De la misa evangélica de Lutero al nuevo
Ordo Missæ
Conferencia
dada por Mons. Marcel Lefebvre en Florencia (Italia) el 15 de febrero de 1975.
Transcrita en el capítulo II del libro «La Nueva Iglesia», escrito por él
mismo.
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| Monseñor Marcel Lefebvre en Lille (1976) |
Señoras,
señores:
Hablaré
esta noche de la misa evangélica de Lutero y de las sorprendentes semejanzas
del nuevo rito de la misa con las innovaciones rituales de Lutero.
¿Por
qué estas consideraciones? Porque la idea de ecumenismo que presidió la Reforma
litúrgica, según expresó el propio Presidente de la comisión, nos invita a
ello, porque si se probara que esta filiación del nuevo rito existe realmente,
el problema teológico, es decir el problema de la fe, no puede dejar de ser
planteado según el adagio bien conocido “Lex orándi, lex credéndi”.
Ahora
bien, los documentos históricos de la Reforma litúrgica de Lutero son muy
instructivos para aclarar la Reforma actual. Para comprender bien cuáles fueron
los objetivos de Lutero en esas Reformas litúrgicas, debemos recordar
brevemente la doc*trina de la Iglesia sobre el sacerdocio y el Santo Sacrificio
de la Misa.
El
Concilio de Trento, en su Sesión XXII, nos enseña que Nuestro Señor Jesucristo,
al no querer poner fin a su sacerdocio con su muerte, instituyó en la última
Cena un sacrificio visible destinado a aplicar la virtud salutífera de su
Redención a los pecados que cometemos todos los días. Con este fin estableció a
sus Apóstoles como sacerdotes del Nuevo Testamento, a ellos y a sus sucesores,
instituyendo el sacramento del Orden que marca con un carácter sagrado e
indeleble a esos sacerdotes de la Nueva Alianza. Ese sacrificio visible se
realiza sobre nuestros altares por una acción sacrificial por la cual Nuestro
Señor realmente presente bajo las especies del pan y del vino se ofrece como
víctima a su Padre. Y es por la manducación de esta Víctima como nosotros
comulgamos con la carne y la sangre de Nuestro Señor, ofreciéndonos nosotros
también en unión con Él.
Así
pues la Iglesia nos enseña que:
El
sacerdocio de los sacerdotes es esencialmente diferente del de los fieles, que
no tienen sacerdocio, sino que forman parte de una Iglesia que necesita
absolutamente un sacerdocio. A ese sacerdocio le es sumamente conveniente el
celibato y una distinción externa respecto de los fieles, como es el hábito
sacerdotal. El acto esencial del culto realizado por ese sacerdocio es el Santo
Sacrificio de la Misa, diferente del sacrificio de la Cruz únicamente por el
hecho de que éste es cruento y el otro incruento. Se realiza por un acto
sacrificial realizado por las palabras de la Consagración y no por un simple
relato memorial de la Pasión o de la Cena. Es por este acto sublime y
misterioso que se aplican los beneficios de la Redención a cada una de nuestras
almas y a las almas del Purgatorio. Y esto está admirablemente expresado en el
Ofertorio.
La
Presencia real de la Víctima es pues necesaria y se opera por el cambio de la
sustancia del pan y del vino en la sustancia del Cuerpo y de la Sangre de
Nuestro Señor. Se debe pues adorar a la Eucaristía y tener por ella un inmenso
respeto: por eso, la tradición de reservar a los sacerdotes el cuidado de la
Eucaristía. La Misa del sacerdote solo, en la cual sólo él comulga, es pues un
acto público, sacrificio del mismo valor como todo sacrificio de la Misa y
soberanamente útil para el sacerdote y para todas las almas. La Misa privada es
entonces muy recomendada y deseada por la Iglesia. Son estos principios los que
están en el origen de las oraciones, de los cánticos, de los ritos que hicieron
de la Misa latina una verdadera joya, cuya piedra preciosa es el Canon. No se
puede leer sin emoción lo que dice al respecto el Concilio de Trento:
“Como
conviene tratar santamente las cosas santas y que este Sacrificio es la más
santa de todas, para que fuera ofrecido y recibido digna y respetuosamente, la
Iglesia Católica ha instituido desde hace muchos siglos, el Sagrado Canon, tan
puro de todo error que no hay nada en él que no respire una santidad y una
piedad exterior y que no eleve a Dios la mente de los que ofrecen. Está en
efecto compuesto de las propias palabras del Señor, de las tradiciones de los
Apóstoles y de las piadosas instrucciones de los Santos Pontífices” (Sesión
XXII, cap. 4).
Veamos
ahora cómo Lutero realizó su Reforma, es decir su “Misa evangélica” como él
mismo la llama, y con qué espíritu. Para esto, nos referiremos a una obra de
León Christiani que data de 1910 y por lo tanto no sospechosa de estar
influenciada por las reformas actuales. Esta obra tiene por título “Du
luthéranisme au protestantisme” [Del luteranismo al protestantismo]. Nos
interesa por las citas que nos proporciona de Lutero o de sus discípulos
respecto de la Reforma litúrgica. Este estudio es muy instructivo, porque
Lutero no vacila en manifestar el espíritu liberal que lo anima:
“Ante
todo —escribe— suplico amablemente... a todos los que querrán examinar o seguir
la presente ordenación del servicio divino, que no vean en ella una ley
coactiva ni obliguen, por lo tanto, a ninguna conciencia. Que cada uno la
adopte cuando, donde y como le plazca. Así lo quiere la libertad cristiana” (p.
314). “El culto se dirigía a Dios como un homenaje, en lo sucesivo se dirigirá
al hombre para consolarlo e iluminarlo. El sacrificio ocupa*ba el primer lugar,
el sermón va a suplantarlo” (p. 312).
¿Qué
piensa Lutero del sacerdocio? En su obra sobre la misa privada, trata de
demostrar que el sacerdocio católico es una invención del diablo. Para ello
invoca ese principio en adelante fundamental:
“Lo
que no está en la Escritura es un agregado de Satanás. Ahora bien, la Escritura
no conoce el sacerdocio visible. No conoce más que a un sacerdote, a un
Pontífice, uno solo: Cristo. Con Cristo somos todos sacerdotes El sacerdocio es
a la vez único y universal. Qué locura la de querer acapararlo para unos pocos...
Toda distinción jerárquica entre los cristianos es digna del Anticristo... ¡Ay,
entonces, de los pretendidos sacerdotes!” (p. 269).
En
1520, escribe su “Manifiesto a la Nobleza Cristiana de Alemania”, en la cual
ataca a los “romanistas” y pide un concilio libre:
“La
primera muralla levantada por los romanistas es la distinción entre clérigos y
laicos. Se ha descubierto —dice— que el papa, los obispos, los sacerdotes, los
monjes, componen el estado eclesiástico, mientras que los príncipes, los señores,
los artesanos, los campesinos, forman el estado seglar. Es una pura invención y
una mentira. Todos los cristianos son en realidad del estado eclesiástico,
entre ellos no existe otra diferencia que la de la función... Si el papa o un
obispo da la unción, tonsura, ordena, consagra, se viste distinto de los
laicos, puede hacer embusteros o ídolos ungidos, pero no puede hacer un
cristiano, ni un eclesiástico... todo lo que sale del bautismo puede jactarse
de ser consagrado sacerdote, obispo y papa, por más que no convenga a todos
ejercer esta función” (pp. 148-149).
De
esta doctrina Lutero saca las consecuencias contra el hábito eclesiástico y
contra el celibato. Él mismo y sus discípulos dan el ejemplo, abandonan el
celibato y se casan. ¡Cuántos hechos que proceden de las Reformas del Vaticano
II se asemejan a las conclusiones de Lutero!: el abandono del hábito religioso
y eclesiástico, los numerosos casamientos de religiosos aceptados por la Santa
Sede, o la ausencia de todo carácter distintivo entre el sacerdote y el laico.
Este igualitarismo se manifestará en la atribución de funciones litúrgicas
hasta ahora reservadas a los sacerdotes. La supresión de las órdenes menores
(ostiariato, lectorado, exorcistado y acolitado) y del subdiaconado, el
diaconado casado, contribuyen a la concepción puramente administrativa del
sacerdote y a la negación del carácter sacerdotal; la ordenación es orientada
hacia el servicio de la comunidad y ya no hacia el Sacrificio, que es lo único
que justifica la concepción católica del sacerdocio. Los sacerdotes obreros,
sindicalistas, o que buscan un empleo remunerado por el Estado, contribuyen
también a hacer desaparecer toda distinción. Van más lejos que Lutero.
El
segundo error doctrinal grave de Lutero será la consecuencia del primero y
fundado sobre su primer principio: es la fe o confianza la que salva y no las
obras, y es la negación del acto sacrificial que es esencialmente la Misa
Católica. Para Lutero, la misa puede ser un sacrificio de alabanza, es decir un
acto de alabanza, de acción de gracias, pero por cierto no un sacrificio
expiatorio que renueva y aplica el sacrificio de la Cruz. Hablando de las
“perversiones” del culto en los conventos decía:
“El
elemento principal de su culto, la misa, supera toda impiedad y toda abominación,
hacen de ella un sacrificio y una obra buena. Si no existiera otro motivo para
colgar los hábitos, irse del convento y romper los votos, éste sería
ampliamente suficiente” (p. 258).
La
misa es para Lutero una “sinaxis”, una comunión. Ítem, la Eucaristía ha sido
sometida —según él— a una triple y lamentable cautividad: se les ha quitado a
los laicos el uso del Cáliz, se ha impuesto como un dogma la opinión
“inventada” por los tomistas de la transustanciación, se ha hecho de la Misa un
sacrificio. Lutero toca aquí un punto capital. No duda, sin embargo:
“Es
pues un error evidente e impío —escribe— ofrecer o aplicar la misa por pecados,
para satisfacer, por los difuntos… La misa es ofrecida por Dios al hombre y no
por el hombre a Dios...”. “En cuanto a la Eucaristía, como debe ante todo
excitar la fe, debería ser celebrada en lengua vulgar, a fin de que todos
puedan comprender bien la grandeza de la promesa que se les recuerda” (p. 176).
Lutero
sacará las consecuencias de esta herejía suprimiendo el ofertorio, que expresa
claramente el objetivo propiciatorio y expiatorio del sacrificio. Suprimirá la
mayor parte del Canon, guardará los textos esenciales, pero como relato de la
Cena. A fin de estar más cerca de lo que se realizó en la Cena, agregará en la
fórmula de consagración del pan “quod pro vobis tradétur”, suprimirá las
palabras “mystérium fídei” y las palabras “pro multis”. Considerará como
palabras esenciales del relato las que preceden a la consagración del pan y del
vino y las frases que siguen. Estima que la misa es en primer lugar la liturgia
de la Palabra; en segundo lugar, una comunión. Es imposible no quedar
estupefacto cuando se comprueba que la nueva Reforma ha aplicado las mismas
modificaciones y que en verdad los textos modernos puestos entre las manos de
los fieles ya no hablan de sacrificio sino de la “liturgia de la Palabra”, del
relato de la Cena y del reparto del pan o de la Eucaristía. El artículo VII de
la instrucción que introduce el nuevo rito era significativo de una mentalidad ya
protestante. La corrección que se hizo después no es de ninguna manera
satisfactoria.La supresión del ara, la introducción de la mesa revestida de un
solo mantel, el sacerdote de cara al pueblo, la hostia que permanece siempre
sobre la patena y no sobre el corporal, la autorización de uso del pan
ordinario, de vasos hechos de diversas materias hasta las menos nobles, y
muchos otros detalles contribuyen a inculcar a los asistentes las nociones
protestantes opuestas esencial y gravemente a la doctrina católica.
Nada
es más necesario a la supervivencia de la Iglesia católica que el Santo
Sacrificio de la Misa; ponerlo en la sombra equivale a conmover los fundamentos
de la Iglesia. Toda la vida cristiana, religiosa y sacerdotal está fundada en
la Cruz, en el Santo Sacrificio de la Cruz renovado en el altar.
Lutero
sacó como consecuencia la negación de la Transustanciación y de la Presencia
real, tal como es enseñada por la Iglesia Católica. Para él, el pan permanece.
Por consiguiente, como lo dice su discípulo Melanchton, quien se alza con vigor
contra la adoración del Santo Sacramento:
“Cristo
instituyó la Eucaristía como un recuerdo de su Pasión. Adorarla es una
idolatría” (p. 262).
De
ello se desprende la comunión en la mano y bajo las dos especies, negando de
hecho la presencia del Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor bajo cada una de las
dos especies: es normal que la Eucaristía sea considerada como in*completa bajo
una sola especie. Una vez más se puede evaluar la extraña similitud de la
Reforma actual con la de Lutero: todas las nuevas autorizaciones concernientes
al uso de la Eucaristía van en el sentido de un menor respeto, del olvido de la
adoración: comunión en la mano y distribución por laicos, incluso por mujeres,
reducción de las genuflexiones que han llevado a que muchos sacerdotes las
supriman, uso del pan ordinario, de vasos ordinarios..., todas estas reformas
contribuyen a la negación de la Presencia real tal como es enseñada en la
Iglesia Católica.
No
es posible dejar de llegar a la conclusión de que dado que los principios están
íntimamente ligados a la práctica según el adagio “lex orándi, lex credéndi”,
el hecho de imitar en la liturgia de la misa a la Reforma de Lutero conduce
infaliblemente a adoptar poco a poco las ideas mismas de Lutero. La experiencia
de los seis últimos años, desde la publicación del nuevo Ordo, lo prueba
ampliamente. Las consecuencias de esta manera de actuar, supuestamente
ecuménica, son catastróficas, en el campo de la fe por empezar, y sobre todo en
la corrupción del sacerdocio y la disminución de las vocaciones, en la unidad
de los católicos divididos en todos los ambientes sobre este asunto que los
toca de tan cerca, en las relaciones con los protestantes y los ortodoxos.
La
concepción de los protestantes sobre este asunto vital y esencial de la Iglesia
(Sacerdocio-Sacrificio-Eucaristía) es totalmente opuesta a la de la Iglesia
Católica. No por nada tuvo lugar el Concilio de Trento y todos los documentos
del Magisterio que se refieren a él desde hace cuatro siglos. Es psicológica,
pastoral, teológicamente imposible para los Católicos abandonar una liturgia
que es verdaderamente la expresión y el sostén de su fe, para adoptar nuevos
ritos, que han sido concebidos por herejes, sin poner su fe en el mayor de los
peligros. No se puede imitar indefinidamente a los protestantes sin convertirse
en uno de ellos. Cuántos fieles, cuántos jóvenes sacerdotes, cuántos obispos
han perdido la fe desde la adopción de estas reformas. No se puede ir contra la
naturaleza y la fe sin que éstas se venguen. Les resultará provechoso releer el
relato de las primeras misas evangélicas y sus consecuencias para convencerse
de este extraño parentesco entre las dos Reformas.
“En
la noche del 24 al 25 de diciembre de 1521, la multitud invadió la iglesia
parroquial... La ‘misa evangélica’ iba a comenzar. Andrés Karlstadt sube al
pulpito, predica sobre la Eucaristía, presenta la comunión bajo las dos
especies como obligatoria, y la confesión previa como inútil. La fe sola basta.
Karlstadt se presenta en el altar en ropa seglar, recita el Confíteor, comienza
la misa como siempre hasta el evangelio. El ofertorio, la elevación, en una
palabra, todo lo que recuerda la idea de sacrificio es suprimido. Después de la
consagración viene la comunión. Entre los asistentes muchos no se han
confesado, muchos han comido y bebido y hasta tomado aguardiente. Se acercan
como los demás. Karlstadt distribuye las hostias y presenta el cáliz. Los
comulgantes toman el pan consagrado con la mano y beben a su antojo. Una de las
hostias escapa y cae sobre la ropa de un asistente, un sacerdote la levanta.
Otra cae a tierra, Karlstadt dice a los laicos que la recojan y como éstos se
niegan por un gesto de respeto o de superstición, se contenta con decir ‘que
quede donde está con tal de que no la pisen’. El mismo día, un sacerdote de los
alrededores daba la comunión bajo las dos especies a unas cincuenta personas de
las que sólo cinco se habían confesado. El resto había recibido la absolución
en masa y como penitencia se les había recomendado sencillamente que no
recayeran en el pecado. Al día siguiente (26 de diciembre), Karlstadt se
desposaba con Anna de Mochau. Varios sacerdotes imitaron este ejemplo y se
casaron.
 |
| Andreas karlstadt |
Durante
este tiempo, Gabriel Zwilling, escapado de su convento, predicaba en
Eilenburgo. Había dejado el hábito monástico y usaba barba. Vestido como laico
echaba pestes contra la misa privada. En Año Nuevo distribuye la comunión bajo
las dos especies. Las hostias eran distribuidas de mano a mano. Muchos se las
pusieron en el bolsillo y se las llevaron. Al consumir la hostia, una mujer
dejó caer al suelo algunos fragmentos. A nadie le importó. Los fieles tomaban
ellos mismos el cáliz y bebían unos buenos tragos. El 29 de febrero de 1522, se
casaba con Catalina Falki. Hubo entonces un verdadero contagio de casamientos
de sacerdotes y de monjes. Los monasterios empezaron a vaciarse. Los monjes que
se quedaron en los conventos arrasaron los altares a excepción de uno solo,
quemaron las imágenes de los santos, incluso el óleo de los enfermos.
La
mayor de las anarquías reinaba entre los sacerdotes. Cada uno decía ahora la
misa a su manera. El Consejo, desbordado, resolvió fijar una liturgia nueva
destinada a restablecer el orden consagrando las reformas. Ahí se regulaba la forma
de decir la misa. Se conservaban el introito, el Gloria, la epístola, el
evangelio y el Sanctus; seguía una predicación. Se suprimían el ofertorio y el
canon. El sacerdote recitaría simplemente la institución de la Cena, diría en
voz alta y en alemán las Palabras de la Consagración, y daría la comunión bajo
las dos especies. El cántico del Agnus Dei de la comunión y del Benedicámus
Dómino terminaba el servicio” (pp. 281-285).
Lutero
se preocupa por crear nuevos cánticos. Busca a poetas y los encuentra no sin
trabajo. Las fiestas de los santos desaparecen. Lutero maneja bien las
transiciones. Conserva la mayor cantidad posible de las ceremonias antiguas. Se
limita a cambiarles el sentido. La misa guarda en gran parte su aparato
exterior. El pueblo encuentra en las iglesias el mismo decorado, los mismos
ritos, con retoques hechos para gustarle, porque en lo sucesivo se dirigen a él
mucho más que antes. Tiene conciencia de contar algo más dentro del culto. Toma
en él una parte más activa por el canto y la oración en alta voz. Poco a poco
el latín cede definitivamente su lugar al alemán. La consagración será cantada
en alemán. Está concebida en estos términos:
“Nuestro
Señor en la noche en que fue traicionado tomó pan, dio gracias, lo partió y lo
presentó a sus discípulos diciendo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo que es
dado por vosotros. Haced esto, todas las veces que lo hagáis, en memoria mía.
De la misma manera tomó también el cáliz después de la cena y dijo: Tomad y
bebed todos, esto es el cáliz, un nuevo testamento, de mi sangre que es
derramada por vosotros y por la remisión de los pecados. Haced esto, todas las
veces que beberéis de este cáliz, en memoria mía”. (p. 317).

Así
se encuentran agregadas las palabras “quod pro vobis tradétur” (que es dado por
vosotros) y suprimidas “Mystérium fidei” (Misterio de fe) y “pro multis” (por
muchos) en la consagración del vino. ¿Acaso estos relatos referentes a la misa
evangélica no expresan los sentimientos que tenemos de la liturgia reformada
desde el Concilio? Todos estos cambios en el nuevo rito son verdaderamente
peligrosos, porque poco a poco, sobre todo para los sacerdotes jóvenes, que ya
no tienen la idea del Sacrificio, de la presencia real, de la
transustanciación, y para quienes todo esto ya no significa nada, esos jóvenes
sacerdotes pierden la intención de hacer lo que hace la Iglesia y ya no dicen
misas válidas.
Por
supuesto, los sacerdotes de edad, cuando celebran según el nuevo rito, tienen
todavía la fe de siempre. Han dicho la misa con el antiguo rito durante tantos
años, conservan las mismas intenciones, es laudable creer que su misa es
válida. Pero, en la medida en que esas intenciones se van, desaparecen, en tal
medida, las misas ya no serán válidas. Se han querido acercar a los
protestantes, pero son los católicos los que se han vuelto protestantes, y no
los protestantes los que se hicieron católicos. Esto es evidente.
Cuando
cinco cardenales y quince obispos fueron al “Concilio de los jóvenes” en Taizé,
¿cómo esos jóvenes podrían saber lo que es el catolicismo, lo que es el
protestantismo? Algunos tomaron la Comunión con los protestantes, otros con los
católicos. Cuando el cardenal Johannes Willebrands fue a Ginebra, declaró ante
el Consejo Ecuménico de las Iglesias: “Debemos rehabilitar a Lutero”. ¡Lo dijo
como enviado de la Santa Sede!
Vean
la Confesión. ¿En qué se ha convertido el sacramento de la Penitencia con esta
absolución colectiva? ¿Es acaso una manera pastoral decir a los fieles: “Les
hemos dado la absolución colectiva, pueden comulgar, y cuando se les presente
la ocasión, si tienen pecados graves, ¿se irán a confesar en el curso de los
seis meses próximos o dentro de un año...”? ¿Quién puede decir que esta manera
de actuar es pastoral? ¿Qué idea es posible hacerse del pecado grave con esto? El
sacramento de la Confirmación está también en idéntica situación. Ahora una
fórmula corriente es la que sigue: “Te signo con la Cruz y recibe el Espíritu
Santo”. Deben precisar cuál es la gracia especial del Sacramento por el cual se
da el Espíritu Santo. Si no se dicen estas palabras: “Ego te confírmo in nómine
Patris...”, ¡no hay Sacramento! Así se lo dije a los cardenales que me dijeron
“¡Usted da la Confirmación donde no tiene derecho a hacerlo!”: “Lo hago porque
los fieles tienen miedo de que sus hijos no tengan la gracia de la
Confirmación, porque dudan sobre la validez del Sacramento tal como es dado hoy
en las iglesias. Entonces para tener por lo menos esa seguridad de tener
verdaderamente la gracia, me piden que les dé la Confirmación. Lo hago porque
me parece que no me puedo negar a quienes me piden la Confirmación válida,
incluso aunque no sea lícito. Porque estamos en una época en la cual el derecho
divino natural y sobrenatural prima sobre el derecho positivo eclesiástico
cuando éste se opone a aquél en lugar de ser su canal”.
Estamos
en una crisis extraordinaria. No podemos seguir esas reformas. ¿Dónde están los
buenos frutos de esas reformas? ¡De veras me lo pregunto! La reforma litúrgica,
la reforma de los seminarios, la reforma de las congregaciones religiosas.
¡Todos esos capítulos generales! ¿Adónde han llevado a esas pobres
congregaciones ahora? ¡Todo se va...! ¡Ya no hay novicios, ya no hay
vocaciones...! Así lo reconoció igualmente el cardenal-arzobispo de Cincinnati,
Joseph Bernardin en el Sínodo de los obispos en Roma: “En nuestros países
—representaba a todos los países anglófonos— ya no hay vocaciones porque ya no
saben lo que es el sacerdote”. Debemos pues permanecer en la Tradición. Sólo la
Tradición nos da verdaderamente la gracia, nos da verdaderamente la continuidad
en la Iglesia. Si abandonamos la Tradición, contribuimos a la demolición de la
Iglesia. También les dije a esos cardenales:
“¿No
se dan cuenta de que en el Concilio el esquema de la libertad religiosa es un
esquema contradictorio? En la primera parte del esquema se dice: “Nada ha
cambiado en la Tradición” y en el interior de ese esquema, todo es contrario a
la Tradición. Es contrario a lo que dijeron Gregorio XVI, Pío IX y León XIII”. ¡Entonces
hay que elegir! O estamos de acuerdo con la libertad religiosa del Concilio y,
por ende, estamos contra lo que han dicho esos papas, o bien estamos de acuerdo
con esos papas y entonces ya no estamos de acuerdo con lo que se dice en el
esquema sobre la libertad religiosa. Es imposible estar de acuerdo con los dos.
Y
agregué: “Escojo la Tradición, estoy con la Tradición y no con esas novedades
que son el liberalismo. Nada menos que el liberalismo que fue condenado por
todos los pontífices durante un siglo y medio. Ese liberalismo ha entrado en la
Iglesia a través del Concilio: la libertad, la igualdad, la fraternidad”.
La
libertad: la libertad religiosa; la fraternidad: el ecumenismo; la igualdad: la
colegialidad. Y ésos son los tres principios del liberalismo, que proviene de
los filósofos del siglo XVII, y desemboca en la Revolución Francesa. Son ésas
las ideas que entraron en el Concilio mediante palabras equívocas. Y ahora
vamos a la ruina, la ruina de la Iglesia, porque esas ideas son absolutamente
contrarias a la naturaleza y contrarias a la fe. No hay igualdad entre
nosotros, no hay una verdadera igualdad. El papa León XIII lo dijo abierta y
claramente en su encíclica sobre la libertad. ¡Además la fraternidad! Si no hay
un padre, ¿adónde iríamos a buscar la fraternidad? Si no hay Padre, no hay
Dios, entonces, ¿cómo somos hermanos? ¿Cómo es posible ser hermanos sin un
padre común? ¡Imposible! ¿Es preciso abrazar a todos los enemigos de la
Iglesia: ¿a los comunistas, a los budistas y a todos los que están contra la
Iglesia? ¿A los masones? Y ese decreto fechado hace una semana y que dice que
ya no hay excomunión para un católico que entra en la masonería. ¿La que
destruyó a Portugal? ¿La que estaba en Chile con Allende? Y ahora en Vietnam
del Sur: hay que destruir a los Estados católicos. Austria durante la primera
guerra mundial, Hungría, Polonia... ¡Los masones quieren la destrucción de los
países católicos! ¿Qué será dentro de un año de España Italia, etcétera...?
¿Por qué la Iglesia abre los brazos a todas esas gentes que son enemigos de la
Iglesia?
¡Ah!
cuánto debemos rezar, rezar; asistimos a un asalto del demonio contra la
Iglesia como nunca se vio. Tenemos que rezar a Nuestra Señora, a la
bienaventurada Virgen María, que venga en nuestra ayuda, por*que verdaderamente
no sabemos lo que sucederá mañana. ¡Es imposible que Dios acepte todas esas
blasfemias, sacrilegios, hechos a Su gloria, a Su majestad! Pensemos en las
leyes sobre el aborto, que vemos en tantos países, en el divorcio en Italia,
toda esta ruina de la ley moral, ruina de la verdad. ¡Es difícil creer que todo
esto pueda hacerse sin que un día Dios hable y castigue al mundo con terribles
penas! Es por esto que debemos pedir a Dios su misericordia para nosotros y
para nuestros hermanos; pero debemos luchar, combatir. Combatir para mantener
la Tradición y no tener miedo. Mantener, por encima de todo, el rito de nuestra
Santa Misa, porque ella es el fundamento de la Iglesia y de la civilización
cristiana. Si ya no hubiera una verdadera misa en la Iglesia, la Iglesia
desaparecería.
Debemos
pues conservar ese rito, ese Sacrificio. Todas nuestras iglesias fueron
construidas para esta Misa, no para otra misa; para el Sacrificio de la Misa,
no para una Cena, ni para una Comida, ni para un Memorial, o para una Comunión,
¡no! ¡Para el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo que continúa sobre
nuestros altares! ¡Es por ello que nuestros padres construyeron esas hermosas iglesias,
no para una Cena, no para un memorial, no!
Cuento
con las oraciones de ustedes para mis seminaristas, para hacer de mis
seminaristas verdaderos sacerdotes, que tienen fe y que podrán así dar los
verdaderos sacramentos, y el verdadero Santo Sacrificio de la Misa.
Gracias.