viernes, 1 de marzo de 2013

El equilibrio de la ortodoxia




"Es cierto que la Iglesia dijo a algunos hombres que lucharan y a otros que no lucharan, y es cierto que aquellos que lucharon fueron como rayos, y aquellos que no lucharon fueron como estatuas. [...] Y algunas veces esta mansedumbre pura y aquella también pura fiereza se encontraron y justificaron su alianza; se cumplía la paradoja de todos los profetas, y en el alma de San Luis, el león yacía junto al cordero. Pero hay que recordar que este texto se interpretó con demasiada ligereza. Constantemente aseguran, especialmente las tendencias tolstoyanas, que cuando el león reposa junto al cordero, se vuelve como un cordero. Pero esto es una brutal anexión e imperialismo por parte del cordero. Es simplemente el cordero absorbiendo al león en vez de ser el león comiéndose al cordero. El verdadero problema es: ¿puede el león descansar junto al cordero y conservar no obstante su soberana ferocidad? Éste es el problema que afrontó la Iglesia; éste es el milagro que consiguió.

Santo Tomás Becket
[...] Éste era el gran hecho de la ética cristiana: el descubrimiento de un nuevo equilibrio. El paganismo había sido como un pilar de mármol, recto porque tenía simetría en sus proporciones. El cristianismo era como una roca inmensa, irregular y romántica que, no obstante oscilar sobre su pedestal al menor contacto, por sus mismas exageradas excrecencias que se equilibran exactamente entre sí, queda entronizada en su lugar por mil años. En una catedral gótica, todas las columnas eran diferentes, pero todas eran necesarias. Cada soporte parecía un soporte accidental y fantástico; cada arbotante flotaba en el aire. Así, en la Cristiandad, los accidentes aparentes se equilibraban. Becket llevaba un cilicio debajo de sus ropajes de color dorado y carmesí, y es una combinación digna de ser tenida en consideración; porque Becket sacaba partido al cilicio mientras que la gente de la calle sacaba partido al dorado y carmesí. Al menos es mejor que el proceder de los millonarios modernos, que llevan negro y gris en el exterior para los demás, y guardan el oro cerca de su corazón. Pero el equilibrio no siempre estaba en el cuerpo de un hombre, como en el de Becket; el equilibrio frecuentemente estaba distribuido sobre todo el cuerpo de la Cristiandad. [...] Esto es lo que hace que la Cristiandad sea mucho más sorprendente y al mismo tiempo más interesante que el imperio pagano; tal como la catedral de Amiens no es mejor, pero sí más interesante, que el Partenón. [...]

Finalmente -y aquí está lo más importante- es precisamente esto lo que explica aquello que resulta tan inexplicable para todos los críticos modernos de la historia del cristianismo. Me refiero a las monstruosas guerras que surgen en torno de pequeños puntos de teología, los terremotos de emoción alrededor de un gesto o una palabra. Sólo era cuestión de una pulgada, pero una pulgada lo es todo cuando se está conservando el equilibrio. En ciertas cosas, la Iglesia no podía desviarse ni por un pelo si es que había de continuar su grandioso y atrevido experimento del equilibrio irregular. Si dejaba que una idea se hiciera menos poderosa, a su vez otra idea se haría demasiado poderosa. Lo que conducía el pastor cristiano no era un rebaño de ovejas, sino una manada de toros y de tigres, de ideales terribles y devoradoras doctrinas, cada una de ellas bastante fuerte como para convertirse en una religión falsa y arrasar el mundo. [...] El menor error introducido en la doctrina causaría inmensos trastornos en la felicidad humana. Una frase mal redactada sobre la naturaleza del simbolismo habría destruido las mejores estatuas de Europa. Un desliz en las definiciones y se detendrían todas las danzas, se marchitarían todos los árboles de Navidad y se romperían todos los huevos de Pascua. Las doctrinas debían ser definidas dentro de límites estrictos a fin de que el hombre pudiera gozar de las libertades humanas más generales. La Iglesia tenía que ser vigilante, aunque sólo fuera para que el mundo pudiera ser descuidado. 

Iconoclastia protestante


Ésta es la apasionante aventura de la ortodoxia. La gente ha caído en la costumbre tonta de hablar de la ortodoxia como de algo pesado, monótono y seguro. Y nunca hubo nada tan peligroso y fascinante como la ortodoxia. Era la cordura: y estar cuerdo es más dramático que estar loco. Era el equilibrio de un hombre conduciendo caballos desbocados, que parecía tumbarse aquí y desviarse allí, y no obstante, en cada posición conservaba la gracia estatuaria y la precisión aritmética. En sus primeros días, la Iglesia fue fiera y veloz detrás de cualquier corcel de guerra; sin embargo, es completamente antihistórico decir que se volviera loca en torno de una sola idea, como un vulgar fanaticismo. Se inclinó hacia la derecha y hacia la izquierda para sortear obstáculos enormes. A un lado dejó la mole inmensa del arrianismo, que apoyado por las fuerzas mundanas quería hacer demasiado mundano el cristianismo. Acto seguido se desviaba otra vez para evitar un orientalismo que lo hubiera dejado demasiado  poco mundano. La Iglesia ortodoxa nunca siguió la misma táctica ni aceptó las convenciones: la Iglesia ortodoxa nunca fue respetable. Habría sido mucho más fácil aceptar el poder terrenal de los arrianos. En el calvinista siglo XVII, habría sido mucho más fácil dejarse caer en el pozo sin fondo de la predestinación. Es fácil ser un loco: es fácil ser un hereje. Siempre es fácil dejar que el mundo se salga con la suya; lo difícil es mantener la cordura. Siempre es fácil ser un modernista, tan fácil como ser un snob. Ciertamente habría sido fácil caer en cualquiera de esas trampas del error y la exageración, que, moda tras moda y secta tras secta, fueron apareciendo en el camino histórico de la Cristiandad. Siempre es fácil caer: se cae en una infinidad de ángulos, y sólo en uno se está de pie. Haber caído en cualquiera de las modas pasajeras, desde el gnosticismo a la ciencia cristiana, ciertamente habría sido la opción obvia y dócil. Pero haberlas evitado todas ha sido una aventura vertiginosa. Y en mi visión veo a la carroza celestial que vuela tronando a través de las edades, veo a las aburridas herejías postradas, revolcándose, y veo a la salvaje verdad tambaleándose, pero erguida."

-G.K. Chesterton, Ortodoxia

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