sábado, 14 de septiembre de 2013

14-septiembre: Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz

La fiesta que hoy celebramos tiene su origen en Jerusalén en los primeros siglos del Cristianismo. Según un antiguo testimonio, se comenzó a festejar en el aniversario del día en el que se encontró la Cruz de Nuestro Señor. Su celebración se extendió con gran rapidez por Oriente y poco más tarde a la Cristiandad entera. En Roma tuvo gran solemnidad la procesión que, antes de la Misa, para venerar la Cruz, se dirigía desde Santa María la Mayor a San Juan de Letrán.
A principios del siglo VII los persas saquearon Jerusalén, destruyeron muchas basílicas y se apoderaron de las sagradas reliquias de la Santa Cruz, que serían recuperadas pocos años más tarde por el emperador Heraclio. Cuenta una piadosa tradición que cuando el emperador, vestido con las insignias de la realeza, quiso llevar personalmente el Santo Madero hasta su primitivo lugar en el Calvario, su peso se fue haciendo más y más insoportable. Zacarías, Obispo de Jerusalén, le hizo ver que para llevar a cuestas la Santa Cruz debería despojarse de las insignias imperiales e imitar la pobreza y la humildad de Cristo, que se había abrazado a ella desprendido de todo. Heraclio vistió entonces unas humildes ropas de peregrino y, descalzo, pudo llevar la Santa Cruz hasta la cima del Gólgota (Francisco Fernández Carvajal)
 

+ Continuación del Santo Evangelio según San Juan (12, 31-36)

En aquel tiempo dijo Jesús a las turbas: Ahora es cuando va a ser juzgado este mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y yo, cuando sea levantado de la tierra, a todos los atraeré hacia mí”.
Decía esto indicando de qué muerte iba a morir. La gente le dijo: “Nosotros sabemos por la ley que el mesías permanece eternamente; ¿cómo dices tú que el hijo del hombre debe ser levantado en alto? ¿Quién es este hijo del hombre?”.
Jesús les contestó: “Por poco tiempo está aún la luz entre vosotros. Andad mientras tenéis luz, para que no os sorprendan las tinieblas; que quien camina en tinieblas no sabe adónde va. Mientras tenéis luz, creed en la luz, para ser hijos de la luz”.
Reflexión
Con motivo del Año Santo de 1900 el Sumo Pontífice León XIII reflexionaba sobre el misterio del Sacrificio Redentor de Cristo y sus consecuencias en la historia y en la actualidad.
La misión de la Iglesia
  • No debe olvidarse que «el defender y propagar en la tierra el reino del Hijo de Dios y el esforzarse a que los hombres se salven con la comunicación de los divinos beneficios, es precisamente misión de la Iglesia»
  • Sin embargo el mundo está sumido en un frenesí de maldad y apostasía. Ha arrojado de su seno a Jesucristo, único nombre en el cual podemos encontrar la salvación y esto es más que una desgracia -como sería el no llegar a conocerlo- que padecen muchos pueblos paganos. Es una oscura ceguedad de la mente, un crimen nefando del hombre moderno que rechaza un bien que ha heredado.
  • Por eso se preguntaba el Pontífice hace ya más de un siglo «¿Qué vida será la de los mortales que arrojen de sí a Jesús que es la virtud y la sabiduría de Dios? ¿Cuáles serán las costumbres, cuáles los excesos de aquellos hombres que están privados de la luz del Cristianismo?» Y hoy en día es posible comprobar los ominosos presentimientos de esta pregunta contemplando la situación de la humanidad.
La humanidad pudo salir del pecado por la pasión redentora de Cristo
  • Durante siglos la humanidad, caída por el pecado de nuestros primeros padres, aguardó con ansiedad al Mesías que la redimiera de la esclavitud. «… como llegase el tiempo de realizarse el divino decreto, el unigénito Hijo de Dios, hecho hombre, satisfizo ubérrima y cumplidamente con su sangre al Dios ofendido por los hombres, y reivindicó para si al género humano, a tanto precio redimido. No estáis redimidos por el oro y la plata corruptibles, sino por la preciosa sangre de Cristo, que es como la de un cordero inmaculado e inocente»
Resultados personales y sociales de la doctrina cristiana
  • El sacrificio redentor de Cristo devolvió al hombre su dignidad. «Entonces los deberes y los derechos, como era consiguiente, en parte fueron perfeccionados y en parte constituidos íntegramente, y a la vez, las virtudes se exaltaron hasta un punto que no lo pudo nunca sospechar siquiera ninguna filosofía; y de aquí que las ideas, las costumbres y la conducta de la vida tomaran otro rumbo, y cuando el conocimiento del Redentor hubo afluido copiosamente, y su virtud, que excluye la ignorancia y los antiguos vicios, se hubo fundido en las íntimas arterias de los pueblos, entonces se obtuvo aquella mudanza de cosas de las gentes que, adquirida por la humanidad cristiana, cambió radicalmente la faz de todo el orbe».


Todos podemos aprovechar estos frutos
  • Y Cristo se entregó voluntariamente para la redención de toda la humanidad. «Así, pues, por voluntad eterna de Dios, está en Jesucristo puesta toda salvación no solamente de algunos sino de todos los mortales» Pero no todos aprovechan los frutos de esa sangre derramada «pues aquellos que de Él se alejan asimismo por esto se condenan a su propia ruina, guiados por un cierto furor trayendo la desgracia no solo a sí sino también a otros, porque hace lo posible para que la sociedad humana, como arrebatada por gran ímpetu, caiga en aquellos grandes males e infortunios de que nos libró el Redentor por su misericordia y piedad».
La mortificación y la vida austera para llegar al Reino de Dios
  • Pero para alcanzar los bienes eternos que nos ha merecido la sangre redentora de Cristo hay que vencerse a sí mismos, porque «es necesario que el hombre cristiano se muestre sufrido y fuerte en sobrellevar esto que se le ha dado para su vida, si quiere conducirse bien». Y sujetarse en todo al mandato evangélico, a direrencia de los que «encumbran al hombre mortal sobre todas las cosas y proclaman que es preciso acatar en todo la humana razón y la naturaleza vana, mientras no pueden ni alcanzan a definir cuál sea este reinado».
El reinado Social de Cristo
  • «Debe, pues, en toda sociedad humana estar en vigor la ley de Cristo, de suerte que no tenga carácter privado solamente, sino público, y sea a la vez guía y maestra de toda norma de vida. Y porque esto ha sido dispuesto así y así decretado por Dios, a nadie es lícito el impugnarlo; y así mal proveerán los intereses y beneficios de los estados quienes pretendan establecer los cimientos de todo orden social fuera de un régimen genuinamente cristiano».
La verdad y el entendimiento
  • Para lo cual es necesario someter la inteligencia a la Verdad revelada, pues solo la verdad nos hará libres. Sin negar la capacidad de la razon natural para alcanzar amplios horizontes, sin embargo esta misma razón, voluntariamente apartada de la doctrina sobrenatural de Cristo, se vicia irremediablemente. «Muchísimas cosas hay en las que puede espaciarse libremente el ingenio humano, como en un campo ubérrimo y feracísimo, contemplando e investigando, y esto no sólo por concesión, sino hasta por exigencia de la naturaleza misma. Pero es ilícito y contra la razón natural no querer limitar los fueros de la mente humana, en sus ciertos y propios linderos, y, rechazando las leyes de la debida modestia, despreciar la autoridad del magisterio de Cristo». Contra esta tendencia a despreciar la autoridad de dicho magisterio ha de practicarse el remedio eficaz de la humildad, a fin de vencer la ceguera del entendimiento infatuado y acceder suavemente a los misterios de la fe, guiados por el Espíritu Santo.
Predicar los derechos de Dios
  • «De lo que se ha llamado derechos del hombre demasiadas cosas ha oído el pueblo; oiga alguna vez por fin, algo de los derechos de Dios. Que éste sea el tiempo más oportuno para ello lo indican el amor de muchos a las cosas de piedad recientemente despertado, como dijimos, y de un modo particular la devoción tan manifiesta a la persona del Redentor que hemos de legar, Dios mediante, al siglo venidero en prenda de mejores días. Pero como se trata de una cosa que no hay que esperar de otra parte a no ser de la gracia divina, unidos en afán y caridad instemos con súplicas fervientes a la misericordia del Todopoderoso, a fin de que no permita que perezcan aquellos a quienes libró con su preciosa sangre derramada, que mire propicio a la generación presente que mucho ciertamente delinquió, pero mucho también a su vez ha sufrido y muy ásperamente en expiación de su delito y que abrazando con benignidad a todos los hombres y pueblos, se acuerde de aquellas palabras suyas: Yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré todas las cosas a Mí».
Fuente: Tradición Digital.

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