sábado, 12 de enero de 2019


La Herejía Antilitúrgica III
Juan XXIII




A Pío XII lo sucede Juan XXIII, Angelo Roncalli.
Profesor en el Seminario de Bérgamo, fue hostigado por seguir los textos de Duchesne, prohibidos bajo San Pío X en todos los seminarios italianos, cuya obra “Historia antigua de la Iglesia”, fue puesta en el Index (Poulat, “Catholicisme, démocratie et socialis-me”, pág. 246 y 346; Maccarrone, “Mgr Du-chesne et son temps”, 1975, págs. 469-472).
Nuncio en París, Roncalli revelará su adhesión a las tesis de Le Sillon, condenadas por San Pío X, con una carta a la viuda de Marc Sagnier, fundador del movimiento proscripto, en la cual, entre otras cosas, escribe: “La poderosa fascinación de su palabra, de su alma, me había atrapado, y guardo de su persona y de su actividad política y social el recuerdo más vivo de toda mi juventud sacerdotal” (carta del 6 de junio de 1950, cfr. “Itinéraires” nº 247, no-viembre de 1980, págs. 152-153).

Nombrado Patriarca de Venecia, dará públicamente la bienvenida a los socialistas, llegados a su ciudad para un congreso del partido.
Convertido en Juan XXIII, crea Cardenal a Mons. Montini, anuncia el Concilio Vaticano II y escribe la encíclica “Pacem in terris”, en la que ya afirma, camuflándolo con una frase voluntariamente ambigua, la libertad religiosa que proclamará el Concilio, como atestigua el neo-cardenal Pavan, colaborador de Juan XXIII.

La actitud de Juan XXIII, a la muerte de Pío XII en 1958, no podía ser diferente en materia litúrgica de la ostentada en otros campos.

Dom Lambert Beauduin, al que el lector ya conoce como prácticamente el promotor del movimiento litúrgico modernista y amigo de Roncalli de larga data (desde 1924), lo sabía bien. El P. Bouyer atestigua que Dom Beauduin le dijo el día de la muerte de Pío XII:
Si eligiesen a Roncalli, todo estaría salvado; sería capaz de convocar un Concilio y consagrar el Ecumenismo… (Bouyer, “Dom Lam-bert Beauduin, un homme d’Eglise”, 1964, págs. 180-181).

El 25 de julio de 1960 Juan XXIII publica el Motu Proprio “Rubricarum Instructum”. Ya había decidido convocar el Concilio Vaticano II y proceder a la reforma del Derecho Canónico; con este Motu Proprio Juan XXIII añade y agrava las reformas de las rúbricas de 1955-56: “Hemos decidido -escribe- que se debía presentar a los Padres del futuro Concilio los principios fundamentales de la reforma litúrgica, y que no se debía diferir más tiempo la reforma de las rúbricas del Breviario y Misal Romanos”.

En este cuadro poco ortodoxo, con artificios tan dudosos, en un clima ya “conciliar”, nacieron el Breviario y el Misal de Juan XXIII, concebidos como “Liturgia de transición” destinada a durar -tal como duró- tres o cuatro años: transición entre la liturgia católica consagrada en el Concilio de Trento y la liturgia heterodoxa preconizada por el Vaticano II.

“La herejía antilitúrgica” en la reforma de Juan XXIII


Consagración episcopal de Mons. Angelo Roncalli


Hemos visto anteriormente como el gran Dom Guéranger definió “herejía antilitúrgica” al conjunto de falsos principios litúrgicos del siglo XVIII, inspirados por el iluminismo y el jansenismo.
Quisiera mostrar en este capítulo la semejanza -a veces literal- entre las reformas de aquel siglo y las de Juan XXIII.
Reducción de Maitines a tres lecciones
El Arzobispo (tripartista, o sea filojansenista) de París, Vintimille, en su reforma del Breviario de 1736 “redujo la mayor parte de los oficios a tres lecciones, a fin de hacerlos más cortos” (Guéranger, “Instituciones Litúrgicas”, Extrac-tos, ed. de Chiré, pág. 171).

Juan XXIII, en 1960, redujo también a 3 únicas lecciones la casi totalidad de los oficios.
De esto resulta la supresión de un tercio de la Sagrada Escritura, de dos tercios de vidas de Santos y de casi tres tercios (la totalidad) de comentarios de los Pa-dres a la Escritura.

Con el fin de ayudar al lector, mostraremos en un pequeño esquema lo que queda de Maitines (salvo para las fiestas de 1ra. y 2da. clase) después de la reforma, sin olvidar que los Maitines son una parte considerable del Breviario:

En gris las partes suprimidas en los Maitines del domingo:
Y en aquellos de las fiestas de Santos:
Disminución de las fórmulas de estilo eclesiástico en provecho de la Sagrada Escritura
El segundo principio de la secta antilitúrgica es el reemplazo de las fórmulas de estilo eclesiástico por lecturas de la Sa-grada Escritura (Dom Guéranger, op. cit., pág. 107)
Mientras que el Breviario de San Pío X hacía el comentario de la Sagrada Escritura por los Padres, el de Juan XXIII guarda prác-ticamente intactas las lecciones escriturarias, como vimos arriba, y las deja sin el comentario de la Iglesia, al suprimir el comentario patrís-tico (se suprime el comentario del Antiguo Testamento o de las Epístolas, permanecen 5 o 6 líneas del comentario al Evangelio del do-mingo).

Sacar del domingo las fiestas de los santos

Es su (de los jansenistas, n.d.r.) gran principio que la santidad del domingo no admite que se rebaje el día consagrándolo al culto de un santo, ni siquiera de la Santísima Virgen (…) Con mayor razón, las dobles ma-yores o menores que modifican tan agrada-blemente para el pueblo fiel la monotonía de los domingos, recordándole a los amigos de Dios, sus virtudes y su protección; ¿tendrían que enviarse para siempre a los días feriales, en los que su fiesta pasaría silenciosa y desa-percibida? (Dom Guéranger, pág. 163).
Juan XXIII, yendo mucho más allá que la reforma equilibrada de San Pío X, realiza casi a la letra el ideal de los herejes jansenistas: solamente nueve fiestas de Santos pueden prevalecer sobre el domingo (San José, en marzo y mayo; tres fiestas marianas: la Anunciación, la Asunción y la Inmaculada Concepción; San Juan Bautista; San Pedro y San Pablo; San Miguel; y Todos los Santos), contra las 32 que traía el calendario de San Pío X, de las cuales muchas eran antiguas fiestas de precepto.

Además, Juan XXIII abolió las conmemoraciones de los Santos en domingo.
Para realizar estos objetivos, la reforma de 1960 quita a todos los domingos el rango de 1ra. y 2da. clase, y junta casi todos los santos en una 3ra. clase creada ex novo, anulando así (como vemos en el siguiente esquema) las fies-tas de rango doble mayor o menor, que alaba Dom Guéranger.

Favorecer el oficio de la feria en detrimento de las fiestas de los Santos

Dom Guéranger describe así las maniobras jansenistas:

El calendario será en adelante expurgado, y el objetivo admitido de Grancolas (1727) y sus cómplices es hacer que el clero prefiera el oficio de la feria al de los Santos.
¡Qué espectáculo lamentable el ver penetrar en nuestras iglesias máximas manchadas de calvinismo, tan groseramente opuestas a las de la Sede Apostólica, que no ha cesado desde dos siglos de fortalecer el calendario de la Iglesia con la inclusión de nuevos protectores!
(op. cit., pág. 163)

Juan XXIII suprimió totalmente 10 fiestas del calendario (11 en Italia, con la fiesta de Ntra. Sra. de Loreto), redujo 29 fiestas de rito simple y 9 de rito más elevado al rango de memoria, haciendo así prevalecer el oficio ferial; con la supresión de casi todas las octavas y vigilias, sustituyó con otras 24 ferias oficios de Santos (calculando por defecto, no teniendo en cuenta el calen-dario particular y las fiestas móviles); finalmente, con las nuevas reglas de cuaresma que veremos enseguida, otros 9 Santos, oficialmente en el calendario, no serán nunca más festejados.

En conclusión, la reforma de 1960-1962 sacrificó por un “principio calvinista”, expurgándolas, alrededor de 81 a 82 fiestas de Santos.
Dom Guéranger precisa que los Jansenistas suprimieron las fiestas de los Santos en Cuaresma (op. cit., pág. 163).

De la misma manera se comportó Juan XXIII, salvando solamente las fiestas de 1ra. y 2da. clase; como su fiesta cae siempre en Cuaresma, no se festejará más a un Santo Tomás de Aquino, a un San Gregorio Magno, San Benito, San Patricio, San Gabriel Arcángel, etc…
Censurar los milagros de las vidas de los Santos que parecen legendarios
Las vidas de los Santos fueron despojadas de una parte de sus milagros y de sus piadosos relatos. Dom Guéranger, pág. 171

Era el principio de los liturgistas iluministas.

Hemos visto que la reforma de 1960 suprimió 2 de las 3 lecciones del 2do. nocturno, donde se lee la vida de los Santos.
Pero esto no era suficiente. Como dijimos, 11 fiestas fueron totalmente suprimidas, probablemente por ser “legendarias” para los racionalistas preconciliares: por ejemplo, San Vital, la Invención de la Santa Cruz, el martirio incruento de San Juan en la Puerta Latina, la aparición de San Miguel en el monte Gargano, San Anacleto, San Pedro ad vincula, la Invención (= descubrimiento) de San Esteban, Ntra. Sra. de Loreto (¡¡Una casa que vue-a!! ¿Se puede creer en el siglo veinte?); entre las fiestas votivas, Sta. Filomena (¡qué tonto fue el Cura de Ars al creer en eso!).

Otros Santos poco iluministas fueron eliminados más discretamente: Ntra. Sra. del Carmen y de la Merced, San Jorge, San Alejo, San Eustaquio, los estigmas de San Francisco, permanecen como memoria en un día ferial.

Igualmente, dos Papas parten, aparentemente sin motivo: San Silvestre (¿demasiado constantiniano?) y San León II. Este último, quizás por condenar a Honorio y a Juan XXIII…
Finalmente, señalamos una “obra maestra” que nos toca de cerca.
De la oración de la Misa de Ntra. Sra. del Buen Consejo, la reforma de 1960 quitó las palabras que relataban la aparición milagrosa de su imagen. Si la Casa de Nazareth no pudo volar hasta Loreto, imaginamos que tampoco un cuadro que estaba en Albania pudo volar hacia Genazzano.

Espíritu antiromano




Los Jansenistas suprimieron una de las dos fiestas de la Cátedra de San Pedro, el 10 de enero; así como también la octava de San Pedro (Dom Guéranger, pág. 170).
Idénticas medidas con Juan XXIII.
Supresión del “Confiteor” antes de la comunión de los fieles
(Misal de Troie: Dom Guéranger, págs. 149, 150, 156). La misma cosa en 1960.
Reforma del Jueves, Viernes y Sábado Santos
En 1736, con el Breviario de Vintimille,
hecho muy grave y además muy doloroso para la piedad de los fieles. (Dom Gué-ranger, págs. 170, 171)

Aquí Juan XXIII fue precedido, como hemos visto!
Idem con la supresión de casi todas las octavas (uso, que ya se encuentra en el Antiguo Testamento, de solemnizar las grandes fiestas durante ocho días), anticipado por los Jansenistas en 1736 (pág. 171) y repetido en 1955-60.
Hacer, en resumen, un Breviario muy corto y sin repeticiones
Era el sueño de los liturgistas del Renacimiento (Breviario de la Santa Cruz, abolido por San Pío V) y luego, de los iluministas.

Dom Guéranger comenta: ellos querían un Breviario
sin esas Rúbricas complicadas que obligan al Sacerdote a hacer del Oficio Divino un estudio serio; además, las Rúbricas son tradiciones y es normal que de-saparezcan.
(…) sin repeticiones
(…) es mucho más corto, este era el gran medio de triunfo!
(…)
Se quería un Breviario corto, se lo tendrá, y estarán los Jansenistas para redactarlo
(pág. 162 y también 159)

Los tres principios serán honrados públicamente por las Reformas de 1955 y de 1960: las largas Preces desaparecerán, las memorias, los sufragios, los Pater, Ave, Credo, las Antífonas de la Santísima Virgen, el Símbolo de San Atanasio, 2/3 de Maitines, ¡y se podría alargar la lista!


El Ecumenismo en la reforma de Juan XXIII


"Iglesia" ecuménica de Taizé


… Los Jansenistas no habían pensado en esto.
La Reforma de 1960 suprime de las oraciones del Viernes Santo el adjetivo latino perfidis (= sin fe) que calificaba a los judíos, y el sustantivo perfidiam (= impiedad) que calificaba a “judaica”.
Es la puerta abierta a las actuales visitas a las Sinagogas.
En el número 181 de las Rúbricas de 1960, se lee:
La Misa contra los paganos se llamará de ahora en más: por la defensa de la Iglesia; la Misa para suprimir el cisma: por la unidad de la Iglesia (¡siempre la misma herejía que niega que la Iglesia sea una! n.d.r.).

Estos cambios revelan el liberalismo, pacifismo y falso ecumenismo de quien los concibió.
Un último punto, pero de los más graves.
En el “Breve Examen Crítico” contra la “Nueva Misa” presentado por los Cardenales Ottaviani y Bacci, se declara justamente que la supresión, cuando el sacerdote celebra sin ayudante (es decir, solo, n.d.r.) de todos los saludos (es decir, Dominus vobiscum, etc.) y de la bendición final, es un ataque evidente al dogma de la Comunión de los Santos. (pág. 18)
En efecto, aunque el sacerdote que celebra la Misa o recita el breviario esté solo, reza en nombre de toda la Iglesia y con toda la Iglesia.
Verdad negada por Lutero.

Ahora bien, este ataque al dogma ya había sido realizado por el Breviario de Juan XXIII, que impone al sacerdote que lo recita no decir más Dominus vobiscum (El Señor esté con vosotros) sino Domine exaudi orationem meam (Señor escucha mi oración), pensando, con una “profesión de pura fe racionalista” (Breve Examen Crítico, pág. 18), que el Breviario ya no es la oración pública de la Iglesia, sino una lectura privada.

Conclusión necesaria

La teoría no sirve de nada si no se la aplica.
Este artículo no puede concluir sin una calurosa invitación, ante todo a los sacerdotes, a volver a la liturgia “canonizada” por el Concilio de Trento y a las Rúbricas promulgadas por San Pío X.





Mons. Gamber escribe:

Muchas innovaciones promulgadas en materia litúrgica durante estos últimos 25 años -comenzando por el decreto de renovación de la Liturgia de Semana Santa del 9 de febrero de 1951 (todavía bajo Pío XII) y por el nuevo Código de Rúbricas del 25 de julio de 1960 (más adelante, nuevamente perimido) hasta la reforma, por continuas pequeñas reformas, del Ordo Missæ del 3 de abril de 1969- han demostrado ser inútiles y nocivas para la vida espiritual.
(op. cit., págs. 44-45)
Desgraciadamente, en el campo “tradicionalista” reina la confusión: unos se detienen en 1955, otros en 1965 o 1967; la Fraternidad San Pío X, después de haber adoptado la reforma de 1965 ha vuelto a la de 1960, de Juan XXIII (ahora concedida por el indulto de 1984), ¡aunque permitiéndose introducir usos anteriores y posteriores!

En los distritos de Alemania, Inglaterra o Estados Unidos, donde se rezaba el Breviario de San Pío X, fue impuesto el de Juan XXIII, y esto no solo por motivos legalistas sino de principio, mientras que el rezo privado del Breviario de San Pío X es tolerado a desgano.
¿Nos ilusionamos al esperar que este u otros estudios ayuden a que se comprenda que la Reforma es una, a pesar de las muchas etapas, y que hay que rechazarla toda sino se quiere (absit) aceptarla toda?
Solamente con la ayuda de Dios y las ideas claras se podrá obtener una restauración que no dure lo que un verano de San Juan.

sábado, 5 de mayo de 2018


La Herejía Antilitúrgica II


Las reformas de Pío XII



Pío XII no consideraba de extrema gravedad el problema litúrgico que oponía a los obispos alemanes: “Tenemos una extraña impresión”, escribía a Mons. Gröber, “como si fuera del tiempo y del mundo, la cuestión litúrgica se presentara como el problema del momento” (Carta de Pío XII a Mons. Gröber del 22 de agosto de 1943, citada por R. Graham, op. cit., pág. 549). Si con estas palabras Pío XII desaprobaba a los representantes del Movimiento Litúrgico, no dejaba de minimizar el peligro.

Los innovadores pudieron así infiltrar su caballo de Troya en la Iglesia, haciéndolo pasar por la puerta, dejada casi sin defensa, de la Liturgia, y aprovechando la poca atención del Papa Pacelli en la materia. Fueron apoyados por personas del entorno del Pontífice, como su propio confesor, Agustín Bea S.J., futuro Cardenal y defensor declarado del Ecumenismo.

Es esclarecedor el siguiente testimonio de Mons. Bugnini:

La Comisión (para la reforma de la Liturgia, creada en 1948) gozaba de la plena confianza del Papa, informado por Mons. Montini, e inclusive semanalmente, por el P. Bea, confesor de Pío XII. Por esta vía se pudieron registrar notables resultados, incluso en los períodos en que la enfermedad del Papa impedía que cualquiera se le acercara (op. cit., pág. 22).
El Padre Bea estuvo en el origen de la primera reforma litúrgica de Pío XII, a saber, la nueva traducción litúrgica de los Salmos, que reemplazó a la Vulgata de San Jerónimo, tan odiada por los protestantes por ser la traducción oficial de la Sagrada Escritura en la Iglesia declarada “auténtica” por el Concilio de Trento.

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Los monjes de Taizé con el cardenal Bea y el Papa Juan XXIII

A esta reforma (Motu proprio “In cotidianis precibus”, del 24 de marzo de 1945) cuyo uso era, al menos en teoría, facultativo y que tuvo poco éxito, hicieron seguir otras reformas más durables y también más graves:
  • 18 de marzo de 1948: Constitución, con Annibale Bugnini como secretario, de una “Pontificia Comisión para la Reforma de la Liturgia” (que se parece, hasta en el nombre, al “Consilium ad exequendam constitutionem de Sacra Liturgia” instituido por Pablo VI en 1964 y que engendrará la “Nueva Misa”);
  • 6 de enero de 1953: Constitución Apostólica “Christus Dominus” sobre la reforma del ayuno eucarístico;
  • 23 de marzo de 1955: Decreto “Cum hac nostra ætate”, reforma (no publicada en las Acta Apostolicæ Sedis y no impresa en los libros litúrgicos) de las rúbricas del Misal y del Breviario;
  • 19 de noviembre de 1955: Decreto “Maxima Redemptionis”, introduciendo el nuevo rito de Semana Santa, ya inaugurado en lo que respecta al Sábado Santo, “ad experimentum”, en 1951.
  •  
Consagraremos el capítulo siguiente a la reforma de la Semana Santa; por el momento, ¿qué pensar de la reforma de las Rúbricas y del Misal, realizada el mismo año por Pío XII?
Como éstas fueron declaradas facultativas, se tiende a olvidarlas; sin embargo, fueron una etapa considerable de la Reforma Litúrgica. Absorbidas y aumentadas por la Reforma de Juan XXIII, serán examinadas en detalle con las del sucesor.

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Por ahora, es suficiente decir que la Reforma de 1955 tendía a abreviar el Oficio Divino y a disminuir el culto de los Santos: todas las fiestas de rito semidoble y simple se volvieron simples memorias, en Cuaresma y Pasión la elección entre el oficio de un Santo y el de la feria se volvía libre, se disminuyó el número de vigilias y octavas, reduciéndolas a tres.
Suprimidos los “Pater, Ave et Credo” a recitar antes de las horas litúrgicas, la antífona final de la Santísima Virgen también fue suprimida (salvo la de Completas), igualmente el símbolo de San Atanasio (fuera de una vez al año).

Bonneterre, en su obra citada, aunque reconoce que las reformas del fin del pontificado de Pío XII son “las primeras etapas de la autodemolición de la Liturgia Romana” (no vemos cómo la Liturgia puede “autodemolerse”, n.d.r.), trata de garantizar su perfecta legitimidad a causa de la “santidad” de quien las promulgó.

Pío XII -escribe- emprendió entonces, con total pureza de intención, reformas exigidas por las necesidades de las almas, sin darse cuenta -y no lo podía- que quebrantaba la Liturgia y la disciplina en uno de los períodos más críticos de su historia y, sobre todo, sin ver que ponía en práctica el programa del ‘Movimiento Litúrgico’ desviado (págs. 105, 106, 111)
Jean Crété comenta:

El Padre Bonneterre reconoce que este decreto marca el comienzo de la subversión de la liturgia, pero trata de excusar a Pío XII diciendo que, en la época, nadie, fuera de los hombres del partido subversivo, podía darse cuenta de esto.
Por el contrario, puedo aportar sobre el punto un testimonio categórico.
Me di cuenta muy bien de que este decreto no era sino el comienzo de una subversión total de la liturgia; y no fui el único.

Todos los verdaderos liturgistas, todos los sacerdotes apegados a la Tradición estaban consternados. La Congregación de Ritos no era en absoluto favorable a este decreto, obra de una comisión especial. Cuando, cinco semanas más tarde, Pío XII anuncia la introducción de la fiesta de San José Artesano, la oposición se manifiesta abiertamente: durante más de un año, la Congregación de Ritos rehúsa componer el oficio y la misa de la nueva fiesta.
Fueron necesarias varias intervenciones del Papa para que la Congregación de Ritos se resigne, de mala gana, a publicar, a fines de 1956, un oficio tan mal compuesto que uno se pregunta si no fue saboteado deliberadamente.

Y fue solamente en 1960 que fueron compuestas las melodías (que son modelos de mal gusto) del oficio y de la misa. Traemos este episodio poco conocido para dar una idea de las fuertes reacciones suscitadas por las primeras reformas litúrgicas de Pío XII.
(Crété, op. cit., pág. 133)

El nuevo rito de Semana Santa



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La renovación (litúrgica) mostró claramente que las fórmulas del Misal Romano debían ser revisadas y enriquecidas. La renovación ha sido iniciada por el mismo Pío XII con la restauración de la Vigilia Pascual y del Ordo de Semana Santa, que constituye la primera etapa de la adaptación del misal romano a las necesidades de nuestra época.
Estas son las propias palabras de Pablo VI en la “promulgación” del nuevo misal (Const. Apost. “Missale Romanum”, del 3 de abril de 1969).
De manera análoga, pero viniendo de la otra orilla, esto escribe Mons. Gamber:
El primer pontífice en haber aportado un cambio verdadero y real en el Misal tradicional fue Pío XII, con la introducción de la nueva liturgia de Semana Santa.
Volver a poner la ceremonia del Sábado Santo en la noche de Pascua hubiera sido posible sin grandes modificaciones.

Juan XIII prosiguió la tarea con el nuevo código de rúbricas.
Por lo demás, en esa ocasión el Canon de la Misa permaneció intacto (casi, recordamos la introducción en el Canon del nombre de San José, querida por Juan XXIII durante el Concilio, contra la Tradición que quiere en el Canon únicamente nombres de Mártires, a unir con el Gran Mártir Jesús en Su Sacrificio, n.d.r.) y no fue para nada alterado, pero después de estos precedentes, es verdad que fueron abiertas las puertas a un ordenamiento de la Liturgia Romana radicalmente nuevo.
(op. cit., pág. 22)

El decreto “Maxima Redemptionis”, por el cual se introdujo en 1955 el nuevo rito, habla exclusivamente del cambio de horario de las ceremonias del Jueves, Viernes y Sábado Santos, con el fin de facilitar a los fieles la asistencia a los Ritos Sagrados, vueltos a poner en la tarde después de siglos; pero en ninguna parte del decreto hay la menor alusión al dramático cambio de textos y de las ceremonias mismas, operado gracias al nuevo rito y en nada justificado por ningún motivo pastoral!

En realidad, el nuevo rito de Semana Santa fue un ensayo general de la reforma, como lo testimonia el dominico modernista Chenu:
El Padre Duployé siguió todo esto con una lucidez apasionada. Recuerdo que me dijo una tarde: ‘Si conseguimos restaurar la vigilia pascual a su esplendor primitivo, el movimiento litúrgico habrá vencido; me doy diez años para eso’. Diez años después el asunto era un hecho.
(“Un teólogo en libertad, J. Dunquesne entrevista al P. Chenu”, Le Centurion, 1975; págs. 92-93)

De hecho, el nuevo rito de Semana Santa, al insertarse como un cuerpo extraño en el resto del Misal todavía tradicional, obedecía a los principios que reencontraremos en las reformas de Pablo VI de 1965.

Citemos algunos ejemplos:

-Pablo VI suprimirá en 1965 el último evangelio; en 1955 se lo suprime de la Semana Santa.
-Pablo VI suprimirá el Salmo “Judica me” con las oraciones al pie del altar; la Semana Santa de 1955 ya lo había anticipado.
-Pablo VI (siguiendo a Lutero) querrá la celebración de la Misa “cara al pueblo”; el Novus Ordo de Semana Santa comienza con la introducción de tal uso tanto como es posible (especialmente el Domingo de Ramos).
-Pablo VI quiere ver la disminución del papel del sacerdote, reemplazado de una punta a la otra por los ministros; ya en 1955 el celebrante no lee más las lecturas, epístolas y Evangelios (Pasión), que son cantados por los ministros y, aunque participa de la Misa, va a sentarse en un rincón, olvidado.
-Pablo VI, siempre en la Nueva “Misa” de 1969, bajo pretexto de restaurar el antiguo rito romano, suprime de la Misa todos los elementos de la liturgia “galicana” (anterior a Carlo-magno), siguiendo el desgraciado “arqueologismo” condenado por Pío XII. Así desapareció el ofertorio (con gran alegría de los protestantes), reemplazado por un rito talmúdico que nada tiene que ver con el antiguo rito romano.

Según el mismo principio, el nuevo rito de Semana Santa suprime todas las oraciones de bendición de los ramos (salvo una), la epístola, el ofertorio y el prefacio que la preceden; así como el Viernes Santo, la misa de presantificados.

Pablo VI, desafiando los anatemas del Concilio de Trento, suprime el Orden Sagrado del Subdiaconado; el nuevo rito de Semana Santa presenta a un Subdiácono cada vez más inútil, ya que lo reemplaza por el Diácono (al “levate” de las Oraciones del Viernes Santo) o por el coro y el celebrante (en la adoración de la Cruz).


¿Pablo VI quiso el ecumenismo? La nueva Semana Santa lo inaugura, llamando a la oración del Viernes Santo para la conversión de los herejes: “oración por la unidad de la Iglesia”, e introduciendo la genuflexión en la oración por los judíos que la Iglesia negaba en rechazo al deicidio perpetrado el Viernes Santo.
Los simbolismos medievales son suprimidos (apertura de la puerta de la iglesia al canto del “Gloria Laus”, por ejemplo), la lengua vernácula es introducida (promesas del Bautismo), el “Pater Noster” recitado por todos (Viernes Santo), las oraciones por el Imperio reemplazadas por otras por los que gobiernan la “cosa pública”, de sabor muy moderno.
En el Breviario se suprime el tan conmovedor “Miserere”, repetido en todas las horas. El “Exultet” Pascual es trastornado por la supresión de simbolismo de sus palabras; también el Sábado Santo, ocho lecturas de doce son suprimidas.
El canto de la Pasión, tan emocionante, sufre gravísimas censuras: desaparece hasta la Última Cena, en la que Jesús, ya traicionado, celebró por primera vez en la historia el Sacrificio de la Misa.

El Viernes Santo se administra la comunión, contrariamente a la tradición de la Iglesia y a la condena de San Pío X para quienes pretendieran instaurar tal uso (Decreto “Sacra Tridentina Synodus”, de 1905).

Además, todas las rúbricas del nuevo rito de 1955 insisten continuamente en la “participación” de los fieles, por una parte, mientras que por la otra, censuran como abusos muchas devociones populares (tan caras a los fieles) que acompañan la Semana Santa.
Aunque sintético, este examen de la reforma de la Semana Santa permite al lector -al menos así lo creemos- darse cuenta de la manera en que los “expertos” que fabricaron 14 años después la Nueva “Misa” hubieron de utilizar -y aprovechar- la Semana Santa, para realizar en ella -como “in corpore vili”- sus experimentos litúrgicos, que más tarde iban a aplicar a toda la liturgia.


miércoles, 14 de febrero de 2018

De la misa evangélica de Lutero al nuevo Ordo Missæ

Conferencia dada por Mons. Marcel Lefebvre en Florencia (Italia) el 15 de febrero de 1975. Transcrita en el capítulo II del libro «La Nueva Iglesia», escrito por él mismo.

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Monseñor Marcel Lefebvre en Lille (1976)


Señoras, señores:
Hablaré esta noche de la misa evangélica de Lutero y de las sorprendentes semejanzas del nuevo rito de la misa con las innovaciones rituales de Lutero.
¿Por qué estas consideraciones? Porque la idea de ecumenismo que presidió la Reforma litúrgica, según expresó el propio Presidente de la comisión, nos invita a ello, porque si se probara que esta filiación del nuevo rito existe realmente, el problema teológico, es decir el problema de la fe, no puede dejar de ser planteado según el adagio bien conocido “Lex orándi, lex credéndi”.
Ahora bien, los documentos históricos de la Reforma litúrgica de Lutero son muy instructivos para aclarar la Reforma actual. Para comprender bien cuáles fueron los objetivos de Lutero en esas Reformas litúrgicas, debemos recordar brevemente la doc*trina de la Iglesia sobre el sacerdocio y el Santo Sacrificio de la Misa.
El Concilio de Trento, en su Sesión XXII, nos enseña que Nuestro Señor Jesucristo, al no querer poner fin a su sacerdocio con su muerte, instituyó en la última Cena un sacrificio visible destinado a aplicar la virtud salutífera de su Redención a los pecados que cometemos todos los días. Con este fin estableció a sus Apóstoles como sacerdotes del Nuevo Testamento, a ellos y a sus sucesores, instituyendo el sacramento del Orden que marca con un carácter sagrado e indeleble a esos sacerdotes de la Nueva Alianza. Ese sacrificio visible se realiza sobre nuestros altares por una acción sacrificial por la cual Nuestro Señor realmente presente bajo las especies del pan y del vino se ofrece como víctima a su Padre. Y es por la manducación de esta Víctima como nosotros comulgamos con la carne y la sangre de Nuestro Señor, ofreciéndonos nosotros también en unión con Él.
Así pues la Iglesia nos enseña que:

El sacerdocio de los sacerdotes es esencialmente diferente del de los fieles, que no tienen sacerdocio, sino que forman parte de una Iglesia que necesita absolutamente un sacerdocio. A ese sacerdocio le es sumamente conveniente el celibato y una distinción externa respecto de los fieles, como es el hábito sacerdotal. El acto esencial del culto realizado por ese sacerdocio es el Santo Sacrificio de la Misa, diferente del sacrificio de la Cruz únicamente por el hecho de que éste es cruento y el otro incruento. Se realiza por un acto sacrificial realizado por las palabras de la Consagración y no por un simple relato memorial de la Pasión o de la Cena. Es por este acto sublime y misterioso que se aplican los beneficios de la Redención a cada una de nuestras almas y a las almas del Purgatorio. Y esto está admirablemente expresado en el Ofertorio.

La Presencia real de la Víctima es pues necesaria y se opera por el cambio de la sustancia del pan y del vino en la sustancia del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro Señor. Se debe pues adorar a la Eucaristía y tener por ella un inmenso respeto: por eso, la tradición de reservar a los sacerdotes el cuidado de la Eucaristía. La Misa del sacerdote solo, en la cual sólo él comulga, es pues un acto público, sacrificio del mismo valor como todo sacrificio de la Misa y soberanamente útil para el sacerdote y para todas las almas. La Misa privada es entonces muy recomendada y deseada por la Iglesia. Son estos principios los que están en el origen de las oraciones, de los cánticos, de los ritos que hicieron de la Misa latina una verdadera joya, cuya piedra preciosa es el Canon. No se puede leer sin emoción lo que dice al respecto el Concilio de Trento:

“Como conviene tratar santamente las cosas santas y que este Sacrificio es la más santa de todas, para que fuera ofrecido y recibido digna y respetuosamente, la Iglesia Católica ha instituido desde hace muchos siglos, el Sagrado Canon, tan puro de todo error que no hay nada en él que no respire una santidad y una piedad exterior y que no eleve a Dios la mente de los que ofrecen. Está en efecto compuesto de las propias palabras del Señor, de las tradiciones de los Apóstoles y de las piadosas instrucciones de los Santos Pontífices” (Sesión XXII, cap. 4).
Veamos ahora cómo Lutero realizó su Reforma, es decir su “Misa evangélica” como él mismo la llama, y con qué espíritu. Para esto, nos referiremos a una obra de León Christiani que data de 1910 y por lo tanto no sospechosa de estar influenciada por las reformas actuales. Esta obra tiene por título “Du luthéranisme au protestantisme” [Del luteranismo al protestantismo]. Nos interesa por las citas que nos proporciona de Lutero o de sus discípulos respecto de la Reforma litúrgica. Este estudio es muy instructivo, porque Lutero no vacila en manifestar el espíritu liberal que lo anima:
“Ante todo —escribe— suplico amablemente... a todos los que querrán examinar o seguir la presente ordenación del servicio divino, que no vean en ella una ley coactiva ni obliguen, por lo tanto, a ninguna conciencia. Que cada uno la adopte cuando, donde y como le plazca. Así lo quiere la libertad cristiana” (p. 314). “El culto se dirigía a Dios como un homenaje, en lo sucesivo se dirigirá al hombre para consolarlo e iluminarlo. El sacrificio ocupa*ba el primer lugar, el sermón va a suplantarlo” (p. 312).

¿Qué piensa Lutero del sacerdocio? En su obra sobre la misa privada, trata de demostrar que el sacerdocio católico es una invención del diablo. Para ello invoca ese principio en adelante fundamental:
“Lo que no está en la Escritura es un agregado de Satanás. Ahora bien, la Escritura no conoce el sacerdocio visible. No conoce más que a un sacerdote, a un Pontífice, uno solo: Cristo. Con Cristo somos todos sacerdotes El sacerdocio es a la vez único y universal. Qué locura la de querer acapararlo para unos pocos... Toda distinción jerárquica entre los cristianos es digna del Anticristo... ¡Ay, entonces, de los pretendidos sacerdotes!” (p. 269).

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En 1520, escribe su “Manifiesto a la Nobleza Cristiana de Alemania”, en la cual ataca a los “romanistas” y pide un concilio libre:
“La primera muralla levantada por los romanistas es la distinción entre clérigos y laicos. Se ha descubierto —dice— que el papa, los obispos, los sacerdotes, los monjes, componen el estado eclesiástico, mientras que los príncipes, los señores, los artesanos, los campesinos, forman el estado seglar. Es una pura invención y una mentira. Todos los cristianos son en realidad del estado eclesiástico, entre ellos no existe otra diferencia que la de la función... Si el papa o un obispo da la unción, tonsura, ordena, consagra, se viste distinto de los laicos, puede hacer embusteros o ídolos ungidos, pero no puede hacer un cristiano, ni un eclesiástico... todo lo que sale del bautismo puede jactarse de ser consagrado sacerdote, obispo y papa, por más que no convenga a todos ejercer esta función” (pp. 148-149).
De esta doctrina Lutero saca las consecuencias contra el hábito eclesiástico y contra el celibato. Él mismo y sus discípulos dan el ejemplo, abandonan el celibato y se casan. ¡Cuántos hechos que proceden de las Reformas del Vaticano II se asemejan a las conclusiones de Lutero!: el abandono del hábito religioso y eclesiástico, los numerosos casamientos de religiosos aceptados por la Santa Sede, o la ausencia de todo carácter distintivo entre el sacerdote y el laico. Este igualitarismo se manifestará en la atribución de funciones litúrgicas hasta ahora reservadas a los sacerdotes. La supresión de las órdenes menores (ostiariato, lectorado, exorcistado y acolitado) y del subdiaconado, el diaconado casado, contribuyen a la concepción puramente administrativa del sacerdote y a la negación del carácter sacerdotal; la ordenación es orientada hacia el servicio de la comunidad y ya no hacia el Sacrificio, que es lo único que justifica la concepción católica del sacerdocio. Los sacerdotes obreros, sindicalistas, o que buscan un empleo remunerado por el Estado, contribuyen también a hacer desaparecer toda distinción. Van más lejos que Lutero.

El segundo error doctrinal grave de Lutero será la consecuencia del primero y fundado sobre su primer principio: es la fe o confianza la que salva y no las obras, y es la negación del acto sacrificial que es esencialmente la Misa Católica. Para Lutero, la misa puede ser un sacrificio de alabanza, es decir un acto de alabanza, de acción de gracias, pero por cierto no un sacrificio expiatorio que renueva y aplica el sacrificio de la Cruz. Hablando de las “perversiones” del culto en los conventos decía:

“El elemento principal de su culto, la misa, supera toda impiedad y toda abominación, hacen de ella un sacrificio y una obra buena. Si no existiera otro motivo para colgar los hábitos, irse del convento y romper los votos, éste sería ampliamente suficiente” (p. 258).
La misa es para Lutero una “sinaxis”, una comunión. Ítem, la Eucaristía ha sido sometida —según él— a una triple y lamentable cautividad: se les ha quitado a los laicos el uso del Cáliz, se ha impuesto como un dogma la opinión “inventada” por los tomistas de la transustanciación, se ha hecho de la Misa un sacrificio. Lutero toca aquí un punto capital. No duda, sin embargo:

“Es pues un error evidente e impío —escribe— ofrecer o aplicar la misa por pecados, para satisfacer, por los difuntos… La misa es ofrecida por Dios al hombre y no por el hombre a Dios...”. “En cuanto a la Eucaristía, como debe ante todo excitar la fe, debería ser celebrada en lengua vulgar, a fin de que todos puedan comprender bien la grandeza de la promesa que se les recuerda” (p. 176).
Lutero sacará las consecuencias de esta herejía suprimiendo el ofertorio, que expresa claramente el objetivo propiciatorio y expiatorio del sacrificio. Suprimirá la mayor parte del Canon, guardará los textos esenciales, pero como relato de la Cena. A fin de estar más cerca de lo que se realizó en la Cena, agregará en la fórmula de consagración del pan “quod pro vobis tradétur”, suprimirá las palabras “mystérium fídei” y las palabras “pro multis”. Considerará como palabras esenciales del relato las que preceden a la consagración del pan y del vino y las frases que siguen. Estima que la misa es en primer lugar la liturgia de la Palabra; en segundo lugar, una comunión. Es imposible no quedar estupefacto cuando se comprueba que la nueva Reforma ha aplicado las mismas modificaciones y que en verdad los textos modernos puestos entre las manos de los fieles ya no hablan de sacrificio sino de la “liturgia de la Palabra”, del relato de la Cena y del reparto del pan o de la Eucaristía. El artículo VII de la instrucción que introduce el nuevo rito era significativo de una mentalidad ya protestante. La corrección que se hizo después no es de ninguna manera satisfactoria.La supresión del ara, la introducción de la mesa revestida de un solo mantel, el sacerdote de cara al pueblo, la hostia que permanece siempre sobre la patena y no sobre el corporal, la autorización de uso del pan ordinario, de vasos hechos de diversas materias hasta las menos nobles, y muchos otros detalles contribuyen a inculcar a los asistentes las nociones protestantes opuestas esencial y gravemente a la doctrina católica.
Nada es más necesario a la supervivencia de la Iglesia católica que el Santo Sacrificio de la Misa; ponerlo en la sombra equivale a conmover los fundamentos de la Iglesia. Toda la vida cristiana, religiosa y sacerdotal está fundada en la Cruz, en el Santo Sacrificio de la Cruz renovado en el altar.


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Lutero sacó como consecuencia la negación de la Transustanciación y de la Presencia real, tal como es enseñada por la Iglesia Católica. Para él, el pan permanece. Por consiguiente, como lo dice su discípulo Melanchton, quien se alza con vigor contra la adoración del Santo Sacramento:
“Cristo instituyó la Eucaristía como un recuerdo de su Pasión. Adorarla es una idolatría” (p. 262).

De ello se desprende la comunión en la mano y bajo las dos especies, negando de hecho la presencia del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor bajo cada una de las dos especies: es normal que la Eucaristía sea considerada como in*completa bajo una sola especie. Una vez más se puede evaluar la extraña similitud de la Reforma actual con la de Lutero: todas las nuevas autorizaciones concernientes al uso de la Eucaristía van en el sentido de un menor respeto, del olvido de la adoración: comunión en la mano y distribución por laicos, incluso por mujeres, reducción de las genuflexiones que han llevado a que muchos sacerdotes las supriman, uso del pan ordinario, de vasos ordinarios..., todas estas reformas contribuyen a la negación de la Presencia real tal como es enseñada en la Iglesia Católica.
No es posible dejar de llegar a la conclusión de que dado que los principios están íntimamente ligados a la práctica según el adagio “lex orándi, lex credéndi”, el hecho de imitar en la liturgia de la misa a la Reforma de Lutero conduce infaliblemente a adoptar poco a poco las ideas mismas de Lutero. La experiencia de los seis últimos años, desde la publicación del nuevo Ordo, lo prueba ampliamente. Las consecuencias de esta manera de actuar, supuestamente ecuménica, son catastróficas, en el campo de la fe por empezar, y sobre todo en la corrupción del sacerdocio y la disminución de las vocaciones, en la unidad de los católicos divididos en todos los ambientes sobre este asunto que los toca de tan cerca, en las relaciones con los protestantes y los ortodoxos.


La concepción de los protestantes sobre este asunto vital y esencial de la Iglesia (Sacerdocio-Sacrificio-Eucaristía) es totalmente opuesta a la de la Iglesia Católica. No por nada tuvo lugar el Concilio de Trento y todos los documentos del Magisterio que se refieren a él desde hace cuatro siglos. Es psicológica, pastoral, teológicamente imposible para los Católicos abandonar una liturgia que es verdaderamente la expresión y el sostén de su fe, para adoptar nuevos ritos, que han sido concebidos por herejes, sin poner su fe en el mayor de los peligros. No se puede imitar indefinidamente a los protestantes sin convertirse en uno de ellos. Cuántos fieles, cuántos jóvenes sacerdotes, cuántos obispos han perdido la fe desde la adopción de estas reformas. No se puede ir contra la naturaleza y la fe sin que éstas se venguen. Les resultará provechoso releer el relato de las primeras misas evangélicas y sus consecuencias para convencerse de este extraño parentesco entre las dos Reformas.
“En la noche del 24 al 25 de diciembre de 1521, la multitud invadió la iglesia parroquial... La ‘misa evangélica’ iba a comenzar. Andrés Karlstadt sube al pulpito, predica sobre la Eucaristía, presenta la comunión bajo las dos especies como obligatoria, y la confesión previa como inútil. La fe sola basta. Karlstadt se presenta en el altar en ropa seglar, recita el Confíteor, comienza la misa como siempre hasta el evangelio. El ofertorio, la elevación, en una palabra, todo lo que recuerda la idea de sacrificio es suprimido. Después de la consagración viene la comunión. Entre los asistentes muchos no se han confesado, muchos han comido y bebido y hasta tomado aguardiente. Se acercan como los demás. Karlstadt distribuye las hostias y presenta el cáliz. Los comulgantes toman el pan consagrado con la mano y beben a su antojo. Una de las hostias escapa y cae sobre la ropa de un asistente, un sacerdote la levanta. Otra cae a tierra, Karlstadt dice a los laicos que la recojan y como éstos se niegan por un gesto de respeto o de superstición, se contenta con decir ‘que quede donde está con tal de que no la pisen’. El mismo día, un sacerdote de los alrededores daba la comunión bajo las dos especies a unas cincuenta personas de las que sólo cinco se habían confesado. El resto había recibido la absolución en masa y como penitencia se les había recomendado sencillamente que no recayeran en el pecado. Al día siguiente (26 de diciembre), Karlstadt se desposaba con Anna de Mochau. Varios sacerdotes imitaron este ejemplo y se casaron.

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Andreas karlstadt
Durante este tiempo, Gabriel Zwilling, escapado de su convento, predicaba en Eilenburgo. Había dejado el hábito monástico y usaba barba. Vestido como laico echaba pestes contra la misa privada. En Año Nuevo distribuye la comunión bajo las dos especies. Las hostias eran distribuidas de mano a mano. Muchos se las pusieron en el bolsillo y se las llevaron. Al consumir la hostia, una mujer dejó caer al suelo algunos fragmentos. A nadie le importó. Los fieles tomaban ellos mismos el cáliz y bebían unos buenos tragos. El 29 de febrero de 1522, se casaba con Catalina Falki. Hubo entonces un verdadero contagio de casamientos de sacerdotes y de monjes. Los monasterios empezaron a vaciarse. Los monjes que se quedaron en los conventos arrasaron los altares a excepción de uno solo, quemaron las imágenes de los santos, incluso el óleo de los enfermos.
La mayor de las anarquías reinaba entre los sacerdotes. Cada uno decía ahora la misa a su manera. El Consejo, desbordado, resolvió fijar una liturgia nueva destinada a restablecer el orden consagrando las reformas. Ahí se regulaba la forma de decir la misa. Se conservaban el introito, el Gloria, la epístola, el evangelio y el Sanctus; seguía una predicación. Se suprimían el ofertorio y el canon. El sacerdote recitaría simplemente la institución de la Cena, diría en voz alta y en alemán las Palabras de la Consagración, y daría la comunión bajo las dos especies. El cántico del Agnus Dei de la comunión y del Benedicámus Dómino terminaba el servicio” (pp. 281-285).
Lutero se preocupa por crear nuevos cánticos. Busca a poetas y los encuentra no sin trabajo. Las fiestas de los santos desaparecen. Lutero maneja bien las transiciones. Conserva la mayor cantidad posible de las ceremonias antiguas. Se limita a cambiarles el sentido. La misa guarda en gran parte su aparato exterior. El pueblo encuentra en las iglesias el mismo decorado, los mismos ritos, con retoques hechos para gustarle, porque en lo sucesivo se dirigen a él mucho más que antes. Tiene conciencia de contar algo más dentro del culto. Toma en él una parte más activa por el canto y la oración en alta voz. Poco a poco el latín cede definitivamente su lugar al alemán. La consagración será cantada en alemán. Está concebida en estos términos:
“Nuestro Señor en la noche en que fue traicionado tomó pan, dio gracias, lo partió y lo presentó a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo que es dado por vosotros. Haced esto, todas las veces que lo hagáis, en memoria mía. De la misma manera tomó también el cáliz después de la cena y dijo: Tomad y bebed todos, esto es el cáliz, un nuevo testamento, de mi sangre que es derramada por vosotros y por la remisión de los pecados. Haced esto, todas las veces que beberéis de este cáliz, en memoria mía”. (p. 317).

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Así se encuentran agregadas las palabras “quod pro vobis tradétur” (que es dado por vosotros) y suprimidas “Mystérium fidei” (Misterio de fe) y “pro multis” (por muchos) en la consagración del vino. ¿Acaso estos relatos referentes a la misa evangélica no expresan los sentimientos que tenemos de la liturgia reformada desde el Concilio? Todos estos cambios en el nuevo rito son verdaderamente peligrosos, porque poco a poco, sobre todo para los sacerdotes jóvenes, que ya no tienen la idea del Sacrificio, de la presencia real, de la transustanciación, y para quienes todo esto ya no significa nada, esos jóvenes sacerdotes pierden la intención de hacer lo que hace la Iglesia y ya no dicen misas válidas.
Por supuesto, los sacerdotes de edad, cuando celebran según el nuevo rito, tienen todavía la fe de siempre. Han dicho la misa con el antiguo rito durante tantos años, conservan las mismas intenciones, es laudable creer que su misa es válida. Pero, en la medida en que esas intenciones se van, desaparecen, en tal medida, las misas ya no serán válidas. Se han querido acercar a los protestantes, pero son los católicos los que se han vuelto protestantes, y no los protestantes los que se hicieron católicos. Esto es evidente.
Cuando cinco cardenales y quince obispos fueron al “Concilio de los jóvenes” en Taizé, ¿cómo esos jóvenes podrían saber lo que es el catolicismo, lo que es el protestantismo? Algunos tomaron la Comunión con los protestantes, otros con los católicos. Cuando el cardenal Johannes Willebrands fue a Ginebra, declaró ante el Consejo Ecuménico de las Iglesias: “Debemos rehabilitar a Lutero”. ¡Lo dijo como enviado de la Santa Sede!


Vean la Confesión. ¿En qué se ha convertido el sacramento de la Penitencia con esta absolución colectiva? ¿Es acaso una manera pastoral decir a los fieles: “Les hemos dado la absolución colectiva, pueden comulgar, y cuando se les presente la ocasión, si tienen pecados graves, ¿se irán a confesar en el curso de los seis meses próximos o dentro de un año...”? ¿Quién puede decir que esta manera de actuar es pastoral? ¿Qué idea es posible hacerse del pecado grave con esto? El sacramento de la Confirmación está también en idéntica situación. Ahora una fórmula corriente es la que sigue: “Te signo con la Cruz y recibe el Espíritu Santo”. Deben precisar cuál es la gracia especial del Sacramento por el cual se da el Espíritu Santo. Si no se dicen estas palabras: “Ego te confírmo in nómine Patris...”, ¡no hay Sacramento! Así se lo dije a los cardenales que me dijeron “¡Usted da la Confirmación donde no tiene derecho a hacerlo!”: “Lo hago porque los fieles tienen miedo de que sus hijos no tengan la gracia de la Confirmación, porque dudan sobre la validez del Sacramento tal como es dado hoy en las iglesias. Entonces para tener por lo menos esa seguridad de tener verdaderamente la gracia, me piden que les dé la Confirmación. Lo hago porque me parece que no me puedo negar a quienes me piden la Confirmación válida, incluso aunque no sea lícito. Porque estamos en una época en la cual el derecho divino natural y sobrenatural prima sobre el derecho positivo eclesiástico cuando éste se opone a aquél en lugar de ser su canal”.
Estamos en una crisis extraordinaria. No podemos seguir esas reformas. ¿Dónde están los buenos frutos de esas reformas? ¡De veras me lo pregunto! La reforma litúrgica, la reforma de los seminarios, la reforma de las congregaciones religiosas. ¡Todos esos capítulos generales! ¿Adónde han llevado a esas pobres congregaciones ahora? ¡Todo se va...! ¡Ya no hay novicios, ya no hay vocaciones...! Así lo reconoció igualmente el cardenal-arzobispo de Cincinnati, Joseph Bernardin en el Sínodo de los obispos en Roma: “En nuestros países —representaba a todos los países anglófonos— ya no hay vocaciones porque ya no saben lo que es el sacerdote”. Debemos pues permanecer en la Tradición. Sólo la Tradición nos da verdaderamente la gracia, nos da verdaderamente la continuidad en la Iglesia. Si abandonamos la Tradición, contribuimos a la demolición de la Iglesia. También les dije a esos cardenales:
“¿No se dan cuenta de que en el Concilio el esquema de la libertad religiosa es un esquema contradictorio? En la primera parte del esquema se dice: “Nada ha cambiado en la Tradición” y en el interior de ese esquema, todo es contrario a la Tradición. Es contrario a lo que dijeron Gregorio XVI, Pío IX y León XIII”. ¡Entonces hay que elegir! O estamos de acuerdo con la libertad religiosa del Concilio y, por ende, estamos contra lo que han dicho esos papas, o bien estamos de acuerdo con esos papas y entonces ya no estamos de acuerdo con lo que se dice en el esquema sobre la libertad religiosa. Es imposible estar de acuerdo con los dos.

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Y agregué: “Escojo la Tradición, estoy con la Tradición y no con esas novedades que son el liberalismo. Nada menos que el liberalismo que fue condenado por todos los pontífices durante un siglo y medio. Ese liberalismo ha entrado en la Iglesia a través del Concilio: la libertad, la igualdad, la fraternidad”.
La libertad: la libertad religiosa; la fraternidad: el ecumenismo; la igualdad: la colegialidad. Y ésos son los tres principios del liberalismo, que proviene de los filósofos del siglo XVII, y desemboca en la Revolución Francesa. Son ésas las ideas que entraron en el Concilio mediante palabras equívocas. Y ahora vamos a la ruina, la ruina de la Iglesia, porque esas ideas son absolutamente contrarias a la naturaleza y contrarias a la fe. No hay igualdad entre nosotros, no hay una verdadera igualdad. El papa León XIII lo dijo abierta y claramente en su encíclica sobre la libertad. ¡Además la fraternidad! Si no hay un padre, ¿adónde iríamos a buscar la fraternidad? Si no hay Padre, no hay Dios, entonces, ¿cómo somos hermanos? ¿Cómo es posible ser hermanos sin un padre común? ¡Imposible! ¿Es preciso abrazar a todos los enemigos de la Iglesia: ¿a los comunistas, a los budistas y a todos los que están contra la Iglesia? ¿A los masones? Y ese decreto fechado hace una semana y que dice que ya no hay excomunión para un católico que entra en la masonería. ¿La que destruyó a Portugal? ¿La que estaba en Chile con Allende? Y ahora en Vietnam del Sur: hay que destruir a los Estados católicos. Austria durante la primera guerra mundial, Hungría, Polonia... ¡Los masones quieren la destrucción de los países católicos! ¿Qué será dentro de un año de España Italia, etcétera...? ¿Por qué la Iglesia abre los brazos a todas esas gentes que son enemigos de la Iglesia?
¡Ah! cuánto debemos rezar, rezar; asistimos a un asalto del demonio contra la Iglesia como nunca se vio. Tenemos que rezar a Nuestra Señora, a la bienaventurada Virgen María, que venga en nuestra ayuda, por*que verdaderamente no sabemos lo que sucederá mañana. ¡Es imposible que Dios acepte todas esas blasfemias, sacrilegios, hechos a Su gloria, a Su majestad! Pensemos en las leyes sobre el aborto, que vemos en tantos países, en el divorcio en Italia, toda esta ruina de la ley moral, ruina de la verdad. ¡Es difícil creer que todo esto pueda hacerse sin que un día Dios hable y castigue al mundo con terribles penas! Es por esto que debemos pedir a Dios su misericordia para nosotros y para nuestros hermanos; pero debemos luchar, combatir. Combatir para mantener la Tradición y no tener miedo. Mantener, por encima de todo, el rito de nuestra Santa Misa, porque ella es el fundamento de la Iglesia y de la civilización cristiana. Si ya no hubiera una verdadera misa en la Iglesia, la Iglesia desaparecería.
Debemos pues conservar ese rito, ese Sacrificio. Todas nuestras iglesias fueron construidas para esta Misa, no para otra misa; para el Sacrificio de la Misa, no para una Cena, ni para una Comida, ni para un Memorial, o para una Comunión, ¡no! ¡Para el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo que continúa sobre nuestros altares! ¡Es por ello que nuestros padres construyeron esas hermosas iglesias, no para una Cena, no para un memorial, no!


Cuento con las oraciones de ustedes para mis seminaristas, para hacer de mis seminaristas verdaderos sacerdotes, que tienen fe y que podrán así dar los verdaderos sacramentos, y el verdadero Santo Sacrificio de la Misa. 

Gracias.