miércoles, 25 de diciembre de 2013

Oasis de San José


Nuevo Monasterio tradicional en Córdoba

El boletín del Oasis de Jesús Sacerdote nos trae una excelente noticia: la fundación de un nuevo monasterio tradicional de monjas de clausura, en Villaviciosa, Córdoba, España.

El nuevo monasterio, llamado Oasis de San José, ha sido fundado con cinco monjas del Oasis de Jesús Sacerdote, en Barcelona. Que llegaron a Villaviciosa el pasado 26 de noviembre. Una española, una mexicana, una colombiana, una argentina y una francesa. El padre fundador ofició la Santa Misa en la forma extraordinaria, en la ermita de Nuestra Señora de Villaviciosa y acto seguido las hermanas del Oasis subieron a la propiedad.





Fuente: Acción Litúrgica.


Un «Oasis» de contemplación

Son cinco religiosas y proceden de Argentina, Colombia, España, Francia y México. Desde el pasado mes de noviembre forman en Villaviciosa de Córdoba el germen de una nueva comunidad de clausura, dentro de una congregación muy joven llamada Oasis de Jesús Sacerdote. La superiora, procedente del primero de los países citados, se llama Madre Marcela y lo dice claramente: «Lo que nos unió fue la vocación contemplativa y la devoción a la misa tridentina, que es el carisma fundamental de nuestra congregación». Desde su llegada, se dedican a organizar la vida en comunidad y acondicionar la casa en donde viven, el monasterio de San José, y a trabajar la huerta de la que obtienen su sustento. «Más adelante, cuando la casa esté acondicionada, realizaremos algún trabajo manual para el exterior como nuestras hermanas de Barcelona, que se dedican a la costura», reconoce la superiora.
El Oasis de Jesús Sacerdote fue fundado en Barcelona por el padre Pedro Muñoz, que hoy tiene 86 años y sigue desplegando una enorme actividad espiritual: «La idea surgió en los años de la posguerra, ayudando a quienes querían estudiar en el Seminario después de la persecución religiosa de los años de la República», declara el fundador a ABC Córdoba. «Con el paso del tiempo —añade— se formó un grupo de chicas que querían rezar para que los sacerdotes sean santos y fieles a su vocación; ahora estamos esperando la confirmación, por parte de la Santa Sede, como congregación de Derecho Pontificio con clausura papal».
Pedro Muñoz se siente muy agradecido al obispo de Córdoba, Demetrio Fernández: «Le gustó —dice— la idea de que estableciésemos una comunidad en su diócesis y desde hace unos días tenemos su aprobación oficial». La misma sensación transmite la Madre Marcela: «Nos da mucha alegría tener el apoyo del obispo y de los sacerdotes, gracias a ellos estamos teniendo mucha ayuda de las parroquias de Villaviciosa, Espiel y otros pueblos de la zona».
Externamente su seña de identidad más acusada es el uso cotidiano de la liturgia tradicional, el hoy llamado «rito extraordinario». «Nosotras vemos en la misa tridentina el misterio profundo, una espiritualidad que nos llena», reconoce la superiora de la comunidad en Villaviciosa. Todos los días a las siete de la mañana, y los domingos a las diez y media, las hermanas oasistas asisten al santo sacrificio celebrado según el rito secular cuya validez e importancia volvió a recordar el Papa Benedicto XVI en 2007. (ABC de Córdoba)



domingo, 1 de diciembre de 2013

La lengua de la Iglesia (I)

LATINIDAD Y POPULARIDAD EN LA LITURGIA
Por Romano Amerio
El Concilio de Trento (ses. XXII, cap. 9) ordenó que en el curso de la Misa el sacerdote explicase al pueblo parte de las lecturas. Esto no sólo se hacía en la homilía, sino también y de modo muy abundante mediante los libros de piedad, difundidísimos hasta el Vaticano II, que facilitaban seguir las diversas partes de la Misa.


Llevaban oraciones apropiadas que a menudo parafraseaban los textos litúrgicos, e incluso viñetas reproduciendo del modo más evidente posible ante los ojos el aspecto del altar, los actos del celebrante, y la posición de los vasos y de los ornamentos. Naturalmente, siendo analfabeta gran parte del pueblo cristiano no se podía encontrar perfecta concordancia entre la devota disposición interior del vulgo y la secuencia de las ceremonias sagradas. Por otro lado, la universalidad (letrada o iletrada) de la asamblea conocía y reconocía los momentos más importantes y las articulaciones del rito, indicadas también por la campanilla.
 
De este modo no faltaba a los ritos sagrados la participación espiritual de los fieles. Y no solamente no faltaba, sino que faltó cada vez menos después de que en los años de la primera postguerra (en Italia por mérito de la Obra para la Realeza de Cristo) en todos los países europeos se difundieran los cuadernillos con el texto latino y la traducción al vulgar del Misal festivo.
Y conviene señalar que los misales que contenían el texto latino y yuxtapuesta la traducción en lengua moderna estuvieron en uso desde el siglo XVIIIy no sé si también antes. En la biblioteca de Manzoni en Brusuglio existe uno latín-francés impreso en París en 1778, y era utilizado por doña Giulia.
Suele objetarse que en el rito latino el pueblo estaba desvinculado de la acción de culto y faltaba esa participación activa y personal constituida en intención de la reforma. Pero contra dicha objeción milita el hecho de que la mentalidad popular estuvo durante siglos marcada por la liturgia, y el lenguaje del vulgo recogía del latín cantidad de locuciones, metáforas, y solecismos.
Quien lee esa vivísima pintura de la vida popular que es el Candelaio de Giordano Bruno se sorprende del conocimiento que los más bajos fondos tenían de las fórmulas y de los actos de los ritos sagrados: no siempre (es obvio) en la semántica legítima, y a menudo llevados a sentidos deformes, pero siempre atestiguando el influjo de los ritos sobre el ánimo popular.
Por el contrario, hoy tal influencia se ha apagado del todo y el lenguaje toma sus formas de otros campos, sobre todo del deporte.
El más importante fenómeno lingüístico por el cual quinientos millones de personas han cambiado su lenguaje de culto, no ha dejado hoy la más mínima sombra en el lenguaje popular.
LOS VALORES DE LA LATINIDAD EN LA IGLESIA. UNIVERSALIDAD


Por Romano Amerio
No queremos aquí retroceder hasta la Auctorem fidei de Pío VI, que reprobó la propuesta del Sínodo de Pistoya de realizar los ritos en lengua vernácula(DENZINGER, 1566). No nos extenderemos ni siquiera sobre la doctrina de Rosmini en las Cinque piaghe, cuando consideraba que el justo remedio a la desvinculación del pueblo de la acción sagrada no residía (como hoy erróneamente se le atribuye) en la abolición de la lengua latina, sino en el desarrollo de la instrucción vital del pueblo fiel.
Si decimos que el latín es connatural a la religión católica, ciertamente no nos referimos a una connaturalidad metafísica coincidente con la esencia de la cosa misma (como si el catolicismo no pudiese subsistir sin el latín), sino a una connaturalidad histórica: un hábito adquirido históricamente por una peculiar aptitud y conveniencia que el idioma latino tiene con la religión.
El catolicismo nació, por así decirlo, arameico; fue durante mucho tiempo griego; se hizo pronto latino, y el latín se le hizo connatural. De entre las muchas adaptaciones posibles de un lenguaje a la religión, la connaturalidad histórica es la que mejor responde a las propiedades de ésta, modelándose perfectamente sobre los caracteres de la Iglesia.
En primer lugar, la Iglesia es universal, pero su universalidad no es puramente geográfica ni consiste, como se dice en el nuevo Canon, en estar difundida por toda la tierra .
Dicha universalidad deriva de la vocación (están llamados todos los hombres) y de su nexo con Cristo, que ata y reúne en Sí a todo el género humano. La Iglesia ha educado a las nacionalidades de Europa y creado los alfabetos nacionales (eslavo, armenio), dando origen a los primeros textos escritos.
En consonancia con la acción civilizadora de los Estados europeos, ha educado a las nacionalidades de África. Sin embargo, no puede adoptar el idioma de un pueblo particular, perjudicando a los demás. A pesar de la disgregación postconciliar, a la Iglesia católica parece escapársele lo mucho que la unidad de la lengua aporta a la unidad de un cuerpo colectivo: no ocurre así con el Islam, que usa en sus ritos el paleoárabe incluso en los países no árabes; ni con los hebreos, que usan para la religión el paleohebraico; tampoco se les escapa a los Estados que han alcanzado después de la guerra su unidad nacional, pues ninguno de ellos ha adoptado como lengua oficial una de las lenguas nacionales, sino el inglés o el francés, lenguas de sus colonizadores y civilizadores .
En segundo lugar la Iglesia es sustancialmente inmutable, y por ello se expresa con una lengua en cierto modo inmutable, sustraída (relativamente y más que cualquier otra) a las alteraciones de las lenguas usuales: alteraciones tan rápidas que todos los idiomas hablados hoy tienen necesidad de glosarios para poder entender las obras literarias de sus primeros tiempos. La Iglesia tiene necesidad de una lengua que responda a su condición intemporal y esté privada de dimensión diacrónica.
Ahora bien, siendo imposible que una lengua de hombres escape al devenir, la Iglesia se acomoda a un lenguaje que elide cuanto es posible la evolución de la palabra. Hablo en términos prudentes porque, coincidiendo la diventabilidad con la vida de un idioma, sé bien que también el latín de la Iglesia va cambiando con el correr del tiempo. Incluso prescindiendo de la presente decadencia de la latinidad, tanto profana como eclesial, basta confrontar las encíclicas del siglo XIX con las de los últimos pontificados para advertir la diferencia.
INMUTABILIDAD RELATIVA. CARÁCTER SELECTO DEL IDIOMA LATINO
En tercer lugar la lengua de la Iglesia debe ser selecta y no vulgar, porque las cosas que intenta expresar son las cumbres del espíritu, más bien un ensayo de realidades sobrehumanas.
No es que la Iglesia desprecie el profanum vulgus al contrario, todo aquello que toca lo santifica, y el vulgo, los pobres y los simples son objeto precipuo de su cuidado.
Ella trata con perfecta paridad en sus sacramentos a príncipes y a plebe, y catequizó a los pueblos en sus dialectosSanto Tomás en Nápoles predicó en el vernáculo napolitano, Gerson en el de la Alvernia y los párrocos de Lombardía hasta final del siglo XIX en el del país.
Incluso fundó órdenes religiosas expresamente comprometidas en la instrucción de las capas populares, asemejándose a ellas incluso en la humildad del nombre (los Ignorantes).No es por desprecio del pueblo o altanería sobre los pueblos como pudo la religión tener el latín como lengua propia y connatural. La razón de la latinidad de la Iglesia es ciertamente aquélla, que ya tocamos en Iota Unum de la continuidad histórica, por la cual la religión acompaña el curso de las civilizaciones.
Pero la razón importante es la necesidad para la Iglesia de custodiar el dogma con una lengua que se mantenga fuera de las pasiones. Las pasiones, en una explicación completa (que abarca desde el orgullo hasta la facilidad para sacar conclusiones), son principio de fluctuación de las mentes, de alteraciones de la verdad y de divisiones entre los hombres. Y es ciertamente fútil el escándalo que se monta a veces sobre las sutiles diferencias entre una definición y otra, como si fuesen chanzas y menudencias de charlatanes
En conclusión, los caracteres del latín de la Iglesia se fundan en una suprahistoricidad que instaura, más que impide, la comunicación entre los hombres, del mismo modo que el elemento de la vida sobrenatural instaura, más que impide, la comunión de todos aquéllos que participan de la naturaleza humana. Lorenzo el Magnífico, discurriendo de las diversas excelencias de las lenguas, atribuye la universalidad del latín a la «prosperidad de la fortuna».
No hace falta creer con los medievales que, al igual que el Imperio, así la lengua de Roma haya estado establecida «por lugar santo / donde mora el que a Pedro ha sucedido» (Inf. II, 23-24). Se puede rechazar tal sentencia y no desconocer sin embargo la eminencia y el idiotropion de la latinidad de la Iglesia.
No conviene concluir este discurso sin recordar que el latín constituía hasta hace poco tiempo la más vasta κοιν del mundo de la cultura. Si espíritus de renuncia y de flaqueza no hubiesen frustrado la restauración ordenada por Juan XXIII, esta κοιν podría conservarse dentro de la Iglesia Católica en la enseñanza, en los ritos y en el gobierno. Mayor fuerza moral que la Iglesia mostraron esos gobiernos civiles de nuestra época que consiguieron imponer o persuadir a poblaciones enteras una lengua desconocida o extraña para ellos: así ocurrió en Israel, que hizo nuevo el antiguo idioma, en la República Popular China y en muchos Estados africanos.
Romano Amerio

Fuente: Iota Unum.