a los que tienen el derecho de recibir la Sagrada Comunión en la boca y de rodillas. Otra medida útil sería que el obispo diocesano publicase una carta pastoral específica sobre la Eucaristía y la Sagrada Comunión invitando insistentemente y con argumentos a los fieles a recibir al Señor Eucarístico en la boca y de rodillas. La Santa Sede debería hacer lo mismo con todos los obispos de todas las diócesis del mundo. El último paso en este proceso sería la prohibición formal de la práctica de la Comunión en la mano.

¿Qué recibimiento ha recibido este libro entre sus hermanos obispos y en la Curia?

A.S.: Mi libro ha recibido una buena acogida por parte del Papa Benedicto XVI. Cuando le envié mi primer libro Dominus est me escribió una carta autógrafa, donde me decía entre otras cosas que mis argumentos eran convincentes. Igualmente he enviado Corpus Christi, acompañado de una carta, al Papa Francisco y la Secretaría de Estado me ha respondido en el nombre del Papa: “Su Santidad aprecia las preocupaciones que Usted refleja en su carta y también sus esfuerzos por promover el amor y el respeto por el gran sacramento de la Eucaristía”. He recibido igualmente cartas de gratitud y estima por parte de varios obispos y de algunos cardenales. Pero, la gran mayoría de las reacciones favorables y de reconocimiento ha sido la de simples fieles, muchos de ellos jóvenes, de todas las partes del mundo. Con emoción conservo un centenar de mensajes provenientes de personas mayores y de diversos países: una hermosa sinfonía católica de homenaje, defensa y amor por Nuestro Señor En la Eucaristía. Que Dios haga que la voz de los que han conservado la integridad de la fe eucarística en la pureza y simplicidad de su corazón, la voz de los pequeños y de los “pobres de Dios” (Sal 33, 7); Mat 5, 3), se haga cada vez más fuerte, a pesar del desprecio y la marginación que deben soportar a veces por parte de los fariseos y de los escribas modernos que ostentan algunos cargos clericales. El tema de la Comunión en la mano es urgente. La voz de los humildes que tienen el
Corazón puro en la fe y constituyen una verdadera periferia eclesiástica, será exaltada por Dios: “Los humildes han visto y se gozan, buscad a Dios y vuestro corazón vivirá. Pues Dios ha exaltado a los pobres” (Sal 69, 33-34). Da la impresión de que entre los clérigos muchos, también incluso entre el alto clero, no han comprendido el misterio de la verdadera grandeza Divina de la Santa Comunión y de la urgencia d la crisis eucarística. Sin embargo, la siguientes palabras del Señor son plenamente aplicables a la actual crisis respecto a la Eucaristía y sobre todo a la crisis causada por la Comunión en la mano: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los poderosos, y se las has revelado a los humildes” (Mat 11, 25).


[Traducido por José Luis Aberasturi y Martínez para Adelante la Fe] 

La convicción profunda de que bajo las especies Eucarísticas el
Señor está verdadera y realmente presente, y la creciente praxis de conservar la santa comunión en los tabernáculos, contribuyó a la práctica de arrodillarse en actitud de humilde adoración del Señor en la Eucaristía.
Efectivamente, al respecto de la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas, el Concilio de Trento proclamó: “in almo sanctae Eucharistiae sacramento post panis et vini consacrationem Dominum nostrum Iesum Christum verum Deum atque hominem vere, realiter et substantialiter sub specie illarum rerum sensibilium continere” (DS 1651). La fe en la presencia real de Cristo bajo las especies eucarísticas pertenecía ya entonces a la esencia de la fe de la Iglesia Católica y era parte intrínseca de la identidad católica. Era evidente que no se podía edificar la Iglesia si esa fe fuese mínimamente menoscabada. Por lo tanto, la Eucaristía, pan transubstanciado en Cuerpo de Cristo y vino en Sangre de Cristo, Dios en medio de nosotros, debía ser acogida con estupor, máxima reverencia y actitud de humilde adoración. Al mismo tiempo, hablando de la Comunión en la mano es necesario reconocer que se trata de una práctica introducida abusivamente y a prisas en algunos ambientes de la Iglesia inmediatamente después del Concilio, cambiando la secular práctica anterior y volviéndose enseguida la práctica regular para toda la Iglesia. Se justificaba tal cambio diciendo que reflejaba mejor el Evangelio o la práctica antigua de la Iglesia. Yo creo que ha llegado la hora de valorar bien la mencionada práctica y de revisar y, si es necesario, abandonar la práctica actual, que de hecho no fue indicada ni por laSacrosanctum Concilium, ni por los Padres Conciliares, sino que fue aceptada después de su introducción abusiva en algunos Países. Ahora, hoy más que nunca, es necesario ayudar al fiel a renovar una viva fe en la presencia real de Cristo bajo las especies Eucarísticas para reforzar así la vida de la Iglesia y defenderla en medio de las peligrosas distorsiones de fe que tal situación continúa creando.

Cardenal  Malcom Ranjith
(Prólogo de “Dominus Est)

“DOMINUS EST” de Mons. Schneider:

Sobre el fondo de la bimilenaria historia de la piedad y de la tradición litúrgica de la Iglesia Universal en Oriente y Occidente, sobre todo respecto al desarrollo orgánico del patrimonio patrístico, puede concluirse la siguiente síntesis:

1. El desarrollo orgánico de la piedad eucarística como fruto de la piedad de los
Padres de la Iglesia, ha conducido a todas las Iglesias, tanto en Oriente como en Occidente, aún ya en el primer milenio, a administrar la sagrada Comunión a los fieles directamente en la boca. En Occidente, al inicio del segundo milenio, se agregó el gesto profundamente bíblico de arrodillarse. En las múltiples variaciones litúrgicas orientales, se circunda el momento de la recepción del Cuerpo del Señor con solemnes ceremonias, y a menudo se exige a los fieles una previa postración en tierra.

2. La Iglesia prescribe el uso del platillo de Comunión o patena, para evitar que algún fragmento de la Hostia consagrada caiga en tierra (Cf. Missale Romanum, Institutio generalis, n.18; Redemptionis Sacramentum, n.93) y que el obispo se lave las manos después de la distribución de la Comunión (Cf. Ceremoniale episcoporum, n.166). En el caso de la distribución de la Comunión en la mano, frecuentemente se desprenden de la Hostia pequeños fragmentos los cuales, o caen en tierra o quedan adheridos a la palma y a los dedos del comulgante.

3. El momento de la sagrada Comunión, en cuanto encuentro de los fieles con la Divina Persona del redentor, exige, por su naturaleza, y aún exteriormente, gestos típicamente sacros, como la postración de rodillas En la mañana de la resurrección las mujeres adoraron al Señor Resucitado postrándose en tierra delante de Él, (Cf. Mt 28,9); también los Apóstoles lo hicieron (Cf. Lc 24, 52) y quizás también el Apóstol Tomás se arrodilló diciendo: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28).

4. El dejarse nutrir como un niño, recibiendo la Comunión directamente en la boca, expresa de la mejor manera, ritualmente hablando, el carácter de la receptividad y del ser niño delante de Cristo que nutre y “amamanta” espiritualmente. El adulto en cambio, lleva por sí mismo el alimento hasta su boca con sus propios dedos.

5. La Iglesia prescribe que, durante la celebración de la Santa Misa, al momento de la Consagración, todo fiel deba arrodillarse. ¿No sería, litúrgicamente más adecuado si, al momento de la sagrada Comunión, cuando el fiel se aproxima físicamente tanto al Señor, al Rey de reyes, lo saludase y lo recibiese arrodillado?

6. El gesto de recibir el Cuerpo del Señor en la boca y de rodillas podría ser un testimonio visible de la fe de la Iglesia en el misterio eucarístico, como así mismo un factor restaurador y educativo para la cultura moderna, para la cual, tanto el gesto de arrodillarse como la infancia espiritual, son fenómenos completamente extraños.


7. El deseo de prestar a la augusta persona de Cristo, también en el momento de la sagrada Comunión, el afecto y el honor de manera visible, debería adecuarse al espíritu y al ejemplo de la bimilenaria tradición de la Iglesia: “cum amore actimore”, el adagio de los Padres del primer milenio, además del “quantum potes, tantum aude” (“cuanto puedas, eso haz”), el adagio del segundo milenio.

domingo, 24 de agosto de 2014

Advertencias contra un falso cristianismo humanitarista



«Nos queremos llamar vuestra atención, venerables hermanos, sobre esta deformación del Evangelio y del carácter sagrado de Nuestro Señor Jesucristo, Dios y Hombre, practicada en “Le Sillon" y en otras partes. Cuando se aborda la cuestión social, está de moda en algunos medios eliminar, primeramente la divinidad de Jesucristo y luego no hablar más que de su soberana mansedumbre, de su compasión por todas las miserias humanas, de sus apremiantes exhortaciones al amor del prójimo y a la fraternidad».

 «Ciertamente, Jesús nos ha amado con un amor inmenso, infinito, y ha venido a la tierra a sufrir y morir para que, reunidos alrededor de Él en la justicia y en el amor, animados de los mismos sentimientos de caridad mutua, todos los hombres vivan en la paz y en la felicidad. Pero a la realización de esta felicidad temporal y eterna ha puesto, con una autoridad soberana, la condición de que se forme parte de su rebaño, que se acepte su doctrina, que se practique su virtud y que se deje uno enseñar y guiar por Pedro y sus sucesores. Porque, si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado sus convicciones erróneas, por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado hacia sí, para aliviarlos, los, a los que padecen y sufren, no ha sido para predicarles el celo por una del igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia. Si su corazón desbordaba mansedumbre para las almas de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la casa de Dios, contra los miserables que escandalizan a los pequeños, contra las autoridades que agobian al pueblo bajo el peso de onerosas cargas sin poner en ellas ni un dedo para aliviarlas. Ha sido tan enérgico como dulce; ha reprendido, amenazado, castigado, sabiendo y enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría y que conviene a veces cortar un miembro para salvar al cuerpo».

 «Finalmente, no ha anunciado para la sociedad futura el reino de una felicidad ideal, del cual el sufrimiento quedara desterrado, sino que con sus lecciones y con sus ejemplos ha trazado el camino de la felicidad posible en la tierra y de la felicidad perfecta en el cielo: el camino de la cruz. Estas son enseñanzas que se intentaría equivocadamente aplicar solamente a la vida individual con vistas a la salvación eterna; son enseñanzas eminentemente sociales, y nos demuestran en Nuestro Señor Jesucristo algo muy distinto de un humanitarismo sin consistencia y sin autoridad».

San Pío X, Notre charge apostolique 38.

viernes, 21 de marzo de 2014

Tránsito de Nuestro Padre San Benito

Die 21 Martii S. Benedicti Abbatis


San Benito Abad. Monasterio de Sta.Teresa. Lazcano (Guipúzcoa)
San Benito de Nursia (480-547) fue proclamado por Pablo VI patrono de Europa en 1964 por el extraordinario influjo que, tanto su persona como el grupo de discípulos que se reunieron en torno a él, ejercieron en la formación de la Europa cristiana, difícil de entender sin la aportación de la Regla Benedictina.
San Benito vivió en una época en la que corrían peligro no solamente la Iglesia sino también la sociedad y la cultura. “Mundo revuelto y confuso”, como lo califica Luis Suárez en una caracterización que resumimos aquí. La idea de que el Imperio romano desapareció como consecuencia de la invasión de los bárbaros resulta incompleta y distorsionada a no ser que se ponga en relación con otras dos cuestiones: solamente desapareció la mitad occidental de dicho Imperio porque en torno a Constantinopla se mantenía su otro brazo oriental, helenístico y, en realidad lo que ocurrió en Occidente no fue tanto el punto final del mundo romano cuanto su transformación: de la unidad a la pluralidad, del Imperio a las naciones. Desde el siglo VII se comenzó a designar con un término geográfico nuevo (Europa) a este conjunto que se prefería llamar como “Christianitas” o “Universitas Christiana”. En este mundo en que los nuevos reyes de estirpe bárbara ejercían su oscilante autoridad en medio de un panorama confuso y violento, los obispos asumieron en sus ciudades las cargas propias de las demandas del bien común que antaño habían sido ejercidas por las desaparecidas instancias políticas así como responsabilidades nuevas como la ayuda y la beneficencia nacidas de la identidad cristiana y que nadie atendía en la Antigüedad.
Pero, al tiempo que los nacientes reinos hacían suyo el contenido dogmático y moral propio de la religión cristiana se daba un fenómeno curioso y era que los católicos más conscientes y coherentes llegaron al convencimiento de que era imposible vivir una vida plenamente cristiana en el seno del mundo y en las ocupaciones habituales. Y a pesar de vivir en un contexto histórico en el que los mandamientos de la ley de Dios y las prescripciones de la Iglesia habían empezado a ser principios constituyentes y nadie podía legislar en contra de las normas morales, los cristianos concluyeron que no se puede vivir con plenitud la fe en el corazón del mundo.
El monacato, reconocido de manera unánime como una de las raíces de la Europa cristiana se convirtió en lo que estaba llamado a ser cuando a la tendencia ascética se incorporó el “contemptus mundi”, término que define una de las aportaciones más relevantes de la espiritualidad cristiana y difícilmente expresable en nuestro lenguaje porque no es simple “desprecio del mundo” sino poner en su lugar a un mundo que vale muy poco en relación con las realidades sobrenaturales que están en juego. Precisamente por eso, y poor paradójico que pueda parecer, aquellos monasterios tenían también una impresionante fecundidad temporal: los monasterios se introducían como un fermento en la sociedad a la que transformaban mostrando a los fieles que su propio ritmo de vida: oración, trabajo y descanso era aplicable a todos con las debidas adaptaciones y reivindicando virtudes como la laboriosidad, el cumplimiento del deber y el cultivo de la sabiduría.
Hoy se dice que la vida monástica está en crisis. Como lo está la Europa que un día fue cristiana. No puede ser de otra manera cuando se vive zascandileando en torno al mundo, profesando una admiración simplista por la vida moderna, sin cansarse de insistir en la necesidad de vivir el catolicismo en medio de un mundo sobrevalorado.
Los enamorados del pasado —concedía Paul Souday, crítico de “Le Temps”, en polémica con el modernista Fogarazzo— pueden caer en algún exceso” pero “sus prevenciones, por lo menos, se apoyan en una cultura seria, una imaginación vivaz y un sentido crítico aguzado que les ha permitido juzgar su siglo en contra de su instinto. Llegan a pensar que lo que es característico de un siglo, moderno o antiguo, tiene poco valor y que lo importante es lo que dura. El catolicismo tiene la superioridad de sus mil novecientos años de existencia sobre las ideas de las que Fogarazzo está tan satisfecho por ser modernas y que acaso mañana habrán pasado. Lejos de querer modificarlo para ponerlo a la moda, se puede pensar que su principal atractivo reside, por el contrario, en una inmutable perennidad. Lejos de subordinarlo al siglo, se tiene el derecho de amarlo por contraste y como refugio contra el siglo”.
La historia de la Iglesia es el relato de una larga confrontación con el mundo. Como recordaba Romano Amerio:
“Frente al Paganismo, el Cristianismo sacó a relucir una virtud opuesta, rechazando el politeísmo, la idolatría, la esclavitud de los sentidos, o la pasión de gloria y de grandeza: en suma, sublimando todo lo terrestre bajo una mirada teotrópica, ni tan siquiera barruntada por los antiguos [...] De modo similar, ante los bárbaros la Iglesia no asumió la barbarie, sino que se revistió de civilización; y en el siglo XIII, contra el espíritu de violencia y de avaricia, asumió el espíritu de mansedumbre y de pobreza con el gran movimiento franciscano; y no aceptó el renaciente aristotelismo, sino que rechazó con energía la mortalidad del alma, la eternidad del mundo, la creatividad de la criatura y la negación de la Providencia, contraponiéndose así a todo lo esencial de los errores de los Gentiles […] Y más tarde no se acomodó al subjetivismo luterano subjetivizando la Escritura y la religión, sino reformando, es decir, dando nueva forma, a su principio de autoridad. Finalmente, no se amilanó ante la tempestad racionalista y cientificista del siglo XIX diluyendo o cercenando el dato de fe, sino que, al contrario, condenó el principio de la independencia de la razón. Tampoco acogió el impulso subjetivista renacido en el modernismo, antes bien lo contuvo y lo castigó”.
Hoy, por el contrario, concluye el mismo filósofo y teólogo citando un texto publicado en “L’Osservatore Romano” (25 julio 1974) la Iglesia contemporánea “va buscando algunos puntos de convergencia entre el pensamiento de la Iglesia y la mentalidad característica de nuestro tiempo”.
El conflicto que San Benito y sus hijos espirituales resolvieron satisfactoriamente radica en no traicionar a la verdad bajo el señuelo de una caridad que deja de serlo si se falta a la primera porque el servicio de veracidad propio de la Iglesia radica en su misión de caridad hacia el género humano.
Durante siglos, los benedictinos se acercaron a la humanidad no para secundar su movimiento sino para invertirlo, para reconducirlo hacia Dios. No parece tan seguro que el actual discurso oficialmente católico sea capaz de alcanzar este objetivo cuando se instala en el fin último propio de la visión antropológica y humanista: el triunfo y endiosamiento del hombre.
Omnipotens sempiterne Deus, qui hodierna die carnis eductum ergastulo sanctissimun Confessorem tuum Benedictum sublevasti ad caelum: concede quaesumus, haec festa tuis famulis celebrantibus cunctorum veniam delictorum; ut qui exultantibus animis eius claritati congaudent, ipso apud te interveniente, consocientur et meritis.    Per Dominum nostrum Jesum Christum, filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum.


NOTA:En el rito romano tradicional se celebra la fiesta de San Benito Abad el 21 de marzo, día de su muerte y entrada al cielo (así como en otros monasterios benedictinos). En el Novus Ordo fue fijada el 11 de julio, día que recuerda la Traslación de las reliquias de San Benito desde Montecassino hasta el monasterio de Fleury, en Francia.
Padre Ángel David Martín Rubio
Fuente: Tradición Digital

lunes, 3 de marzo de 2014

Monasterio en México


MONASTERIO DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES

Una Voce México informa que gracias a los buenos oficios de don Arturo Gamarra, y a la amabilidad del reverendo padre Dom Evagrio Póntico López, OSB, todos los domingos a las 16.00 horas, habrá Misa Tridentina en el Monasterio Benedictino de Nuestra Señora de los Ángeles, en Ahuatepec, Cuernavaca, Morelos.

Cuernavaca, se convierte así en la quinta ciudad mexicana (Monterrey, Tijuana, Guadalajara y Morelia) que tiene la gracia de contar con la misa tradicional todos los domingos, según el espíritu del motu proprio Summorum Pontificum.


Vía Cuernavaca-Tepoztlán Km 4
Ahuatepec, Morelos
Cuernavaca Morelos C.P. 62131
http://unavocemx.org/misa-tradicional-en-cuernavaca/

Fuente: Acción Litúrgica







  















viernes, 14 de febrero de 2014

La lengua de la Iglesia (y II)

Bastaría con estudiar un poco la historia de la Iglesia para comprobar la importancia de  la lengua latina, pero queremos mostrar cómo recientemente los textos del Cuerpo Místico confirman el recto uso que hacen las comunidades tradicionales al emplear el latín, a pesar de la reformas para introducir más abundantemente la lengua vernácula.



Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II:

“Procúrese, sin embargo, que los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde”. SC nº 54

“De acuerdo con la tradición secular del rito latino, en el Oficio divino se ha de conservar para los clérigos la lengua latina”. SC nº 101

“La Iglesia reconoce el canto gregoriano como el propio de la liturgia romana; en igualdad de circunstancias, por tanto, hay que darle el primer lugar en las acciones litúrgicas”. SC  nº 116

“Se conservará el uso de la lengua Latina en los Ritos Latinos, salvo derecho particular”. SC nº 36

El Magisterio pontificio posterior al Concilio Vaticano II no ha dejado de recomendar que se estudie y utilice el latín:

 De manera que esta lengua "florezca aún más y sea cada vez más apreciada"(Paulo VI. Discurso, 10-XI-1973.). El Papa Pablo VI la definió como "ri­quísimo tesoro de piedad, y ropaje celestial”;
Juan Pablo II, en la Carta Dominicae cenae, sobre la celebración de la Eucaristía, ha recordado que la Iglesia romana "tiene particula­res obligaciones para conservar, fomentar el latín" (Juan Pablo II, Carta Dominicae cenae. 24-II-1980, n. 10).

Benedicto XVI en su Exhortación Sacramentum Caritatis nº 62 ha pedido que “para expresar mejor la unidad y universalidad de la Iglesia, quisiera recomendar lo que ha sugerido el Sínodo de los Obispos, en sintonía con las normas del Concilio Vaticano II (Const. Sacrosanctum Concilium 36, 54) exceptuadas las lecturas, la homilía y la oración de los fieles; sería bueno que dichas celebraciones fueran en latín; también se podrían rezar en latín las oraciones más conocidas de la tradición de la Iglesia y, eventualmente, utilizar cantos gregorianos. Más en general, pido que los futuros sacerdotes, desde el tiempo del seminario, se preparen para comprender y celebrar la santa Misa en latín, además de utilizar textos latinos y cantar en gregoriano; se procurará que los mismos fieles conozcan las oraciones más comunes en latín y que canten en gregoriano algunas partes de la liturgia".

“Siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín”. Instrucción Redemptionis Sacramentum nº 112

 “La lengua latina siempre se ha tenido en altísima consideración por parte de la Iglesia católica y los Romanos Pontífices, quienes han promovido asiduamente su conocimiento y difusión, habiendo hecho de ella la propia lengua, capaz de transmitir universalmente el mensaje del Evangelio, como ya afirmaba autorizadamente la Constitución apostólica Veterum sapientia de mi predecesor, el beato Juan XXIII”. Benedicto XVI, Motu proprio Latina Lingua.

De la Constitución Apostólica Veterum Sapientia (Sobre la promoción del estudio del latín) 22 de febrero de 1962:

La lengua latina es por su naturaleza perfectamente adecuada para promover cualquier forma de cultura en cualquier pueblo: no suscita celos, se muestra imparcial con todos, no es privilegio de nadie y es bien aceptada por todos. Y no cabe olvidar que la lengua latina tiene una conformación propia, noble y característica: un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y de dignidad que conviene de modo singular a la claridad y a la gravedad. VS 3
Por lo tanto, el pleno conocimiento y el fácil uso de esta lengua, tan íntimamente ligada a la vida de la Iglesia, interesan más a la religión que a la cultura y a las letras. VS 4

“la Iglesia, al abrazar en su seno a todas las naciones y al estar destinada a durar hasta la consumación de los siglos, exige por su misma naturaleza una lengua universal, inmutable, no popular” Pio XI
Por último, como la Iglesia católica posee una dignidad que sobrepasa todas las sociedades humanas, pues ha sido fundada por Cristo el Señor, conviene que use una lengua no vulgar, sino una llena de nobleza y majestad. VS 7

Además, la lengua latina, a la que podemos verdaderamente llamar católica por estar consagrada por el constante uso que de ella ha hecho la Sede Apostólica, madre y maestra de todas las Iglesias, debe considerarse un tesoro … de valor incomparable, una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas transmitidas por la tradición y con los documentos de la enseñanza de la Iglesia; y, en fin, un vínculo eficacísimo que une en admirable e inalterable continuidad a la Iglesia de hoy con la de ayer y de mañana. VS 8

Hemos decidido proveer con normas oportunas, enunciadas en este solemne documento para que el antiguo e ininterrumpido uso de la lengua latina sea mantenido y donde hubiera caído casi en abandono, sea absolutamente restablecido. VS 10

Velen [los obispos] igualmente con paternal solicitud para que ninguno de sus súbditos, por afán de novedad, escriba contra el uso de la lengua latina tanto en la enseñanza de las sagradas disciplinas como en los sagrados ritos de la Liturgia.
Nadie, en efecto, habrá de ser admitido al estudio de las disciplinas filosóficas o teológicas si antes no ha sido plenamente instruido en esta lengua y si no domina su uso.
Si en algún país el estudio de la lengua latina ha sufrido en algún modo disminuciones en daño de la verdadera y sólida formación, por haber las escuelas eclesiásticas asimilando los programas de estudio de las públicas, deseamos que allí se conceda de nuevo el tradicional lugar reservado a la enseñanza de esta lengua;

Las principales disciplinas sagradas, como se ha ordenado en varias ocasiones, deben ser enseñadas en latín, lengua que por el uso desde hace tantos siglos sabemos que es apropiadísima para explicar con facilidad y con claridad singular la íntima y profunda naturaleza de las cosas,[ porque a más de haberse enriquecido ya desde hace muchos siglos con vocablos propios y bien definidos en el sentido y por lo tanto adecuados para mantener íntegro el depósito de la fe católica

Que ninguna otra prescripción o concesión, incluso digna de mención especial, tenga ya vigor contra esta orden.