sábado, 5 de mayo de 2018


La Herejía Antilitúrgica II


Las reformas de Pío XII



Pío XII no consideraba de extrema gravedad el problema litúrgico que oponía a los obispos alemanes: “Tenemos una extraña impresión”, escribía a Mons. Gröber, “como si fuera del tiempo y del mundo, la cuestión litúrgica se presentara como el problema del momento” (Carta de Pío XII a Mons. Gröber del 22 de agosto de 1943, citada por R. Graham, op. cit., pág. 549). Si con estas palabras Pío XII desaprobaba a los representantes del Movimiento Litúrgico, no dejaba de minimizar el peligro.

Los innovadores pudieron así infiltrar su caballo de Troya en la Iglesia, haciéndolo pasar por la puerta, dejada casi sin defensa, de la Liturgia, y aprovechando la poca atención del Papa Pacelli en la materia. Fueron apoyados por personas del entorno del Pontífice, como su propio confesor, Agustín Bea S.J., futuro Cardenal y defensor declarado del Ecumenismo.

Es esclarecedor el siguiente testimonio de Mons. Bugnini:

La Comisión (para la reforma de la Liturgia, creada en 1948) gozaba de la plena confianza del Papa, informado por Mons. Montini, e inclusive semanalmente, por el P. Bea, confesor de Pío XII. Por esta vía se pudieron registrar notables resultados, incluso en los períodos en que la enfermedad del Papa impedía que cualquiera se le acercara (op. cit., pág. 22).
El Padre Bea estuvo en el origen de la primera reforma litúrgica de Pío XII, a saber, la nueva traducción litúrgica de los Salmos, que reemplazó a la Vulgata de San Jerónimo, tan odiada por los protestantes por ser la traducción oficial de la Sagrada Escritura en la Iglesia declarada “auténtica” por el Concilio de Trento.

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Los monjes de Taizé con el cardenal Bea y el Papa Juan XXIII

A esta reforma (Motu proprio “In cotidianis precibus”, del 24 de marzo de 1945) cuyo uso era, al menos en teoría, facultativo y que tuvo poco éxito, hicieron seguir otras reformas más durables y también más graves:
  • 18 de marzo de 1948: Constitución, con Annibale Bugnini como secretario, de una “Pontificia Comisión para la Reforma de la Liturgia” (que se parece, hasta en el nombre, al “Consilium ad exequendam constitutionem de Sacra Liturgia” instituido por Pablo VI en 1964 y que engendrará la “Nueva Misa”);
  • 6 de enero de 1953: Constitución Apostólica “Christus Dominus” sobre la reforma del ayuno eucarístico;
  • 23 de marzo de 1955: Decreto “Cum hac nostra ætate”, reforma (no publicada en las Acta Apostolicæ Sedis y no impresa en los libros litúrgicos) de las rúbricas del Misal y del Breviario;
  • 19 de noviembre de 1955: Decreto “Maxima Redemptionis”, introduciendo el nuevo rito de Semana Santa, ya inaugurado en lo que respecta al Sábado Santo, “ad experimentum”, en 1951.
  •  
Consagraremos el capítulo siguiente a la reforma de la Semana Santa; por el momento, ¿qué pensar de la reforma de las Rúbricas y del Misal, realizada el mismo año por Pío XII?
Como éstas fueron declaradas facultativas, se tiende a olvidarlas; sin embargo, fueron una etapa considerable de la Reforma Litúrgica. Absorbidas y aumentadas por la Reforma de Juan XXIII, serán examinadas en detalle con las del sucesor.

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Por ahora, es suficiente decir que la Reforma de 1955 tendía a abreviar el Oficio Divino y a disminuir el culto de los Santos: todas las fiestas de rito semidoble y simple se volvieron simples memorias, en Cuaresma y Pasión la elección entre el oficio de un Santo y el de la feria se volvía libre, se disminuyó el número de vigilias y octavas, reduciéndolas a tres.
Suprimidos los “Pater, Ave et Credo” a recitar antes de las horas litúrgicas, la antífona final de la Santísima Virgen también fue suprimida (salvo la de Completas), igualmente el símbolo de San Atanasio (fuera de una vez al año).

Bonneterre, en su obra citada, aunque reconoce que las reformas del fin del pontificado de Pío XII son “las primeras etapas de la autodemolición de la Liturgia Romana” (no vemos cómo la Liturgia puede “autodemolerse”, n.d.r.), trata de garantizar su perfecta legitimidad a causa de la “santidad” de quien las promulgó.

Pío XII -escribe- emprendió entonces, con total pureza de intención, reformas exigidas por las necesidades de las almas, sin darse cuenta -y no lo podía- que quebrantaba la Liturgia y la disciplina en uno de los períodos más críticos de su historia y, sobre todo, sin ver que ponía en práctica el programa del ‘Movimiento Litúrgico’ desviado (págs. 105, 106, 111)
Jean Crété comenta:

El Padre Bonneterre reconoce que este decreto marca el comienzo de la subversión de la liturgia, pero trata de excusar a Pío XII diciendo que, en la época, nadie, fuera de los hombres del partido subversivo, podía darse cuenta de esto.
Por el contrario, puedo aportar sobre el punto un testimonio categórico.
Me di cuenta muy bien de que este decreto no era sino el comienzo de una subversión total de la liturgia; y no fui el único.

Todos los verdaderos liturgistas, todos los sacerdotes apegados a la Tradición estaban consternados. La Congregación de Ritos no era en absoluto favorable a este decreto, obra de una comisión especial. Cuando, cinco semanas más tarde, Pío XII anuncia la introducción de la fiesta de San José Artesano, la oposición se manifiesta abiertamente: durante más de un año, la Congregación de Ritos rehúsa componer el oficio y la misa de la nueva fiesta.
Fueron necesarias varias intervenciones del Papa para que la Congregación de Ritos se resigne, de mala gana, a publicar, a fines de 1956, un oficio tan mal compuesto que uno se pregunta si no fue saboteado deliberadamente.

Y fue solamente en 1960 que fueron compuestas las melodías (que son modelos de mal gusto) del oficio y de la misa. Traemos este episodio poco conocido para dar una idea de las fuertes reacciones suscitadas por las primeras reformas litúrgicas de Pío XII.
(Crété, op. cit., pág. 133)

El nuevo rito de Semana Santa



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La renovación (litúrgica) mostró claramente que las fórmulas del Misal Romano debían ser revisadas y enriquecidas. La renovación ha sido iniciada por el mismo Pío XII con la restauración de la Vigilia Pascual y del Ordo de Semana Santa, que constituye la primera etapa de la adaptación del misal romano a las necesidades de nuestra época.
Estas son las propias palabras de Pablo VI en la “promulgación” del nuevo misal (Const. Apost. “Missale Romanum”, del 3 de abril de 1969).
De manera análoga, pero viniendo de la otra orilla, esto escribe Mons. Gamber:
El primer pontífice en haber aportado un cambio verdadero y real en el Misal tradicional fue Pío XII, con la introducción de la nueva liturgia de Semana Santa.
Volver a poner la ceremonia del Sábado Santo en la noche de Pascua hubiera sido posible sin grandes modificaciones.

Juan XIII prosiguió la tarea con el nuevo código de rúbricas.
Por lo demás, en esa ocasión el Canon de la Misa permaneció intacto (casi, recordamos la introducción en el Canon del nombre de San José, querida por Juan XXIII durante el Concilio, contra la Tradición que quiere en el Canon únicamente nombres de Mártires, a unir con el Gran Mártir Jesús en Su Sacrificio, n.d.r.) y no fue para nada alterado, pero después de estos precedentes, es verdad que fueron abiertas las puertas a un ordenamiento de la Liturgia Romana radicalmente nuevo.
(op. cit., pág. 22)

El decreto “Maxima Redemptionis”, por el cual se introdujo en 1955 el nuevo rito, habla exclusivamente del cambio de horario de las ceremonias del Jueves, Viernes y Sábado Santos, con el fin de facilitar a los fieles la asistencia a los Ritos Sagrados, vueltos a poner en la tarde después de siglos; pero en ninguna parte del decreto hay la menor alusión al dramático cambio de textos y de las ceremonias mismas, operado gracias al nuevo rito y en nada justificado por ningún motivo pastoral!

En realidad, el nuevo rito de Semana Santa fue un ensayo general de la reforma, como lo testimonia el dominico modernista Chenu:
El Padre Duployé siguió todo esto con una lucidez apasionada. Recuerdo que me dijo una tarde: ‘Si conseguimos restaurar la vigilia pascual a su esplendor primitivo, el movimiento litúrgico habrá vencido; me doy diez años para eso’. Diez años después el asunto era un hecho.
(“Un teólogo en libertad, J. Dunquesne entrevista al P. Chenu”, Le Centurion, 1975; págs. 92-93)

De hecho, el nuevo rito de Semana Santa, al insertarse como un cuerpo extraño en el resto del Misal todavía tradicional, obedecía a los principios que reencontraremos en las reformas de Pablo VI de 1965.

Citemos algunos ejemplos:

-Pablo VI suprimirá en 1965 el último evangelio; en 1955 se lo suprime de la Semana Santa.
-Pablo VI suprimirá el Salmo “Judica me” con las oraciones al pie del altar; la Semana Santa de 1955 ya lo había anticipado.
-Pablo VI (siguiendo a Lutero) querrá la celebración de la Misa “cara al pueblo”; el Novus Ordo de Semana Santa comienza con la introducción de tal uso tanto como es posible (especialmente el Domingo de Ramos).
-Pablo VI quiere ver la disminución del papel del sacerdote, reemplazado de una punta a la otra por los ministros; ya en 1955 el celebrante no lee más las lecturas, epístolas y Evangelios (Pasión), que son cantados por los ministros y, aunque participa de la Misa, va a sentarse en un rincón, olvidado.
-Pablo VI, siempre en la Nueva “Misa” de 1969, bajo pretexto de restaurar el antiguo rito romano, suprime de la Misa todos los elementos de la liturgia “galicana” (anterior a Carlo-magno), siguiendo el desgraciado “arqueologismo” condenado por Pío XII. Así desapareció el ofertorio (con gran alegría de los protestantes), reemplazado por un rito talmúdico que nada tiene que ver con el antiguo rito romano.

Según el mismo principio, el nuevo rito de Semana Santa suprime todas las oraciones de bendición de los ramos (salvo una), la epístola, el ofertorio y el prefacio que la preceden; así como el Viernes Santo, la misa de presantificados.

Pablo VI, desafiando los anatemas del Concilio de Trento, suprime el Orden Sagrado del Subdiaconado; el nuevo rito de Semana Santa presenta a un Subdiácono cada vez más inútil, ya que lo reemplaza por el Diácono (al “levate” de las Oraciones del Viernes Santo) o por el coro y el celebrante (en la adoración de la Cruz).


¿Pablo VI quiso el ecumenismo? La nueva Semana Santa lo inaugura, llamando a la oración del Viernes Santo para la conversión de los herejes: “oración por la unidad de la Iglesia”, e introduciendo la genuflexión en la oración por los judíos que la Iglesia negaba en rechazo al deicidio perpetrado el Viernes Santo.
Los simbolismos medievales son suprimidos (apertura de la puerta de la iglesia al canto del “Gloria Laus”, por ejemplo), la lengua vernácula es introducida (promesas del Bautismo), el “Pater Noster” recitado por todos (Viernes Santo), las oraciones por el Imperio reemplazadas por otras por los que gobiernan la “cosa pública”, de sabor muy moderno.
En el Breviario se suprime el tan conmovedor “Miserere”, repetido en todas las horas. El “Exultet” Pascual es trastornado por la supresión de simbolismo de sus palabras; también el Sábado Santo, ocho lecturas de doce son suprimidas.
El canto de la Pasión, tan emocionante, sufre gravísimas censuras: desaparece hasta la Última Cena, en la que Jesús, ya traicionado, celebró por primera vez en la historia el Sacrificio de la Misa.

El Viernes Santo se administra la comunión, contrariamente a la tradición de la Iglesia y a la condena de San Pío X para quienes pretendieran instaurar tal uso (Decreto “Sacra Tridentina Synodus”, de 1905).

Además, todas las rúbricas del nuevo rito de 1955 insisten continuamente en la “participación” de los fieles, por una parte, mientras que por la otra, censuran como abusos muchas devociones populares (tan caras a los fieles) que acompañan la Semana Santa.
Aunque sintético, este examen de la reforma de la Semana Santa permite al lector -al menos así lo creemos- darse cuenta de la manera en que los “expertos” que fabricaron 14 años después la Nueva “Misa” hubieron de utilizar -y aprovechar- la Semana Santa, para realizar en ella -como “in corpore vili”- sus experimentos litúrgicos, que más tarde iban a aplicar a toda la liturgia.


miércoles, 14 de febrero de 2018

De la misa evangélica de Lutero al nuevo Ordo Missæ

Conferencia dada por Mons. Marcel Lefebvre en Florencia (Italia) el 15 de febrero de 1975. Transcrita en el capítulo II del libro «La Nueva Iglesia», escrito por él mismo.

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Monseñor Marcel Lefebvre en Lille (1976)


Señoras, señores:
Hablaré esta noche de la misa evangélica de Lutero y de las sorprendentes semejanzas del nuevo rito de la misa con las innovaciones rituales de Lutero.
¿Por qué estas consideraciones? Porque la idea de ecumenismo que presidió la Reforma litúrgica, según expresó el propio Presidente de la comisión, nos invita a ello, porque si se probara que esta filiación del nuevo rito existe realmente, el problema teológico, es decir el problema de la fe, no puede dejar de ser planteado según el adagio bien conocido “Lex orándi, lex credéndi”.
Ahora bien, los documentos históricos de la Reforma litúrgica de Lutero son muy instructivos para aclarar la Reforma actual. Para comprender bien cuáles fueron los objetivos de Lutero en esas Reformas litúrgicas, debemos recordar brevemente la doc*trina de la Iglesia sobre el sacerdocio y el Santo Sacrificio de la Misa.
El Concilio de Trento, en su Sesión XXII, nos enseña que Nuestro Señor Jesucristo, al no querer poner fin a su sacerdocio con su muerte, instituyó en la última Cena un sacrificio visible destinado a aplicar la virtud salutífera de su Redención a los pecados que cometemos todos los días. Con este fin estableció a sus Apóstoles como sacerdotes del Nuevo Testamento, a ellos y a sus sucesores, instituyendo el sacramento del Orden que marca con un carácter sagrado e indeleble a esos sacerdotes de la Nueva Alianza. Ese sacrificio visible se realiza sobre nuestros altares por una acción sacrificial por la cual Nuestro Señor realmente presente bajo las especies del pan y del vino se ofrece como víctima a su Padre. Y es por la manducación de esta Víctima como nosotros comulgamos con la carne y la sangre de Nuestro Señor, ofreciéndonos nosotros también en unión con Él.
Así pues la Iglesia nos enseña que:

El sacerdocio de los sacerdotes es esencialmente diferente del de los fieles, que no tienen sacerdocio, sino que forman parte de una Iglesia que necesita absolutamente un sacerdocio. A ese sacerdocio le es sumamente conveniente el celibato y una distinción externa respecto de los fieles, como es el hábito sacerdotal. El acto esencial del culto realizado por ese sacerdocio es el Santo Sacrificio de la Misa, diferente del sacrificio de la Cruz únicamente por el hecho de que éste es cruento y el otro incruento. Se realiza por un acto sacrificial realizado por las palabras de la Consagración y no por un simple relato memorial de la Pasión o de la Cena. Es por este acto sublime y misterioso que se aplican los beneficios de la Redención a cada una de nuestras almas y a las almas del Purgatorio. Y esto está admirablemente expresado en el Ofertorio.

La Presencia real de la Víctima es pues necesaria y se opera por el cambio de la sustancia del pan y del vino en la sustancia del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor. Se debe pues adorar a la Eucaristía y tener por ella un inmenso respeto: por eso, la tradición de reservar a los sacerdotes el cuidado de la Eucaristía. La Misa del sacerdote solo, en la cual sólo él comulga, es pues un acto público, sacrificio del mismo valor como todo sacrificio de la Misa y soberanamente útil para el sacerdote y para todas las almas. La Misa privada es entonces muy recomendada y deseada por la Iglesia. Son estos principios los que están en el origen de las oraciones, de los cánticos, de los ritos que hicieron de la Misa latina una verdadera joya, cuya piedra preciosa es el Canon. No se puede leer sin emoción lo que dice al respecto el Concilio de Trento:

“Como conviene tratar santamente las cosas santas y que este Sacrificio es la más santa de todas, para que fuera ofrecido y recibido digna y respetuosamente, la Iglesia Católica ha instituido desde hace muchos siglos, el Sagrado Canon, tan puro de todo error que no hay nada en él que no respire una santidad y una piedad exterior y que no eleve a Dios la mente de los que ofrecen. Está en efecto compuesto de las propias palabras del Señor, de las tradiciones de los Apóstoles y de las piadosas instrucciones de los Santos Pontífices” (Sesión XXII, cap. 4).
Veamos ahora cómo Lutero realizó su Reforma, es decir su “Misa evangélica” como él mismo la llama, y con qué espíritu. Para esto, nos referiremos a una obra de León Christiani que data de 1910 y por lo tanto no sospechosa de estar influenciada por las reformas actuales. Esta obra tiene por título “Du luthéranisme au protestantisme” [Del luteranismo al protestantismo]. Nos interesa por las citas que nos proporciona de Lutero o de sus discípulos respecto de la Reforma litúrgica. Este estudio es muy instructivo, porque Lutero no vacila en manifestar el espíritu liberal que lo anima:
“Ante todo —escribe— suplico amablemente... a todos los que querrán examinar o seguir la presente ordenación del servicio divino, que no vean en ella una ley coactiva ni obliguen, por lo tanto, a ninguna conciencia. Que cada uno la adopte cuando, donde y como le plazca. Así lo quiere la libertad cristiana” (p. 314). “El culto se dirigía a Dios como un homenaje, en lo sucesivo se dirigirá al hombre para consolarlo e iluminarlo. El sacrificio ocupa*ba el primer lugar, el sermón va a suplantarlo” (p. 312).

¿Qué piensa Lutero del sacerdocio? En su obra sobre la misa privada, trata de demostrar que el sacerdocio católico es una invención del diablo. Para ello invoca ese principio en adelante fundamental:
“Lo que no está en la Escritura es un agregado de Satanás. Ahora bien, la Escritura no conoce el sacerdocio visible. No conoce más que a un sacerdote, a un Pontífice, uno solo: Cristo. Con Cristo somos todos sacerdotes El sacerdocio es a la vez único y universal. Qué locura la de querer acapararlo para unos pocos... Toda distinción jerárquica entre los cristianos es digna del Anticristo... ¡Ay, entonces, de los pretendidos sacerdotes!” (p. 269).

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En 1520, escribe su “Manifiesto a la Nobleza Cristiana de Alemania”, en la cual ataca a los “romanistas” y pide un concilio libre:
“La primera muralla levantada por los romanistas es la distinción entre clérigos y laicos. Se ha descubierto —dice— que el papa, los obispos, los sacerdotes, los monjes, componen el estado eclesiástico, mientras que los príncipes, los señores, los artesanos, los campesinos, forman el estado seglar. Es una pura invención y una mentira. Todos los cristianos son en realidad del estado eclesiástico, entre ellos no existe otra diferencia que la de la función... Si el papa o un obispo da la unción, tonsura, ordena, consagra, se viste distinto de los laicos, puede hacer embusteros o ídolos ungidos, pero no puede hacer un cristiano, ni un eclesiástico... todo lo que sale del bautismo puede jactarse de ser consagrado sacerdote, obispo y papa, por más que no convenga a todos ejercer esta función” (pp. 148-149).
De esta doctrina Lutero saca las consecuencias contra el hábito eclesiástico y contra el celibato. Él mismo y sus discípulos dan el ejemplo, abandonan el celibato y se casan. ¡Cuántos hechos que proceden de las Reformas del Vaticano II se asemejan a las conclusiones de Lutero!: el abandono del hábito religioso y eclesiástico, los numerosos casamientos de religiosos aceptados por la Santa Sede, o la ausencia de todo carácter distintivo entre el sacerdote y el laico. Este igualitarismo se manifestará en la atribución de funciones litúrgicas hasta ahora reservadas a los sacerdotes. La supresión de las órdenes menores (ostiariato, lectorado, exorcistado y acolitado) y del subdiaconado, el diaconado casado, contribuyen a la concepción puramente administrativa del sacerdote y a la negación del carácter sacerdotal; la ordenación es orientada hacia el servicio de la comunidad y ya no hacia el Sacrificio, que es lo único que justifica la concepción católica del sacerdocio. Los sacerdotes obreros, sindicalistas, o que buscan un empleo remunerado por el Estado, contribuyen también a hacer desaparecer toda distinción. Van más lejos que Lutero.

El segundo error doctrinal grave de Lutero será la consecuencia del primero y fundado sobre su primer principio: es la fe o confianza la que salva y no las obras, y es la negación del acto sacrificial que es esencialmente la Misa Católica. Para Lutero, la misa puede ser un sacrificio de alabanza, es decir un acto de alabanza, de acción de gracias, pero por cierto no un sacrificio expiatorio que renueva y aplica el sacrificio de la Cruz. Hablando de las “perversiones” del culto en los conventos decía:

“El elemento principal de su culto, la misa, supera toda impiedad y toda abominación, hacen de ella un sacrificio y una obra buena. Si no existiera otro motivo para colgar los hábitos, irse del convento y romper los votos, éste sería ampliamente suficiente” (p. 258).
La misa es para Lutero una “sinaxis”, una comunión. Ítem, la Eucaristía ha sido sometida —según él— a una triple y lamentable cautividad: se les ha quitado a los laicos el uso del Cáliz, se ha impuesto como un dogma la opinión “inventada” por los tomistas de la transustanciación, se ha hecho de la Misa un sacrificio. Lutero toca aquí un punto capital. No duda, sin embargo:

“Es pues un error evidente e impío —escribe— ofrecer o aplicar la misa por pecados, para satisfacer, por los difuntos… La misa es ofrecida por Dios al hombre y no por el hombre a Dios...”. “En cuanto a la Eucaristía, como debe ante todo excitar la fe, debería ser celebrada en lengua vulgar, a fin de que todos puedan comprender bien la grandeza de la promesa que se les recuerda” (p. 176).
Lutero sacará las consecuencias de esta herejía suprimiendo el ofertorio, que expresa claramente el objetivo propiciatorio y expiatorio del sacrificio. Suprimirá la mayor parte del Canon, guardará los textos esenciales, pero como relato de la Cena. A fin de estar más cerca de lo que se realizó en la Cena, agregará en la fórmula de consagración del pan “quod pro vobis tradétur”, suprimirá las palabras “mystérium fídei” y las palabras “pro multis”. Considerará como palabras esenciales del relato las que preceden a la consagración del pan y del vino y las frases que siguen. Estima que la misa es en primer lugar la liturgia de la Palabra; en segundo lugar, una comunión. Es imposible no quedar estupefacto cuando se comprueba que la nueva Reforma ha aplicado las mismas modificaciones y que en verdad los textos modernos puestos entre las manos de los fieles ya no hablan de sacrificio sino de la “liturgia de la Palabra”, del relato de la Cena y del reparto del pan o de la Eucaristía. El artículo VII de la instrucción que introduce el nuevo rito era significativo de una mentalidad ya protestante. La corrección que se hizo después no es de ninguna manera satisfactoria.La supresión del ara, la introducción de la mesa revestida de un solo mantel, el sacerdote de cara al pueblo, la hostia que permanece siempre sobre la patena y no sobre el corporal, la autorización de uso del pan ordinario, de vasos hechos de diversas materias hasta las menos nobles, y muchos otros detalles contribuyen a inculcar a los asistentes las nociones protestantes opuestas esencial y gravemente a la doctrina católica.
Nada es más necesario a la supervivencia de la Iglesia católica que el Santo Sacrificio de la Misa; ponerlo en la sombra equivale a conmover los fundamentos de la Iglesia. Toda la vida cristiana, religiosa y sacerdotal está fundada en la Cruz, en el Santo Sacrificio de la Cruz renovado en el altar.


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Lutero sacó como consecuencia la negación de la Transustanciación y de la Presencia real, tal como es enseñada por la Iglesia Católica. Para él, el pan permanece. Por consiguiente, como lo dice su discípulo Melanchton, quien se alza con vigor contra la adoración del Santo Sacramento:
“Cristo instituyó la Eucaristía como un recuerdo de su Pasión. Adorarla es una idolatría” (p. 262).

De ello se desprende la comunión en la mano y bajo las dos especies, negando de hecho la presencia del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor bajo cada una de las dos especies: es normal que la Eucaristía sea considerada como in*completa bajo una sola especie. Una vez más se puede evaluar la extraña similitud de la Reforma actual con la de Lutero: todas las nuevas autorizaciones concernientes al uso de la Eucaristía van en el sentido de un menor respeto, del olvido de la adoración: comunión en la mano y distribución por laicos, incluso por mujeres, reducción de las genuflexiones que han llevado a que muchos sacerdotes las supriman, uso del pan ordinario, de vasos ordinarios..., todas estas reformas contribuyen a la negación de la Presencia real tal como es enseñada en la Iglesia Católica.
No es posible dejar de llegar a la conclusión de que dado que los principios están íntimamente ligados a la práctica según el adagio “lex orándi, lex credéndi”, el hecho de imitar en la liturgia de la misa a la Reforma de Lutero conduce infaliblemente a adoptar poco a poco las ideas mismas de Lutero. La experiencia de los seis últimos años, desde la publicación del nuevo Ordo, lo prueba ampliamente. Las consecuencias de esta manera de actuar, supuestamente ecuménica, son catastróficas, en el campo de la fe por empezar, y sobre todo en la corrupción del sacerdocio y la disminución de las vocaciones, en la unidad de los católicos divididos en todos los ambientes sobre este asunto que los toca de tan cerca, en las relaciones con los protestantes y los ortodoxos.


La concepción de los protestantes sobre este asunto vital y esencial de la Iglesia (Sacerdocio-Sacrificio-Eucaristía) es totalmente opuesta a la de la Iglesia Católica. No por nada tuvo lugar el Concilio de Trento y todos los documentos del Magisterio que se refieren a él desde hace cuatro siglos. Es psicológica, pastoral, teológicamente imposible para los Católicos abandonar una liturgia que es verdaderamente la expresión y el sostén de su fe, para adoptar nuevos ritos, que han sido concebidos por herejes, sin poner su fe en el mayor de los peligros. No se puede imitar indefinidamente a los protestantes sin convertirse en uno de ellos. Cuántos fieles, cuántos jóvenes sacerdotes, cuántos obispos han perdido la fe desde la adopción de estas reformas. No se puede ir contra la naturaleza y la fe sin que éstas se venguen. Les resultará provechoso releer el relato de las primeras misas evangélicas y sus consecuencias para convencerse de este extraño parentesco entre las dos Reformas.
“En la noche del 24 al 25 de diciembre de 1521, la multitud invadió la iglesia parroquial... La ‘misa evangélica’ iba a comenzar. Andrés Karlstadt sube al pulpito, predica sobre la Eucaristía, presenta la comunión bajo las dos especies como obligatoria, y la confesión previa como inútil. La fe sola basta. Karlstadt se presenta en el altar en ropa seglar, recita el Confíteor, comienza la misa como siempre hasta el evangelio. El ofertorio, la elevación, en una palabra, todo lo que recuerda la idea de sacrificio es suprimido. Después de la consagración viene la comunión. Entre los asistentes muchos no se han confesado, muchos han comido y bebido y hasta tomado aguardiente. Se acercan como los demás. Karlstadt distribuye las hostias y presenta el cáliz. Los comulgantes toman el pan consagrado con la mano y beben a su antojo. Una de las hostias escapa y cae sobre la ropa de un asistente, un sacerdote la levanta. Otra cae a tierra, Karlstadt dice a los laicos que la recojan y como éstos se niegan por un gesto de respeto o de superstición, se contenta con decir ‘que quede donde está con tal de que no la pisen’. El mismo día, un sacerdote de los alrededores daba la comunión bajo las dos especies a unas cincuenta personas de las que sólo cinco se habían confesado. El resto había recibido la absolución en masa y como penitencia se les había recomendado sencillamente que no recayeran en el pecado. Al día siguiente (26 de diciembre), Karlstadt se desposaba con Anna de Mochau. Varios sacerdotes imitaron este ejemplo y se casaron.

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Andreas karlstadt
Durante este tiempo, Gabriel Zwilling, escapado de su convento, predicaba en Eilenburgo. Había dejado el hábito monástico y usaba barba. Vestido como laico echaba pestes contra la misa privada. En Año Nuevo distribuye la comunión bajo las dos especies. Las hostias eran distribuidas de mano a mano. Muchos se las pusieron en el bolsillo y se las llevaron. Al consumir la hostia, una mujer dejó caer al suelo algunos fragmentos. A nadie le importó. Los fieles tomaban ellos mismos el cáliz y bebían unos buenos tragos. El 29 de febrero de 1522, se casaba con Catalina Falki. Hubo entonces un verdadero contagio de casamientos de sacerdotes y de monjes. Los monasterios empezaron a vaciarse. Los monjes que se quedaron en los conventos arrasaron los altares a excepción de uno solo, quemaron las imágenes de los santos, incluso el óleo de los enfermos.
La mayor de las anarquías reinaba entre los sacerdotes. Cada uno decía ahora la misa a su manera. El Consejo, desbordado, resolvió fijar una liturgia nueva destinada a restablecer el orden consagrando las reformas. Ahí se regulaba la forma de decir la misa. Se conservaban el introito, el Gloria, la epístola, el evangelio y el Sanctus; seguía una predicación. Se suprimían el ofertorio y el canon. El sacerdote recitaría simplemente la institución de la Cena, diría en voz alta y en alemán las Palabras de la Consagración, y daría la comunión bajo las dos especies. El cántico del Agnus Dei de la comunión y del Benedicámus Dómino terminaba el servicio” (pp. 281-285).
Lutero se preocupa por crear nuevos cánticos. Busca a poetas y los encuentra no sin trabajo. Las fiestas de los santos desaparecen. Lutero maneja bien las transiciones. Conserva la mayor cantidad posible de las ceremonias antiguas. Se limita a cambiarles el sentido. La misa guarda en gran parte su aparato exterior. El pueblo encuentra en las iglesias el mismo decorado, los mismos ritos, con retoques hechos para gustarle, porque en lo sucesivo se dirigen a él mucho más que antes. Tiene conciencia de contar algo más dentro del culto. Toma en él una parte más activa por el canto y la oración en alta voz. Poco a poco el latín cede definitivamente su lugar al alemán. La consagración será cantada en alemán. Está concebida en estos términos:
“Nuestro Señor en la noche en que fue traicionado tomó pan, dio gracias, lo partió y lo presentó a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo que es dado por vosotros. Haced esto, todas las veces que lo hagáis, en memoria mía. De la misma manera tomó también el cáliz después de la cena y dijo: Tomad y bebed todos, esto es el cáliz, un nuevo testamento, de mi sangre que es derramada por vosotros y por la remisión de los pecados. Haced esto, todas las veces que beberéis de este cáliz, en memoria mía”. (p. 317).

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Así se encuentran agregadas las palabras “quod pro vobis tradétur” (que es dado por vosotros) y suprimidas “Mystérium fidei” (Misterio de fe) y “pro multis” (por muchos) en la consagración del vino. ¿Acaso estos relatos referentes a la misa evangélica no expresan los sentimientos que tenemos de la liturgia reformada desde el Concilio? Todos estos cambios en el nuevo rito son verdaderamente peligrosos, porque poco a poco, sobre todo para los sacerdotes jóvenes, que ya no tienen la idea del Sacrificio, de la presencia real, de la transustanciación, y para quienes todo esto ya no significa nada, esos jóvenes sacerdotes pierden la intención de hacer lo que hace la Iglesia y ya no dicen misas válidas.
Por supuesto, los sacerdotes de edad, cuando celebran según el nuevo rito, tienen todavía la fe de siempre. Han dicho la misa con el antiguo rito durante tantos años, conservan las mismas intenciones, es laudable creer que su misa es válida. Pero, en la medida en que esas intenciones se van, desaparecen, en tal medida, las misas ya no serán válidas. Se han querido acercar a los protestantes, pero son los católicos los que se han vuelto protestantes, y no los protestantes los que se hicieron católicos. Esto es evidente.
Cuando cinco cardenales y quince obispos fueron al “Concilio de los jóvenes” en Taizé, ¿cómo esos jóvenes podrían saber lo que es el catolicismo, lo que es el protestantismo? Algunos tomaron la Comunión con los protestantes, otros con los católicos. Cuando el cardenal Johannes Willebrands fue a Ginebra, declaró ante el Consejo Ecuménico de las Iglesias: “Debemos rehabilitar a Lutero”. ¡Lo dijo como enviado de la Santa Sede!


Vean la Confesión. ¿En qué se ha convertido el sacramento de la Penitencia con esta absolución colectiva? ¿Es acaso una manera pastoral decir a los fieles: “Les hemos dado la absolución colectiva, pueden comulgar, y cuando se les presente la ocasión, si tienen pecados graves, ¿se irán a confesar en el curso de los seis meses próximos o dentro de un año...”? ¿Quién puede decir que esta manera de actuar es pastoral? ¿Qué idea es posible hacerse del pecado grave con esto? El sacramento de la Confirmación está también en idéntica situación. Ahora una fórmula corriente es la que sigue: “Te signo con la Cruz y recibe el Espíritu Santo”. Deben precisar cuál es la gracia especial del Sacramento por el cual se da el Espíritu Santo. Si no se dicen estas palabras: “Ego te confírmo in nómine Patris...”, ¡no hay Sacramento! Así se lo dije a los cardenales que me dijeron “¡Usted da la Confirmación donde no tiene derecho a hacerlo!”: “Lo hago porque los fieles tienen miedo de que sus hijos no tengan la gracia de la Confirmación, porque dudan sobre la validez del Sacramento tal como es dado hoy en las iglesias. Entonces para tener por lo menos esa seguridad de tener verdaderamente la gracia, me piden que les dé la Confirmación. Lo hago porque me parece que no me puedo negar a quienes me piden la Confirmación válida, incluso aunque no sea lícito. Porque estamos en una época en la cual el derecho divino natural y sobrenatural prima sobre el derecho positivo eclesiástico cuando éste se opone a aquél en lugar de ser su canal”.
Estamos en una crisis extraordinaria. No podemos seguir esas reformas. ¿Dónde están los buenos frutos de esas reformas? ¡De veras me lo pregunto! La reforma litúrgica, la reforma de los seminarios, la reforma de las congregaciones religiosas. ¡Todos esos capítulos generales! ¿Adónde han llevado a esas pobres congregaciones ahora? ¡Todo se va...! ¡Ya no hay novicios, ya no hay vocaciones...! Así lo reconoció igualmente el cardenal-arzobispo de Cincinnati, Joseph Bernardin en el Sínodo de los obispos en Roma: “En nuestros países —representaba a todos los países anglófonos— ya no hay vocaciones porque ya no saben lo que es el sacerdote”. Debemos pues permanecer en la Tradición. Sólo la Tradición nos da verdaderamente la gracia, nos da verdaderamente la continuidad en la Iglesia. Si abandonamos la Tradición, contribuimos a la demolición de la Iglesia. También les dije a esos cardenales:
“¿No se dan cuenta de que en el Concilio el esquema de la libertad religiosa es un esquema contradictorio? En la primera parte del esquema se dice: “Nada ha cambiado en la Tradición” y en el interior de ese esquema, todo es contrario a la Tradición. Es contrario a lo que dijeron Gregorio XVI, Pío IX y León XIII”. ¡Entonces hay que elegir! O estamos de acuerdo con la libertad religiosa del Concilio y, por ende, estamos contra lo que han dicho esos papas, o bien estamos de acuerdo con esos papas y entonces ya no estamos de acuerdo con lo que se dice en el esquema sobre la libertad religiosa. Es imposible estar de acuerdo con los dos.

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Y agregué: “Escojo la Tradición, estoy con la Tradición y no con esas novedades que son el liberalismo. Nada menos que el liberalismo que fue condenado por todos los pontífices durante un siglo y medio. Ese liberalismo ha entrado en la Iglesia a través del Concilio: la libertad, la igualdad, la fraternidad”.
La libertad: la libertad religiosa; la fraternidad: el ecumenismo; la igualdad: la colegialidad. Y ésos son los tres principios del liberalismo, que proviene de los filósofos del siglo XVII, y desemboca en la Revolución Francesa. Son ésas las ideas que entraron en el Concilio mediante palabras equívocas. Y ahora vamos a la ruina, la ruina de la Iglesia, porque esas ideas son absolutamente contrarias a la naturaleza y contrarias a la fe. No hay igualdad entre nosotros, no hay una verdadera igualdad. El papa León XIII lo dijo abierta y claramente en su encíclica sobre la libertad. ¡Además la fraternidad! Si no hay un padre, ¿adónde iríamos a buscar la fraternidad? Si no hay Padre, no hay Dios, entonces, ¿cómo somos hermanos? ¿Cómo es posible ser hermanos sin un padre común? ¡Imposible! ¿Es preciso abrazar a todos los enemigos de la Iglesia: ¿a los comunistas, a los budistas y a todos los que están contra la Iglesia? ¿A los masones? Y ese decreto fechado hace una semana y que dice que ya no hay excomunión para un católico que entra en la masonería. ¿La que destruyó a Portugal? ¿La que estaba en Chile con Allende? Y ahora en Vietnam del Sur: hay que destruir a los Estados católicos. Austria durante la primera guerra mundial, Hungría, Polonia... ¡Los masones quieren la destrucción de los países católicos! ¿Qué será dentro de un año de España Italia, etcétera...? ¿Por qué la Iglesia abre los brazos a todas esas gentes que son enemigos de la Iglesia?
¡Ah! cuánto debemos rezar, rezar; asistimos a un asalto del demonio contra la Iglesia como nunca se vio. Tenemos que rezar a Nuestra Señora, a la bienaventurada Virgen María, que venga en nuestra ayuda, por*que verdaderamente no sabemos lo que sucederá mañana. ¡Es imposible que Dios acepte todas esas blasfemias, sacrilegios, hechos a Su gloria, a Su majestad! Pensemos en las leyes sobre el aborto, que vemos en tantos países, en el divorcio en Italia, toda esta ruina de la ley moral, ruina de la verdad. ¡Es difícil creer que todo esto pueda hacerse sin que un día Dios hable y castigue al mundo con terribles penas! Es por esto que debemos pedir a Dios su misericordia para nosotros y para nuestros hermanos; pero debemos luchar, combatir. Combatir para mantener la Tradición y no tener miedo. Mantener, por encima de todo, el rito de nuestra Santa Misa, porque ella es el fundamento de la Iglesia y de la civilización cristiana. Si ya no hubiera una verdadera misa en la Iglesia, la Iglesia desaparecería.
Debemos pues conservar ese rito, ese Sacrificio. Todas nuestras iglesias fueron construidas para esta Misa, no para otra misa; para el Sacrificio de la Misa, no para una Cena, ni para una Comida, ni para un Memorial, o para una Comunión, ¡no! ¡Para el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo que continúa sobre nuestros altares! ¡Es por ello que nuestros padres construyeron esas hermosas iglesias, no para una Cena, no para un memorial, no!


Cuento con las oraciones de ustedes para mis seminaristas, para hacer de mis seminaristas verdaderos sacerdotes, que tienen fe y que podrán así dar los verdaderos sacramentos, y el verdadero Santo Sacrificio de la Misa. 

Gracias.

domingo, 14 de enero de 2018


La Herejía Antilitúrgica I

de los Jansenistas a Juan XXIII (1668-1960)



Los tres siglos de gestación de las reformas conciliares



Por el Padre Francesco Ricossa



Abadía San Pedro de Solesmes


Importancia de la cuestión litúrgica


La Liturgia, considerada en general, es el conjunto de símbolos, cantos y actos por medio de los cuales la Iglesia expresa y manifiesta su religión para con Dios” (Dom Guéranger, “Instituciones Litúrgicas”).
Esta definición de la Sagrada Liturgia nos permite mensurar la importancia capital del culto público que la Iglesia tributa a Dios. En el Antiguo Testamento Dios mismo se hizo, por así decirlo, liturgista, precisando en los más pequeños detalles el culto que debían tributarle quienes lo honraran (cfr. Levítico y también Pío XII, “Mediator Dei”, 12).


Una tal importancia para un culto que no era más que la sombra (Hebreos, X, 1) de aquel sublime del Nuevo Testamento; el cual, por Voluntad de Jesús, Sumo Sacerdote, debe perdurar hasta el fin del mundo por medio de Su Iglesia.


En la Divina Liturgia de la Iglesia Católica todo es grande, todo es sublime, hasta los más pequeños detalles; es esta verdad la que hizo pronunciar a Santa Teresa de Ávila aquellas célebres palabras: “Daría mi vida por la más pequeña de las ceremonias de la Santa Iglesia”. Que el lector no se sorprenda entonces de la importancia que daremos en este artículo a las rúbricas litúrgicas, ni de la atención que prestaremos a las “reformas” (que se podrían juzgar menores) que precedieron a las del Concilio Vaticano II.


Por otra parte, los enemigos de la Iglesia siempre han sido conscientes de la importancia de la Liturgia; ¿habrá que recordar que, desde siempre, la corrupción de la Liturgia fue un medio para los herejes de atentar contra la misma Fe?


Fue así con las antiguas herejías cristológicas, y después, poco a poco, con el luteranismo y el anglicanismo del siglo XVI, con las reformas iluministas y jansenistas del siglo XVIII… para concluir en el mismo Concilio Vaticano II, que comenzó sus trabajos de “Reforma” precisamente con el esquema sobre Liturgia, desembocando en el “Novus Ordo Missæ”.


Orígenes de la “Reforma” litúrgica del Vaticano II


La “Reforma” litúrgica querida por el Vaticano II, y realizada en el posconcilio, es una verdadera revolución: “La vía abierta por el Concilio está destinada a cambiar radicalmente el rostro de las asambleas litúrgicas tradicionales”, admite Mons. Annibale Bugnini, uno de los principales artífices de la llamada “reforma”; él mismo agrega que se trata de una “real ruptura con el pasado” (Bugnini, “La Ri-forma Liturgica” [1948-1975], CLV Edizioni Liturgiche, 1983).

Mons. Annibale Bugnini


Ahora bien, ninguna revolución estalla de repente un buen día, sino que es el fruto de largos asaltos, caídas lentas y concesiones progresivas.

El objetivo de nuestro artículo es exponer al lector, después de una introducción de carácter histórico, los orígenes de la revolución litúrgica, especialmente según el examen de las reformas de las rúbricas realizadas en 1955 y 1960.

De hecho, si “en nuestros días se ha consumado, con la introducción del Novus Ordo Missæ y los nuevos libros litúrgicos, una ruptura radical con la Tradición (…), hay que preguntarse dónde hunde sus raíces tal desolación litúrgica. Que no hay que buscarlas exclusivamente en el Concilio Vaticano II, parecerá claro a toda persona de buen sentido. La Constitución litúrgica del 4 de diciembre de 1963 representa la conclusión pasajera de una evolución cuyas múltiples causas, no todas homogéneas, remontan a un lejano pasado” (Mons. Klaus Gamber, “La Réforme de la Liturgie romaine. Histoire et Problématique”).


El Iluminismo


El pleno florecimiento de la vida eclesial en la época barroca (Contrarreforma y Concilio de Trento, n.d.r.) se vio afectado, hacia fines del siglo XVIII, por el frío Iluminismo. Se estaba insatisfecho de la Liturgia tradicional, ya que se estimaba que correspondía muy poco a los problemas concretos de la época (Mons. Gamber, op. cit.)

El Iluminismo racionalista halla el terreno preparado y un sólido aliado en la herejía jansenista, la cual, tal como el Protestantismo del que era la quinta columna, se oponía a la Liturgia Romana tradicional.

José II en el Imperio de los Habsburgo, el episcopado galicano en Francia, y el de Toscana en Italia, reunidos en el Sínodo de Pistoya, efectuaron reformas y experimentos litúrgicos “que se asemejan sorprendentemente a los actuales; éstos también estaban fuertemente orientados hacia el hombre y los problemas sociales” (Gamber, op. cit.).




“… Podemos pues afirmar que la actual desolación litúrgica halla su raíz más firme en el Iluminismo. Muchas ideas de esta época han hallado su plena aplicación solamente en nuestros tiempos, en los que asistimos a un nuevo Iluminismo”.

La aversión por la tradición, el frenesí por las novedades y reformas, el reemplazo progresivo del Latín por la lengua vulgar y el de los textos eclesiásticos y patrísticos por la sola Escritura, la disminución del culto a la Santísima Virgen y a los Santos, el racionalismo respecto de los milagros y hechos extraordinarios narrados en las lecturas litúrgicas de los Santos, la supresión del simbolismo litúrgico y del misterio; en fin, la reducción de la Liturgia, juzgada excesiva e inútilmente larga y repetitiva…

Volveremos a encontrar todos estos puntos de identificación de las reformas litúrgicas jansenistas en las reformas actuales, comenzando por la de Juan XXIII.

La Iglesia, en los casos más graves, condenó a los innovadores; así Clemente IX condena el Ritual de la Diócesis de Alet en 1668, Clemente XI condena al oratoriano Pasquier Quesnel (1634-1719) en 1713.

 (Denz. 1436), Pío VI anatematiza al Sínodo de Pistoya y al Obispo Scipión de Ricci con la Bula “Auctorem Fidei” de 1794 (Denz. 1531-1533).


El Movimiento Litúrgico

Una reacción al frío iluminista está representada por la restauración del siglo XIX. (…) Se alzaron entonces la gran abadía benedictina de Solesmes, en Francia, y la de la Congregación de Beuron. (Gamber)

Dom Prosper Guéranger (1805-1875), Abad de Solesmes, restaura en Francia la antigua liturgia latina y da nacimiento a un movimiento, después llamado “litúrgico”, que tiene por fin hacer amar y defender la liturgia tradicional de la Iglesia.

Dicho movimiento opera por el bien de la Iglesia hasta San Pío X, quien con sus decisiones volvió a poner en honor al canto gregoriano y halló un admirable equilibrio entre el ciclo temporal (fiestas de Nuestro Señor, Domingos y ferias) y el ciclo santoral (fiestas de los Santos).

Desviaciones del Movimiento Litúrgico

Después de San Pío X, poco a poco, el mencionado “Movimiento Litúrgico” se desvía de sus objetivos, para acercarse, por una revolución copernicana, a las tesis que combatía en sus comienzos. Todas las ideas de la herejía antilitúrgica -Dom Guéranger llamó así a las tesis litúrgicas del siglo XVIII- fueron retomadas en los años ‘20 y ‘30 por liturgistas como Dom Lambert Beauduin (1873-1960) en Bélgica, en Francia, Dom Pius Parsch, y Romano Guardini en Austria y Alemania.

Partiendo de la “Misa dialogada”, a causa “de una excesiva importancia concedida a la participación activa de los fieles en las funciones litúrgicas” (Gamber), los reformadores de los años ‘30 y ‘40 llegaron (especialmente en los campamentos scouts y en las asociaciones de juventud y de estudiantes) a introducir de facto nada menos que la Misa en lengua vernácula, la celebración sobre una mesa de cara al pueblo, la concelebración…

Entre los jóvenes sacerdotes que se deleitaban con las experiencias litúrgicas, se hallaba en Roma, en 1933, el Capellán de la “Federación Universitaria Católica Italiana” (F.U.C.I.), Giovanni Battista Montini, feliz y fuertemente reprendido por el Cardenal Vicario (Fappani-Molinari, “Montini, giovane”, ed. Marietti, 1980, págs. 282-292).

En Bélgica, Dom Beaudin dio al Movimiento Litúrgico un objetivo explícitamente ecuménico, presentando la hipótesis de una Iglesia anglicana “unida (a la Iglesia Católica) pero no absorbida”, y fundando un “Monasterio por la unión” con los “ortodoxos” orientales, que tuvo como resultado la “conversión” de muchos de sus monjes al cisma de Oriente.

Roma interviene: la Encíclica contra el Movimiento ecuménico, “Mortalium animos” (1928) es seguida, en 1929 y 1932, por advertencias (muy) discretas que lo apartan por un tiempo de su actividad (cfr. Bonneterre, “El Movimiento Litúrgico”, ed. Fideliter, 1980, págs 35-42).

Un gran protector de Beaudin era -naturalmente- el Cardenal Mercier, pionero del ecumenismo “católico” y definido por “Sodalitium Pianum” como “ligado con todos los traidores a la Iglesia” (Poulat, “Intégrisme et catholicisme intégral”, Casterman, pág. 330).

En los años ‘40 el trabajo de sabotaje de semejantes liturgistas ya había obtenido el apoyo de una gran parte del episcopado, especialmente en Francia (con el C.P.L.: Centro de Pastoral Litúrgica) y en el Reich alemán.

A comienzos de 1943, el 18 de enero, se lanzó el ataque más serio contra el Movimiento Litúrgico (…) por parte de un miembro elocuente y vigoroso del episcopado, el Arzobispo de Friburgo (Brisgau), Conrad Gröber. (…) En una larga carta dirigida a sus hermanos en el episcopado, Gröber resumía en 17 puntos sus preocupaciones respecto de la Iglesia. (…) Criticaba la teología kerigmática, el movimiento de Schönstatt, pero sobre todo al Movimiento Litúrgico (…) asociando a éste implícitamente al Cardenal Theodor Innitzer. (…) Pocos saben que el Prof. Karl Rahner S.J., que residía entonces en Viena (diócesis del Cardenal Innitzer, n.d.r.), escribió (…) una réplica a Gröber” (Robert Graham S.J., “Pío XII y la crisis litúrgica en Alemania durante la guerra”, “La Civiltà Cattolica”, 1985, pág. 546).

Volveremos a ver a Karl Rahner como perito conciliar del episcopado alemán en el Concilio Vaticano II, al lado de Hans Küng y Schillebeeckx.


Nueva parroquia fiel a la nueva religión

La cuestión llegó Roma: en 1947 la Encíclica de Pío XII sobre liturgia, “Mediator Dei”, habría debido decretar la condenación del Movimiento litúrgico desviado.

Pío XII expone con fuerza la doctrina católica (…) pero el sentido de esta encíclica fue torcido por los comentarios que le hicieron los innovadores; y si Pío XII recordó los principios, no tuvo el coraje de tomar medidas eficaces contra las personas, tendría que haber disuelto el C.P.L. y prohibido un buen número de publicaciones. Pero estas medidas habrían supuesto un conflicto abierto con el episcopado francés” (Jean Crété, “El Movimiento Litúrgico”, “Itinéraires”, enero de 1981, págs. 131-132).

Habiendo comprobado la debilidad de Roma, los innovadores comprendieron que podían ir (prudentemente) adelante: de los experimentos se pasa a las reformas oficiales romanas.

Fuente: Sodalitium Pianum